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La tentación de la bicicleta

El autor ligur es reconocido por novelas tan cursis y entrañables como Corazón, pero pocos saben que en 1906, a sus 60 años, todavía albergaba una pasión secreta. Un deseo que lo hacía dsepertar en las noches pataleando entre las cobijas.

La tentación de la bicicleta
Ilustrador
Leo Espinosa
Traductor
Camila Ciurlo
Edición N° 133

N° 133

Agosto de 2012[ ver índice ]

Durante varios años, antes de que el uso de la bicicleta se popularizara, el nuevo ejercicio fue para mí sobre todo un espectáculo placentero. No pocas veces, sin embargo, corrí el riesgo de terminar en el Hospital Mauriziano, pues solía detenerme absorto ante el paso de un ciclista y no notaba a otro que me sorprendía por la espalda. ¿Quién hubiera pensado que la bicicleta se me iba a convertir en una tentación?

La primera vez que me sentí seducido fue en la cafetería del Consejo Comunal, donde oí a un diputado –bastante maduro por cierto– decir emocionado a un colega: “Créeme: dolores artríticos, reumatismos, migrañas, falta de apetito, insomnio, todo desaparece como por encanto”. Pensé: “¿Cuál será la portentosa receta?”. Ese consejero no parecía un amante ciego de las novedades, más bien todo lo contrario. Cuando entendí que se trataba de la bicicleta me dije: “¿Y si fuera cierto? ¿Y si la bicicleta fuera la cura rotatoria que me regenerase?”.

La segunda tentación tuvo lugar sobre la vía Margherita. Había un viejo de aspecto decrépito que parecía sufrir de una grave enfermedad, un verdadero esqueleto vestido. Se esforzaba por hacer avanzar un triciclo con sus pobres piernas de insecto; apenas si se movía, con la lentitud de los encapuchados de Dante, dando un espectáculo indigno de impotencia infantil. Muchos curiosos se detenían para observarlo; sonreían, como si se tratase de alguien que, en un heroico esfuerzo, intentara resolver un absurdo problema de dinámica. Recorridos diez metros en no menos de un minuto, el viejo terminó con la rueda delantera frenada contra los rieles del tranvía: el “gigantesco” obstáculo lo detuvo. En un ataque de lástima, un espectador le dio un suave empujón. El triciclo superó los rieles y retomó su andar lento de tortuga enferma, seguido por las carcajadas de una multitud de curiosos.

Aun así, en los ojos entreabiertos de ese hombre –con la mirada fija en el manubrio como si no hubiera nada más a su alrededor– brillaban tal sentimiento de complacencia, casi de vanidad y de osadía juvenil, y tal fe ciega en la eficacia milagrosa de esa parodia gimnástica que, pese a la compasión que parecía despertar, la suya seguía siendo una admirable demostración de fuerza y velocidad. El escenario me dio una idea más clara de las mentadas maravillas del ciclismo. Si un ejercicio así –pensé– puede proporcionar tal goce a este mísero personaje, ¿qué no hará en un hombre que sea todavía un hombre?

Así, entré en un período de tentaciones secretas, alimentadas también por quienes insisten en vendernos cualquier cosa nueva. Cómo no sentirse tentado si al menos siete veces a la semana nos preguntan: ¿por qué no montas, o por qué no montan, en bicicleta?

Hubo gente que se lo tomó a pecho y, queriendo salvar mi alma, me propusieron tomar clases (aunque fuera a escondidas), además de ofrecerme su amistosa compañía en mis primeras excursiones. Recibí también cartas de amigos a los que el ciclismo se les había convertido en una pasión absorbente, tanto que intentaban inducirme con cálidas palabras. Hubo varios que llegaron incluso a aguijonearme a través de la crítica literaria. Uno, por ejemplo, me escribió: “Verías cuánta riqueza podría adquirir tu estilo. Hay en algunas de tus mejores páginas señales de estancamiento. Eso no te volvería a ocurrir nunca más”. Otro me dijo: “Si usted pedaleara, su mente sería capaz de abrazar una mayor cantidad de elementos al mismo tiempo”. Estas observaciones, debo confesar, me hicieron meditar mucho. Empecé a decirme, cada vez que me encontraba en una dificultad: “¡Si hubiera pedaleado un poco esta mañana...!”.

Había ocasiones en las que, seguro ya de que nadie estaba mirando, examinaba con detalle una bicicleta apoyada en un muro. Me sentía forzado a aferrarla, a palparla, a ponerla en movimiento, a preguntarle –como si se tratase de un ser dotado de conciencia– si era cierto que ella tenía la virtud de devolver unas horas de juventud a un hombre maduro. Si con su andar era capaz de diluir en el aire la melancolía que nos asalta por la espalda, y de llevar al caballero a casa con el ánimo y la sangre renovados. Los reflejos que producían sus delgados miembros de acero me parecían miradas seductoras, sonrisas de promesa, guiños de invitación amorosa a intentar la aventura.

Durante un tiempo fue sencillo hacer a un lado la tentación con arte y gallardía. No, me repetía, el hombre sobre la bicicleta no se ve bien, forma con el cuerpo un ángulo ridículo, como el de una marioneta doblada en dos. Tiene razón Giovanni Verga en su soneto milanés: “De la cintura para arriba es un sastre jorobado, / de la cintura para abajo un afilador enloquecido”. Es comprensible, e incluso placentero a la vista, que los flacos monten en bicicleta. ¡Pero los vejetes gordos! Lo desproporcionado de esos cuerpos enormes con respecto a los delgadísimos radios de las ruedas hace que estos parezcan tan frágiles que pudieran doblarse en cualquier momento bajo el peso de las descomunales nalgas. Todo el ejercicio da a los caballeros la apariencia de elefantes sentados en tílburis.
 

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