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Elogio de los treinta años

Mientras sus contemporáneas crían bebés y asumen entre suspiros y resignación el principio de varios fnales, la editora de la revista peruana Etiqueta Negra se detiene en un nuevo peldaño hacia el cuarto piso para rendir homenaje a la tercera década de su vida.

Elogio de los 30 años
Edición N° 133

N° 133

Agosto de 2012[ ver índice ]

Tengo treinta y tres años, no estoy casada ni tengo un hijo, y se supone que esto debería ser una tragedia. Dicen que al cumplir treinta las mujeres aterrizamos en una región donde la soltería se vuelve irreversible, el cuerpo te organiza una rebelión de celulitis y canas, y tu empleo se convierte en destino. La Rochefoucauld lo escribió en el siglo xvii: “El infierno de las mujeres es la vejez”. Hoy los treinta parecen ser la bestia peluda en el armario versión 3.0, el conflicto indispensable del que dependen las series de televisión gringa y los manuales de autoayuda. Una búsqueda veloz en Amazon arroja unos sesenta títulos que se encargan de la crisis femenina en esa edad: Encarar los treinta; Crisis de la mediana edad a los treinta; Treinta cosas que hay que saber antes de los treinta; La mujer de la generación x cumple treinta: mitos, misterios y colapsos mentales. Es una epidemia global: las mujeres que nacimos entre 1978 y 1982 seríamos el tercer país más poblado del mundo. Y nos han vendido la falsa urgencia de que los treinta son la fecha de caducidad de nuestros sueños y metas mientras todavía podemos llevar minifaldas y zapatos de tacón alto. A los treinta, mujer de treinta, envejeces y todo el mundo se encarga de recordártelo.

Pero ser una treintona solo le importa a quien sopla las velitas del pastel. La víspera de mis treinta me encontró angustiada en mi cubículo sin libro ni hijo ni árbol. Tomando café frío y obsesionada con el cliché. Muy cursi la escena. Muy soltera-profesional-siglo xxi. Muy Bridget Jones, Rachel Green y Carrie Bradshaw (santodiosquéspanto). Empecé a correr (después de los treinta, dicen las revistas, hay que esforzarse para estar en forma), contra mi convicción de que las personas felices no necesitan correr. Correr como si no hubiera mañana. Correr de espanto porque no quería convertirme todavía en persona adulta. Porque se me acababan las excusas y los mientras y la oportunidad de subirme a bailar en la mesa, borracha, sin mayores consecuencias. A los treinta no eres una achispada chica alegre, sino una mujer alcohólica. A los treinta cumplir años pierde la gracia si sientes que no has logrado nada. En esa fecha dejas de ser una joven promesa. Cada una de las cosas que empezaste a hacer “por mientras” ahora te define. Te has convertido en una profesional del trabajo temporal, del primer empleo, del hobby de la tarde. Me gustan los treinta porque es cuando La Vida te hace por fin un guiño. La traicionera que se ha pasado años anunciándose, mostrándote una pierna y luego bajándose la falda, se decide por fin a darte el sí.

Llegar a los treinta solo es una tragedia si vives en ciertos países de África, porque significa que te quedan seis años más de vida. También lo era en la década de los sesenta, cuando las latinoamericanas promedio vivían sesenta y dos años. Pero las estadísticas del siglo xxi, reportadas con fanfarria por los organismos especializados, indican que a los treinta no hemos llegado aún al intermedio de nuestras vidas. ¿Entonces por qué nos sentimos viejas? Cuando tienes veinte crees que en una década todos tus problemas estarán resueltos, y antes de eso el número es solo un lejano punto en el horizonte, un número cuya magnitud no apreciamos. Nuestra mente joven no comprende esa cifra y formula planes absurdos: para entonces –porque los treinta quedan lejos– tendremos un millón de dólares, cuatro hijos y dos casas. A los veintiocho el futuro es algo lejano, ajeno. A los treinta vienen las certezas: ya no postularás en Miss Universo, ni podrás ser seleccionada olímpica y el príncipe europeo de tu generación ya se enamoró de otra plebeya que no eres tú. A los treinta y cinco empiezas a ahorrar para la fertilidad asistida. A los treinta y seis hay gente de tu edad que gobierna países y los libros de historia recogen los noticiarios televisivos de tu infancia.

Cuando llegas a los treinta empiezas a cosechar. Tu llavero y tu cartera dan fe de tus responsabilidades y privilegios: te vuelves guardiana de puertas que solo tú puedes abrir, y puedes enfermarte o viajar cuando sea y costearlo sin ayuda. Te promueven, te suben el sueldo, te piden consejo y nadie –salvo tú– se cuestiona que lo mereces. La sabiduría antigua reconoce que los treinta son la época de la fortaleza. “El que no es bello a los veinte, ni fuerte a los treinta, ni rico a los cuarenta, ni sabio a los cincuenta, nunca será ni bello, ni fuerte, ni rico, ni sabio”, dice un refrán español. Los treinta están justo en medio de la edad en la que uno se casa y aprende a ganarse la vida y la edad en la que uno se vuelve sabio a punta de errores acumulados. Hace un tiempo una encuesta inglesa reveló que las mujeres gozan el mejor sexo de su vida a los veintiocho, se sienten plenas en su carrera a los veintinueve y contentas con sus relaciones a los treinta. Nuestra mejor época financiera, según esto, vendría a los treinta y tres, y dos terceras partes de nosotras pensamos que envejecemos más rápido que los hombres, revela el sospechoso estudio elaborado por Clairol, una compañía de –qué más– productos para teñirse el cabello. Así que todavía somos guapas –lo más guapas que nunca seremos– y tenemos dos o tres montañas pendientes de conquistar. Hemos dejado de preguntarnos a dónde vamos y empezamos a dirigirnos allí con paso firme y decidido.
 

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