Un lector inconforme con los señalamientos sobre prostitución publicados en la columna "La Comba del Palo" cuestiona los argumentos de Mauricio Rubio y propone un examen distinto de ese fenómeno.
La VI Cumbre de las Américas en Cartagena pasará a la historia –a nuestra precaria y anecdótica memoria histórica– porque un agente secreto gringo intentó pasarse de listo y no pagarle lo convenido por sexo a la colombiana Dania Londoño. Por esas mismas fechas, a partir de mayo del presente año, el investigador Mauricio Rubio empezó a esbozar en El Malpensante un conjunto de delicados señalamientos sobre prostitución, trata de personas, violencia y abuso sexual que ameritan ser sustentados con mayor detalle ante sus lectores.
En la edición 130 Rubio cuestionó por primera vez el supuesto, “jamás explícito pero sí recurrente, de que el sexo venal es un terreno más compatible con la esclavitud, o la cuasi violación, que con el deseo”. En la 131 refirió diez casos de sexo pago, volvió a impugnar la doctrina “cada vez más terca e improcedente” de que la prostitución siempre es forzada y respondió sibilinamente esta pregunta: “¿Cuántas personas venden su cuerpo empujadas por la miseria, cuántas obligadas por proxenetas, cuántas seducidas y abandonadas, cuántas huyendo por el abuso, cuántas por morbo o curiosidad, cuántas por arribistas, cuántas por la adrenalina, cuántas por hipersexuales?... Nadie sabe, las respuestas no son obvias e incluso la disponibilidad de testimonios puede estar sesgada”.
Lo curioso es que de las diez “vías para llegar al sexo pago” citadas por el autor, la mitad tienen origen en casos de maltrato conyugal y familiar, violación, trata de mujeres y abuso sexual. El primero de tales testimonios, el de Wendy, una adolescente salvadoreña, no debería ser considerado de sexo pago, pues lo que se describe en realidad es una violación múltiple por parte de un grupo de pandilleros que luego alquilan a la chica como una cándida Eréndira. Más que extenderse en casos como los de Wendy, parece que lo que al columnista le interesa es destacar y darle voz a testimonios de prostitución como el de la ejecutiva francesa Valérie Tasso, autora del best-seller Diario de una ninfómana: “Utilizar el sexo como medio para encontrar lo que todo el mundo busca: reconocimiento, placer, autoestima y, en definitiva, amor y cariño... ¿Qué hay de patológico en eso?”. Patológico o no, lo cierto es que la propia Valérie cuenta haberse prostituido debido a una mezcla de venganza, asco hacia los hombres, falta de autoestima y problemas económicos luego de que su pareja la hubiera dejado llena de deudas y “con una tripita que nunca llegó a nacer”.
En su afán por minimizar la problemática que alimenta el comercio sexual a nivel mundial, Mauricio Rubio fustiga lo que denomina una “visión victimista contemporánea”, empeñada en difundir un “trillado escenario de miseria y esclavitud”, y llega al extremo de denunciar “una poderosa alianza multinacional de burócratas, periodistas y oenegés... que carece de cualquier vocación para entender lo que ocurre, lo que piensan o lo que quieren las víctimas”. En esa línea de ideas, en la edición 132, al mencionar la migración de colombianas “de veinte añitos” para prostituirse en España y Holanda, nos pinta un panorama telenovelesco donde muchas de ellas se casan con sus clientes “y algunas con sus patrones”, y niega la existencia de “supuestas mafias” de tratantes, afirmando que “son en realidad redes de amigas, vecinas y familiares”. ¿Estaría pensando el autor en redes familiares como la de la madre rumana mencionada por él mismo en su columna anterior, detenida por la policía en Málaga acusada de vender sus dos hijas a unos proxenetas por 5.000 euros? El testimonio de una paraguaya de 27 años, rescatada de una red de tratantes en Navarra, contradice la versión idílica que Rubio pretende mostrar:
A mí me dijeron en Paraguay que sería bailarina exótica en un lugar de lujo en Madrid; que si había clientes yo misma los escogería. Me trajeron a Navarra y tuve que aguantar sexo con treinta hombres al día. Fue espantoso, mi vulva estaba toda inflamada. Un tipo me mordió los pezones y me lastimó. Otro quería ahogarme con su pene en mi boca y tomarme fotografías con su móvil. Otro me hizo sexo anal a la fuerza y me dijo que yo lloraba porque me había gustado... el maldito.
So pretexto de relativizar y normalizar la cuestión, Rubio despliega ante sus lectores una engañosa erudición, una visión “universal, atemporal y heterogénea” del sexo pago que opta por atenuar la gravedad actual del asunto. Para dar otro ejemplo, al hablar de la relación entre las guerras y el aumento de la prostitución afirma: “Con la llegada de tropas norteamericanas a Tailandia después de la Segunda Guerra y, posteriormente, con el conflicto de Vietnam, la venta de sexo se disparó”. Lo que omite mencionar es que semejante escalada de las llamadas confort women –de unas 20.000 prostitutas existentes en 1957 se pasó en 1964 a una cifra estimada en 400.000– se dio mediante la explotación sexual de miles de mujeres patrocinada directamente por el Pentágono. Al respecto, el testimonio de un boina verde es elocuente:
Cuando nos llevaron por primera vez a Tailandia, el general nos mostró una diapositiva de los burdeles aprobados por el ejército... eran prostitutas conseguidas por el gobierno tailandés, que había recibido fondos del gobierno norteamericano... No importa si las chicas lo deseaban o no, o si habían sido secuestradas o no, lo importante era que nosotros gozáramos de nuestros días de descanso.
¿Por qué razón en este y otros casos Rubio escurre el bulto y no llega al fondo del asunto? Quizá porque estas evidencias sistemáticas de sometimiento sexual de las mujeres por parte de violentos poderes patriarcales riñen con su tendencia a plantear el ejercicio de la prostitución como fruto del libre albedrío de mujeres como santa María de Egipto o la glamurosa Valérie Tasso.
Los testimonios de la mujer paraguaya y del soldado estadounidense provienen del libro Esclavas del poder. Un viaje al corazón de la trata sexual de mujeres y niñas en el mundo (2010), escrito por la periodista mexicana Lydia Cacho. En esta investigación, producto de cinco años de recorrer medio planeta para rastrear pequeñas y grandes mafias encargadas de robar, desaparecer, comprar y corromper niñas, adolescentes y mujeres con el objeto de convertirlas en mercancías sexuales, la autora esclarece infinidad de nexos entre las multimillonarias industrias del sexo pago, el turismo sexual, la trata de mujeres, la pornografía, el abuso sexual infantil, el lavado de dólares, la corrupción estatal y el crimen organizado.
Este mapa reciente de la explotación sexual globalizada, sustentado en informes de Unicef, la Oficina de Naciones Unidas contra la Delincuencia Organizada, la Organización Internacional para las Migraciones, Amnistía Internacional, Human Right Watchs, el Departamento de Estado de EE.UU. y The Protection Project 2009 de la Universidad Johns Hopkins, entre otras entidades, seguramente no será del agrado del autor de “La comba del palo” y habrá de parecerle parte de un “trillado escenario de miseria y esclavitud”. (A propósito, ¿harán parte estas instituciones de la “poderosa alianza multinacional” que denuncia Rubio en la edición 131? Está en mora de decírnoslo).
Días después de estallar el escándalo en la Cumbre, la periodista de El Tiempo Jineth Bedoya entrevistó a Talía, otra prostituta cartagenera, quien le manifestó: “Dania presentó la versión romántica de nuestro oficio. Lo que pasa aquí es grave y luchamos para que las niñas no terminen enredadas en esto, porque es muy duro, pero a muchos clientes les gustan solo las de quince y dieciséis. Ella es una puta afortunada, a nosotras sí nos toca vivir la escoria...”. Queda pues la impresión de que en esta historia son más las Talías que las Danias. Y más las Wendys que las Valéries.
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