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Barbet Schroeder en Colombia

¿Cuáles son los lazos que atan a Barbet Schroeder con Colombia? Noches de juerga en Caliwood, piscinazos en Cartagena y cine en Medellín tejen la respuesta a lo largo de varias décadas, hasta la conquista final de su película colombiana.

Barbet 1
Fotógrafo
Eduardo Carvajal
Edición N° 133

N° 133

Agosto de 2012[ ver índice ]

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Los caminos del cine son largos y culebreros y, en el mejor de los casos, conducen a Cannes. Digo esto para explicar que a Barbet Schroeder lo conocí por triangulación. En el festival de 1978 coincidimos trece colombianos y todos nos hicimos pasar por periodistas o productores cuando en realidad éramos una pandilla de jóvenes cinéfilos que nos habíamos descolgado desde París para caer en la Costa Azul con poco dinero y muchas ganas de ver cine. Aprovechando que Rainer Werner Fassbinder estaba en Cannes presentando Desesperación, el fotógrafo Hernando Guerrero y el programador del Festival de Cine de Cartagena, Víctor Nieto jr., no tuvieron ningún reparo en llegar a la puerta de su habitación del Hotel Martinez, quizá porque conocían la debilidad del director alemán por cierto producto colombiano. Tocaron y abrió el propio Rainer Werner envuelto tan solo en una toalla y fumando, desde luego. Apenas dijeron que eran colombianos, los hizo seguir y los invitó a tomarse unos tragos y quién sabe qué otras cosas. Más tarde, Hernando y Víctor me contaron lo sucedido y me dijeron que estábamos todos invitados a celebrar el cumpleaños de Fassbinder en París. Llegó el 31 de mayo y, en compañía de la artista Karen Lamassonne y Víctor jr., me dirigí hacia el lugar de la celebración: un restaurante muy chic, no recuerdo en cuál barrio de París. Entramos y no había nadie. Nos sentamos y nos sirvieron copa tras copa de un vino exquisito mientras iban llegando los invitados del cumpleañero bávaro, que brillaba por su ausencia. Fassbinder finalmente se presentó cerca de la medianoche; por casualidad se sentó a fumar y a beber en nuestra mesa mientras cenábamos. Él, desde luego, no comió nada y solo se expresó en monosílabos. Sentado a mi lado estaba un hombre alto y corpulento con pinta de oficial prusiano. Le pregunté cómo se llamaba y me dijo: Barbet Schroeder.

Inmediatamente su nombre me remitió a las películas que había visto dirigidas por él: More (1969), La vallée (1972) y Général Idi Amin Dada: Autoportrait (1974). Y, por supuesto, a las películas de Rohmer y Rivette que había producido. Por alguna razón yo sabía que él había vivido en Colombia, lo que dio pie a que continuara la conversación. Me contó que vivió aquí de los siete a los once años porque su padre, un geólogo suizo, había conseguido trabajo en nuestro país. Al poco tiempo de haber llegado estallaron los sangrientos sucesos del 9 de abril de 1948. El recuerdo más inolvidable de su niñez en Bogotá es el de haber visto por la ventana a dos hombres que habían saqueado un almacén y cargaban una nevera. De pronto, otro hombre los alcanzó y le cortó la cabeza a uno de ellos con un machete. El descabezado siguió unos pasos más sin soltar su botín hasta que cayó muerto. Bienvenue en Colombie!

Seis años después me volví a encontrar con Schroeder en la piscina del Hotel Caribe durante el Festival de Cine de Cartagena, al cual había sido invitado con su esposa Bulle Ogier para presentar la película Tricheurs (1983). Me dijo que la última vez que había estado en esa piscina fue cuando sus padres lo trajeron de niño. A lo que yo le respondí: “No podemos bañarnos dos veces en el mismo río, pero sí en la misma piscina”. Le conté que el negocio de mi padre había sido el de las piscinas y que su eslogan era: “Si piensa en piscina acuérdese de Ospina”. Barbet se rió con esa risa que lo caracteriza, entre traviesa y perversa.

Al reencontrarse con el país de su infancia Schroeder fue recuperando el español perdido y comenzó a venir a Colombia casi todos los años en la década de los ochenta. Cada Feria de Cali venía a ver los toros pues era un afiebrado de la tauromaquia. También gozaba de nuestras rumbas frenéticas en que no se dormía nunca, cuando el grupo al cual yo pertenecía filmaba sin parar, hasta el punto de que nos autodenominamos Caliwood para hacer rabiar a los envidiosos. La gran virtud de Barbet, entre muchas otras, es su curiosidad. No es de extrañar, pues, que cuando el diario Libération hizo la encuesta “¿Por qué filma usted?”, él respondió con un escueto “Para saber más”. Es esa curiosidad la que le ha llevado a aproximarse a sus películas de ficción como si fueran documentales. En Colombia se interesaba por todo: la fiesta brava, la fiesta sin fin, la locura colectiva, el humor negro, el clima, el sancocho, la salsa de Richie Ray y hasta las canciones típicas de Silva y Villalba. Pareciera como si Barbet necesitara de Colombia para ser feliz. Decía que se sentía colombiano de corazón a pesar de haber nacido en Teherán y de tener un pasaporte suizo y nacionalidad francesa. De hecho cuando estuvimos en el Festival de Cannes apoyando a nuestro amigo Víctor Gaviria, que presentaba Rodrigo D. (1990) en la Selección Oficial, Schroeder entró como parte de la delegación colombiana.
 

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