1
De unas semanas para acá se viene repitiendo, sobre todo en las redes sociales, que el Ministerio de Cultura debería cancelar de inmediato los fastos dedicados a celebrar los cien años de la muerte de Rafael Pombo. Los más radicales han llegado al extremo de sugerir que por ahí derecho debería derogarse la declaratoria de 2012 como el año Pombo, en el mismo sentido que el 2011 fue consagrado a Cuervo. Incluso si uno está acostumbrado al veleidoso humor de los usuarios en Facebook o en Twitter, está preocupación no deja ser exótica. ¿Cómo es que un poeta del siglo XIX acaba de irresistible trending topic?
La respuesta en este caso es bastante fácil: Vladdo. El pasado 27 de abril, cuando se cumplieron los cien años de la muerte del vate bogotano, El Tiempo publicó una breve semblanza recordando algunos de sus méritos. Casi enseguida el caricaturista mandó un tuit canchero diciendo que “deberían aprovechar el tal homenaje para aclarar que solo fue traductor (y adaptador) de esos cuentos infantiles; no autor”. A los cinco minutos Caracol se hacía eco de esta “muy mala noticia para el país”; a los dos días había gente reportando que “todavía no lograba superar lo de Pombo”; a la semana el poeta ya era un “plagiario” y desde entonces no han faltado los exégetas que piden abolir cualquier exaltación de su memoria. Así, de ese modo más bien equívoco, es como un poeta capta en Colombia la fugaz atención de los internautas.
Es posible que Vladdo sienta que descubrió un secreto muy bien guardado de nuestra literatura, pero la verdad es que no hay tal. Ya desde 1965, el año en que publicó su informada biografía, Héctor H. Orjuela había demostrado que siempre estuvo claro que poemas como “Rin rin renacuajo” o “Simón el Bobito” eran traducciones y que la casa Appleton, responsable de las primeras ediciones de los Cuentos pintados (1867) y de los Cuentos morales para niños formales (1869), incluía una advertencia en donde podía leerse que esas fábulas eran “colecciones de cuentos que [Pombo] adaptó al español, transformándolos a su manera”. Todo indica que en las ediciones posteriores, curadas por Antonio Gómez Restrepo, se suprimió esa advertencia, dando pie a la confusión que todavía hoy, ¡un siglo después!, algún iconoclasta descubre cada equis número de años pero sin sentirse obligado a verificar su exactitud.
Tal vez harto de leer trinos con noticias más viejas que un periódico de ayer, Jorge Orlando Melo se dio a la tarea de buscar los originales ingleses y compararlos con las versiones de Pombo. El resultado de un ejercicio tan simple, que los lectores pueden ver en la página jorgeorlandomelo.com/, es iluminador. De inmediato se advierte que el autor bogotano asumía su oficio de traductor con gran libertad, lo cual no solo le permitía ser muy creativo sino incluso lograr versiones superiores al texto de partida (habrá quien lo discuta, pero a nosotros nos parece que “El gato bandido” supera con creces a “The Robber Kitten”). Esto demuestra que no importa mucho saber si Pombo se apoyó en algunas nursery rhymes de su época; lo interesante, como apunta Melo, es analizar “en concreto la calidad de sus textos y la eficacia de sus procedimientos de traductor y poeta”. Si uno sigue el consejo, descubre que el bogotano tenía ideas muy modernas sobre la traducción y que justo por eso, por tener una idea tan libérrima de lo que es trasvasar un texto de una lengua a otra, pudo darle a la literatura colombiana unos versos que respiran con vida propia en castellano. Dicho de otro modo: sus traducciones eran tan buenas, tenían tantísimo sentido del ritmo, que han terminado por convertirse en poemas originales. Así que Vladdo y todos aquellos que han manifestado pesar porque los poemas de Pombo no son supuestamente suyos deberían hacer a un lado sus tristezas. ¿Cuántos traductores han logrado una hazaña de este calibre?
Ver Comentarios[ Clic para desplegar ]
Para poder comentar, debe ingresar a su cuenta o registrarse aquí