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Ficción

Dios no es como lo pintan

Primer capítulo de la novela El Paraíso es para todos

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Ilustrador
Alejandra Céspedes
Edición N° 134

N° 134

Septiembre de 2012[ ver índice ]

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A cualquiera le pasa cualquier cosa. 

Es la verdad: no sabemos nada, todo es tan incierto que dan ganas de vomitar. Entonces, para combatir la náusea, aceptamos que Dios está arriba y nosotros debajo. Así tenemos un orden y la ilusión de ir al Cielo, donde nunca trabajaremos.

Todas las religiones prometen ese Paraíso. Para alcanzar esta seguridad democrática, solo se necesita fe.

¿Pero qué pasa con los que no tenemos fe? ¿Qué pasa con los que vamos del caos a la noche, sin certezas y en desorden? Esta pregunta es retórica, así que no la tomen muy en serio porque tiene una respuesta obvia. Para nosotros, los alérgicos a las religiones, quedan la risa y la desesperación. Y conste que no me estoy quejando, ni estoy siendo presuntuoso. Cada cual con lo suyo. Yo no pensaba que fuera mejor ni peor que mis vecinos, que eran evangélicos y rezaban y cantaban. Ellos eran ellos y tenían derecho a su esperanza. Y yo... Yo...

¿Quién era yo?

Esta no era una pregunta retórica, sino ontológica, es decir: inútil. Un gran signo de interrogación hecho de ideas, una caverna donde transitaban sombras. Por lo tanto, era mejor no pensar en eso. Al fin y al cabo, yo no había venido al mundo a responder preguntas metafísicas, sino a sobrevivir. Lo mío era la materia, lo concreto, la carne martirizada: lidiar con este compromiso donde me había instalado la selección natural. Comer tres veces al día, dormir ocho horas, dejar entre gemidos mi huella genética. Lo demás era cuento. Al menos, esa era mi conclusión después de 33 años de darme golpes contra las paredes; hasta que una tarde de sábado, mientras leía a Tolstói y sorbía un jugo de papaya, se me apareció Dios.

He pensado mucho en cómo hacer verosímil esta escena. Entre otras cosas, porque nuestra relación depende de que ustedes se coman el cuento de que Dios se me apareció, mientras yo leía a Tolstói y sorbía un jugo de papaya. Si no me creen, cerrarán este libro y chao, porque nada más feo que leer mentiras. ¿Pero cómo convencerlos de que mi encuentro con Dios fue real? Y esta pregunta no alcanza a ser retórica, ni ontológica; es apenas dolorosa porque no le encuentro respuesta.

Una aparición divina es por definición un milagro, y los milagros tienen mala acogida en este mundo escéptico. Antes era más fácil. Hace cuatro mil años era normal que Dios hablara con uno. La Biblia está plagada de apariciones en las que millones de personas creen con sorprendente naturalidad. De Adán a Isaías, hay una larga lista de encuentros cercanos del tercer tipo con Dios. Abraham, Jacob, Moisés, David, Salomón, todos lo vieron y conversaron con Él o con sus ángeles. Hasta Jonás, que era un cobarde, y Job, que era un estúpido, y Sara, que era una mujer, tuvieron su oportunidad. Pero eso era antes, repito. Antes de la luz eléctrica y de los teléfonos celulares y de internet y de la vulgarización de lo maravilloso. Ahora Dios no se muestra con la frecuencia de antes. No quiere que le graben un video y lo cuelguen en YouTube, para confusión tanto del Vaticano como de los ateos, porque les voy adelantando que Él no es como lo pintan. O, al menos, no lo era.

En fin. Nuestro Amo no daba la cara hace rato. Las apariciones más recientes habían mostrado a su Madre, la Santísima Virgen, que en 1981 estuvo en Medjugorje, un pueblo perdido de la difunta Yugoslavia, donde recomendó a los serbios rezar el rosario antes y después de violar musulmanas. Un milagro en pleno siglo xx, casi empezando el xxi. Pero al mismo tiempo, un milagro insuficiente. No quiero sonar machista pero un milagro con Virgen a bordo es algo menor; una cosa es la Virgen y otra muy distinta su Hijo, o su Padre, o su Esposo, según con cuál de las personas de la Trinidad estemos tratando. Dios es cosa seria. Mejor dicho, no hay cosa más seria, estamos hablando de una dosis para adultos. Y mi encuentro fue con Dios, Trino y Único, Omnipotente y Supremo. Lo juro por mi hija, ser encantador y peligroso que conocerán pronto, si son pacientes y siguen leyendo estas páginas donde trato de convencerlos de que Dios me habló y me propuso un negocio.

Lo primero que sentí fue su olor, un olor a palo santo que me sacó del San Petersburgo de 1860 y me transportó a la Bogotá de 2002, a la sala de la sede de Alcohólicos Anónimos, donde leía a Tolstói. Levanté la vista del libro y olfateé. Era un aroma extraño, que se asentaba cada vez más intensamente en la sala, tomando posesión de los muebles manchados, del tapete roto, de los cuadros desvaídos que pretendían decorar las paredes y solo lograban hacer evidente la tristeza de un espacio donde nadie había sido feliz. Pero con el olor todo cambiaba, los muebles empezaron a verse más limpios, el tapete se curó de sus remiendos y los cuadros vivieron con un toque de gracia que resultó un alivio. Pensé que Gladys, la secretaria del doctor Franco, había encendido una varita de incienso en la recepción y me asombré de que lograra tanto con tan poco. Las cosas tienen el color al que huelen, como descubrió Proust hace un siglo. Suspiré agradecido con Gladys y traté de volver a la lectura. Pero no pude.

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