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Las cortinas de Napoleón

Un alegato para salir de los museos

La idealización del pasado es, paradójicamente, una tendencia bastante joven. Desde hace poco más de siglo y medio, el museo es el templo de esa tradición conservacionista. ¿Vale la pena mantener intacto lo que ya pasó, mientras se paraliza la creación innovadora?

Las cortinas de Napoleón
Traductor
Mauricio Pombo
Ilustrador
Jonathan Bartlett
Edición N° 133

N° 133

Agosto de 2012[ ver índice ]

Así pues, ahí estaban: el engreído Château de Fontainebleau, los famosos Petits Appartements del emperador Napoleón, conservados en su estado original. La voz de la guía turística temblaba al momento de relatarnos que la edificación permanecía exactamente igual a como Bonaparte la había dejado.

Sin embargo, muy probablemente el antiguo propietario a duras penas hubiera reconocido estos espacios. La tapicería se había desteñido, las cortinas de seda que alguna vez resplandecieron de rojo se habían resignado a decolorar en beige y en algunas partes se habían desgarrado por su propio peso. Los asientos tampoco hubieran aguantado la corpulencia del pequeño corso ¡y ay del que se le ocurriera extender planos sobre las mesas! A los participantes en el recorrido por el palacio parecía no importarles nada de ello. Aquí, sobre esta silla, se había sentado Napoleón a comer; también lo había hecho en este cuarto de baño (mientras hacía sus necesidades, muy probablemente dictaba a gritos su agenda para que su secretario lo oyera en el cuarto de al lado). ¡Qué locura! El retrete, una novedad técnica en ese entonces, suscitaba disimuladas risas entre los presentes. Un señor de Kansas pidió que le explicaran el mecanismo.

A mí personalmente me fascinaron las cortinas o, mejor dicho, lo que pretendían. Eran, sin lugar a dudas, las cortinas de Napoleón; pero, así mismo, el emperador habría sido el primero en lanzar al fuego esos harapos. Él tenía un gran sentido de lo simbólico y en ningún momento hubiera pensado rodearse del descolorido esplendor de un siglo ya pasado. Él querría un nuevo y propio esplendor. Hoy, no obstante, nos paralizamos de veneración frente a un deshilachado pedazo de tela que ha recibido demasiada luz del sol. El hálito de fugacidad que sopla desde sus rasgaduras puede ser una excepción en un mundo restaurado hasta lo imposible, pero la certeza de que estas cortinas son dignas de preservación es algo que todo el mundo acepta. Peor aún: yo también lo acepto.

Somos la primera cultura en la historia que endiosa lo viejo solo por serlo, y nuestros museos son baluartes de la conservación de pasados que nos resistimos a dejar morir. Esto no fue siempre así. Las colecciones y los primeros museos del Renacimiento estaban llenos de cosas nuevas, animales exóticos y piedras extrañas, aparatos científicos, papirotes ensamblados con mucha fantasía e instrumentos etnográficos. Lo único viejo que excepcionalmente había en ellos eran las obras de arte antiguo, y solo debido a que en ellas estaba contenida la promesa de que a partir de la antigüedad pagana, la Iglesia, el gran poder de entonces, se podía transformar o socavar.

A finales del siglo xv, el italiano Ulisse Aldrovandi, reconocido coleccionista, hizo sus mejores hallazgos en las pescaderías, donde los marinos le ofrecían criaturas enigmáticas. Hasta entonces, la gente había buscado la verdad en las bibliotecas: en Plinio, en Pitágoras y en la Biblia. Ahora, cada barco que llegaba de América o de la India a Europa traía objetos sobre los que las mencionadas autoridades no tenían nada que decir. Y tras cada nuevo desembarco se veía reducido más y más el poder de “lo viejo”. Coleccionar era una forma de subversión intelectual.

A partir del siglo xix, el sentido de los museos cambió radicalmente. El ethos de clasificar y conservar se volvió su raison d’être. La nueva interpretación de la historia exigía una historia nacional, la ciencia podía exhibir en interminables vitrinas la soberanía de la razón y de la patria. El curador británico sir William Henry Flower erigió involuntariamente un monumento a dicha mentalidad cuando le aconsejó a un joven colega:

Primero se necesita un curador. Este debe considerar meticulosamente el propósito del museo y la índole y capacidades de aquellos para cuya enseñanza sea fundado, encontrar el espacio propicio... Luego habrá de subdividir en pequeños grupos los campos del conocimiento que han de ser ejemplificados... Se elaborarán grandes rótulos que serán como títulos a la manera de los capítulos de un libro, y unos más pequeños para las diferentes subdivisiones internas... Finalmente vienen los objetos escogidos para la muestra, a los cuales hay que buscarles el lugar en que mejor se acomoden.

Lo maravilloso fue expulsado del mundo; los objetos enigmáticos se convirtieron en ejemplos para explicar determinadas áreas del conocimiento. La soberanía del espíritu –al menos en lo que respecta a sus pretensiones– se había cumplido.

Nuestro mundo es muy distinto. Hace mucho perdimos el desmesurado fervor por la cultura y el espíritu; este fue asesinado en los escenarios de la barbarie moderna, como Auschwitz, los gulags de Stalin y los campos de rehabilitación de los pueblos en llamas de Vietnam. La civilización no se pudo resguardar de todo aquello y por eso se siente obligada a dar explicaciones. Ya no creemos en la soberanía del espíritu, tan sospechosa como la belleza de la utopía y la seducción del poder, que han desgarrado a tantos millones de seres.

Nuestra desconfianza y su gemela sentimental, la nostalgia, definen nuestra relación con los bienes culturales de manera material e inasequible. No solo corremos hace rato el peligro de poseer sino el de obsesionarnos. Coleccionamos y archivamos, conservamos, editamos y clasificamos un torrente imprevisible de documentos de todo tipo, desde actas hasta vagones de tren. Ninguna fachada puede ser tocada; a cualquier objeto –por más trivial que sea– se le concede un significado histórico. Nuestra cultura de alto nivel es un repertorio de su propio pasado; el impulso coleccionista, que alguna vez fue subversivo y creativo, se transformó en elemental curaduría. En sentido estricto: en algo puramente conservador.

Aún hoy, las culturas no occidentales se resisten a aceptar, sin comprenderla, esta actitud. Quien visite los templos históricos de Kyoto encontrará que edificaciones del siglo xii, ya desde entonces, eran periódicamente derribadas y reconstruidas. En cuanto al culto a sus antepasados, para los sintoístas los viejos maderajes no tienen ningún valor. Lo que cuenta es continuar con una tradición viva.

Somos la primera cultura en la historia que venera lo viejo solo porque es viejo. Las implicaciones de esta afirmación, para el conocimiento de nosotros mismos, no se pueden subestimar.
 

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