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Breviario

Llegar lejos: un arequipeño deambula por Lima

La bitácora de un provinciano en la capital peruana.

Edición N° 133

N° 133

Agosto de 2012[ ver índice ]

“Fírmamelo, por favor”, me dice, y me ofrece la última hoja de mi libro. Es la primera vez que voy a autografiar un libro por detrás. Tampoco he firmado muchos que digamos, pero la experiencia cuenta.

–No tengo un bolígrafo a la mano –le digo revisando mis bolsillos.

–No importa –repone él–. Yo lo consigo.

Mientras estampo mi firma y trato de recordar la fecha, levanta la voz: “Este muchacho va a llegar muy lejos”.

Y tenía razón. Para alguien que no es de Lima, esta ciudad es un tormento de distancias que casi siempre resultan insondables. Por la tarde tengo que ir a la casa de Guillermo Giacosa, un célebre periodista argentino. Solo tengo como referencia el Colegio de la Inmaculada del distrito de Surco.

Con el libro que vendí apenas me alcanzó para pagar el taxi (regateo de por medio). El viaje desde Jesús María se me hizo tan largo que llegué a pegar algunas cabeceadas. Salí de la última espantado. El taxista frenó en seco y me fui contra el asiento delantero.

De pronto, un sujeto rapado se bajó de un automóvil rojo y se aproximó a mi taxi:

–Bájate de una vez, conchatumadre.

–¡Déjame avanzar y no jodas! –exclamó algo atemorizado el conductor de la unidad móvil que tuve la mala fortuna de elegir para llegar a la casa del periodista.

–¡Te he dicho que te bajes! –replicó dándole un patadón a la puerta del auto.

–Yo no me bajo por gusto, yo no me bajo por las huevas –dijo tratando de tomar valor y recibió como respuesta un escupitajo y un soberano sopapo que fue definitivo. Lo hizo acudir a un fierro escondido debajo de su asiento y saltar prácticamente de la nave para encarar al adversario:

–De una vez, mierda.

–Ah, así te defiendes –y empezó a retroceder.

–Mueve tu cojudez –le ordenó–. Ya te dije que yo no me bajo por las huevas.

El individuo volvió a su carro y regresó con un arma tapada a medias con un calcetín blanco. Yo estaba convencido de que venía por los dos. Y recordé a mi viejo amigo Sergio, a quien pude ver allá en Arequipa, otro decepcionado de Lima: “¡Regrésate a tiempo!, esa es una ciudad de mierda… O te regresas o te vas a terminar convirtiendo en uno de ellos”.

–Si quiero te mato ahorita –y le apuntó en la sien–. Te mato y no pasa nada, ¿cómo la ves?

Pero no lo hizo. Regresó al auto rojo y arrancó a toda velocidad. Estábamos a un par de cuadras de un colegio.

–¿Qué hacía con esa arma? –le pregunté al taxista tratando de recomponerme de la impresión–. ¿Era un milico taxiando?

–Seguro un tombo pichirruchi, así de maricas son estos tombos.

“A la policía se la respeta”, digo para mis adentros. Y la ironía es un pasajero más en lo poco que nos resta de viaje.

Ubico la casa de Giacosa y él me abre la puerta:

–Orlando, ¿te sentís bien?

Paso y le cuento todo lo que acaba de ocurrir mientras él prepara dos infusiones de anís.

–Tranquilo, che, que no estás con el enemigo.

Tiene razón. Lima no es el enemigo. Los limeños, seres que viven deprisa, agitados y casi siempre confusos. Cuando les pides permiso para ingresar al bendito Metropolitano, no hay respuesta. Parecen haberse convertido en autómatas. Acá las buenas formas y maneras no importan.

–Guillermo, en Lima todos son unos hijos de puta.

–Tampoco es así, Orlando, lo que pasa es que te tratan como te ven.

En este país, el que no se jode, jode a los demás –le digo. Pero la frase no es mía, sino de Zavalita. Y si pasas por Lima y tratas de sobrevivir, sabes que es un dogma, una verdad granítica que duele tanto como la selección nacional de fútbol… Que, supuestamente, iba a llegar lejos. ¿Yo lo haré? “Aquí no, aquí no”, me repito mientras espero un taxi que, ojalá, me lleve a casa. Imposible: mi casa está muy lejos y allí sí que quiero llegar.
 

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