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Columnas

Breve historia de Colombia

Después de ser un país cafetero, pasamos a basar nuestras finanzas primero en la coca y ahora en la minería. Un vistazo a la reciente historia económica colombiana puede arrojar luces sobre la raíz y el futuro de muchos de nuestros males. 

Columna Gómez Buendía
Edición N° 133

N° 133

Agosto de 2012[ ver índice ]

No hay que creer en Marx para saber que la economía es la base de la vida política y social. Tampoco hay que ir muy lejos para saber que la economía depende sobre todo del lugar que cada país ocupe en la división mundial del trabajo: los grandes cambios políticos y sociales que ha tenido Colombia se deben, pues, al cambio en nuestras formas de inserción en la economía internacional.

Eso fue cierto desde la Colonia, pero hablaré solo de los tiempos recientes. Hace unos años éramos un país cafetero: hablando en cifras gruesas, el café producía el 60 o 70% de las divisas y daba empleo a 2,5 millones de familias campesinas. Los cafeteros presionaban por un dólar artificialmente caro, lo cual frenaba las importaciones y de rebote estimulaba el crecimiento de la industria nacional. Pero el café pasó a la historia: el año pasado generó apenas el 5% de las divisas y para este año podría bajar al 3% del total.

Hoy somos un país minero-exportador. El petróleo representó el 54% de las exportaciones del año pasado y la minería (carbón y ferroníquel, más que todo) contribuyó con otro 22%: cambiamos la agricultura por el subsuelo, y este cambio, creo yo, es la revolución silenciosa que ha creado o está creando una nueva Colombia. Porque ahora no son los campesinos sino el Estado, como dueño del subsuelo, el que se queda con la tajada nacional de la bonanza. Y porque las divisas ya son tantas que el dólar no vale nada, y es más barato importar que producir.

Un Estado más rico y una vida más barata serían las dos bendiciones de la revolución tan callada como profunda que ha tenido Colombia. Y en efecto, hoy el Estado emplea a muchas más personas y ha duplicado su peso en el producto nacional. La inflación, por su parte, dejó de ser un problema (antes andaba por el 20 o 25% anual) y los consumidores podemos conseguir cuantos productos se ofrecen en el mundo.

Pero la agricultura y la industria dejaron de ser rentables porque todo se importa más barato. Los campesinos sencillamente se quedaron sin oficio, el campo es un moridero y la tierra ya no tiene ningún uso económico: su valor es apenas simbólico y político. El desarrollo industrial también quedó truncado, el empleo manufacturero se estancó y los avances de la tecnología nos quedaron sobrando: ya no necesitamos innovar. La clase media urbana se empleó en los servicios (gobierno, finanzas, profesiones…) y los pobres siguieron engrosando el “sector informal”, que ocupa hoy al 60% de los trabajadores de Colombia.

Pocos empleos productivos, poca competitividad, y la riqueza en manos de muy pocos (después de Haití, somos ahora el país más desigual de América Latina). A algo como esto se le llama la “enfermedad holandesa” porque las divisas que inundaron a ese país cuando encontró gas natural en los años sesenta casi acaban con su industria. Desde esa época Corden y Neary propusieron una hipótesis que explica exactamente lo que hoy pasa en Colombia: el exceso de divisas revalúa la moneda nacional, desestimula a quienes producían bienes que se pueden importar (industria o agricultura) y desplaza el empleo hacia los rubros que no admiten competencia extranjera (gobierno, servicios personales, construcción y comercio minorista).

Holanda superó su enfermedad y le enseñó a sus vecinos, de modo que cuando a Noruega le llovieron las divisas por el petróleo que descubrió en el Mar del Norte, las ahorró en lugar de malgastarlas. Si Colombia hubiera aprendido la lección, la gran petrorriqueza del Estado se habría invertido en educación, en ciencia y en construir la infraestructura de un país de punta. Pero estamos más bien en Venezuela, y la bonanza fiscal se ha traducido en burocracia, en contratos y puestos para una “clase política” insaciable, en corrupción a diestra y siniestra, en quitarles los impuestos a los ricos y en repartir limosnas (que aquí se llaman “Familias en Acción”) para tener contentos a los pobres... Por algo había dicho Juan Pablo Pérez Alfonzo, el creador venezolano de la Opep en 1960, que “dentro de diez años, dentro de veinte años lo verán: el petróleo traerá nuestra ruina; el petróleo es el excremento del Diablo”.

Es más: en un sentido estamos peor que Venezuela, estamos en Nigeria o en el Congo, donde los booms mineros se mezclaron con guerras intestinas. En efecto, la bonanza colombiana ha seguido sosteniendo la guerra militar: el presupuesto de defensa se triplicó en diez años, y los actores armados ilegales han encontrado una fuente estupenda de recursos en el chantaje o en la explotación ilegal de minas y energéticos. También –y sobre todo– la bonanza colombiana siguió escalando la guerra política que los barones regionales, desde siempre, han librado contra el país moderno: una guerra por la tierra y su valor político, por la nueva riqueza del Estado y por la narcoimpunidad, que se conoce, en resumen, como la narcopolítica.

Y es que a medio camino entre el café y el petróleo, Colombia encontró otra manera de insertarse en la economía mundial, que se llamó (y se llama) cocaína. Aunque las cifras nadie las conoce, sabemos que entre principios de los años ochenta y finales de los noventa fuimos de lejos los grandes exportadores, como sabemos que este genuino “excremento del Diablo” degeneró la guerra militar y envenenó de arriba a abajo la política.

Café, coca y petróleo son nuestra historia reciente. Cada uno a su manera ha empujado y ha distorsionado el crecimiento económico de Colombia, ha decretado quiénes son los ganadores y quiénes son los perdedores, quién se queda con las rentas y donde están los empleos, qué está pasando en el campo, qué hacen y qué consumen las gentes en las ciudades, qué tanto importa el Estado, qué tan sucia es la política, cuál es la imagen que el mundo tiene de nosotros (Juan Valdez, o los narcos, o la petro-“confianza inversionista”), qué tan intensa es la guerra y quién la va ganando (las narco-Farc ganaban en los noventa, pero el petro-Estado pudo ripostar con la costosa “Seguridad Democrática”).

Nos pasó con el oro o el cacao en la Colonia. Nos pasó con el tabaco, la quina, el añil o los cueros a lo largo del siglo xix, que pasaron de moda o se fueron para otras latitudes. Nos pasó con el café que se fue para Vietnam. Con la coca que migró hacia Perú y con la cocaína que migró hacia México. Nos pasará también con el petróleo y con los minerales, cuando China deje de arrastrar (y de arrasar) al resto del planeta.

El nuestro es un país llevado por el viento. Como analista sabe uno que no podría ser de otra manera: somos el fruto de lo que hemos sido. Como padre y abuelo, sin embargo, uno quisiera que nuestros dirigentes no fueran tan mezquinos ni tan miopes, o que una ciudadanía deliberante decidiera tomar el control de su propio destino. Dijo Toynbee que la historia puede no tener sentido, pero nosotros tenemos que inventárselo.
 

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