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Paso a nivel1
Ilustrador
Santiago Guevara
Edición N° 133

N° 133

Agosto de 2012[ ver índice ]

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Vengo de un país en el que no existen los trenes. Vengo de un país donde tampoco existe el correo oficial. No es fácil de explicar, y si eso tiene importancia en mi historia es porque esa tarde, en el largo café que siguió al almuerzo con Cozanac, había estado explicando a mi anfitrión rumano que en Colombia la única manera de enviar un documento es llevarlo con las propias manos. No me creyó. Se fue a hacer su siesta y yo salí a caminar por Drobeta-Turnu Severin.

Bajé por la fortaleza antigua, la misma que dos mil años antes sirvió de base al puente que unía esta orilla del Danubio con lo que hoy es Serbia. El aire estaba impregnado de un olor a madera de ciruelo. De inmediato pensé –porque lo había leído– que Vlad Tepes prefería ese árbol cuando le daba por empalar con varas a sus enemigos.

El propósito oficial de mi viaje era traducir al español un par de cuentos de autores rumanos contemporáneos, pero yo no hablaba el idioma y había ganado la beca a punta de cartas de recomendación. En realidad, quería escribir una novela o un par de crónicas –poemas en el peor de los casos– y por eso tomaba nota de todo lo que veía, hasta que se me helaban las manos.

De regreso a casa, después de bordear el Danubio, caminé junto a la carrilera. Tengo dos referencias de que uno puede poner una bala sobre los rieles para que al pasar el tren esta explote. Una es un video de Pink Floyd. Otra, una chica gótica que conocí en Bogotá. Y aunque nunca he tenido una bala en mis bolsillos, tengo mil referencias de que una moneda puesta sobre los rieles se aplana con el paso del tren. Me saqué del bolsillo una moneda de cinco lei, caminé al lado izquierdo del semáforo y la puse en el tercer travesaño, justo en el punto en que la calle cruza la carrilera para ir hacia el puerto.

Casi había vencido la cuesta para llegar a la casa de Cozanac, cuando escuché el pito del tren que venía desde Bucarest. Pensé en correr para ver cómo aplastaba mi moneda y luego, cosa que tampoco había hecho jamás en la vida, poner la mano sobre los rieles calientes.

El semáforo ya había comenzado a parpadear, pero le dio tiempo a un tipo para que cruzara caminando la carrilera, y a una pareja, que paseaba su perro, para hacerlo en sentido contrario y comenzar a subir la colina. Mientras tanto, un Dacia rojo (conozco bien los Dacia, mi padre hizo toda su fortuna, que fue poca, manejando un taxi Dacia) giró por la avenida y tomó la calle del puerto. Luego se detuvo sobre la carrilera. El semáforo parpadeaba hacía mucho tiempo. El pito agudo del tren precedió por poco el golpe, pero el golpe no hizo ningún ruido. El tren casi había terminado de pasar cuando pudo detenerse. El semáforo dejó de parpadear. Duró un segundo apagado. Cambió a verde.

*

A pesar de que llevaba casi tres meses viviendo en Rumania, tuve que pedirle a Cozanac que me tradujera la noticia. No sé cómo se dice “tren” en rumano (y lo imagino en extremo complicado con esas ã, â, î y š), pero reconocí en el periódico la foto, tomada por la mañana, que mostraba el Dacia casi intacto a pesar de la locomotora pegada a la carrocería roja. Mi anfitrión me tradujo en inglés: una familia de Craiova viajaba de vacaciones en el auto. La madre y los dos hijos, cerca de los diez años, habían muerto. El padre seguía hospitalizado. Pregunté a Cozanac a dónde iban. El artículo no lo decía y él no podía saberlo. Tampoco sabía que yo había visto el accidente. Siempre me había imaginado los accidentes de trenes con chispas sobre los rieles. Recordé que no había visto chispas.

*

“Segunda a mano derecha”, dijo el hombre en una esquina a pocas cuadras del Hospital Municipal. En Rumania, con un poco de suerte, uno puede encontrar todavía viejos francófonos de la época del comunismo. Habría sido más fácil preguntarle a Cozanac antes de salir, pero no tenía una justificación para ese deseo de visitar el hospital el martes en la mañana. Tampoco sabía qué iba a decirle al funcionario de la recepción, pero llevaba en mi bolsillo un billete de 50 lei que pensaba poner sobre el tabique. Vengo de un país donde no solo no hay trenes ni correo sino que la gente entra a los hospitales para rematar a algún herido.

Al cruzar la puerta principal no encontré ningún guardia ni enfermera ni recepción. Recorrí el pasillo, abrí puertas y cortinas de habitaciones, encontré ramos de flores frescas y botellas de quién sabe qué bebidas. Me crucé con dos hombres que fumaban –quizá a la espera de un bebé que tardaba en nacer, para saber a cuál de los dos se parecía–, pasé al lado de cuatro doctores, todos calvos, y junto a una gitana con un niño en brazos, antes de dar con ese hombre que parecía cualquier cosa menos el único sobreviviente de un accidente de tren.

Se llamaba Florin Dimitrescu. Lo leí antes de entrar al cuarto. Su nombre era el más reciente de los seis en la hoja pegada a la puerta y el único escrito con tinta roja. Tenía el brazo derecho enyesado y un morado bajo el párpado izquierdo, como si un contendiente más bajito lo hubiera golpeado. Respiraba con regularidad pero haciendo un esfuerzo. Por la nariz le entraban dos tubitos a través de los que bajaba un líquido de un color entre chicha y braga de maíz. No había flores ni botellas en la mesita de noche. Tenía pelos largos y canosos en las orejas. Los ojos entreabiertos parpadeaban como si soñara, como si se negara a mirar la fila de bloques al otro lado de la calle.

*

La noche del accidente no me quedé para ver el operativo de rescate y saber si habían sacado a los niños en ambulancia; ni para ver a los policías en medio del procedimiento de rutina, indicando con sus miradas expertas que había que tender la sábana sobre el cuerpo, como si a los muertos les importara. Una semana después regresé a la carrilera. Aún había vidrios regados y pedazos de metal, pero no manchas de sangre.
 

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