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Un crítico en defensa de los críticos realmente críticos

Opinar de manera descarnada sobre el trabajo ajeno nunca ha sido una actividad muy bien recibida. Pero es indispensable, no solo si queremos una mejor literatura sino (sobre todo) un mundo menos complaciente. 

Un crítico
Ilustrador
Bea Crespo
Traductor
Juan Gabriel Vásquez
Edición N° 134

N° 134

Septiembre de 2012[ ver índice ]

En la primavera de 1983, la revista Esquire convocó a lo que ellos llamaron “simposio de venganza”. Los editores pidieron a un grupo de escritores conocidos que “se despacharan sin complejos” contra sus más duros y detestables críticos. Los resultados fueron espectaculares.

Jim Harrison llamó a sus detractores “petimetres vestidos de tweed” y “artistas de pasabocas”. Roy Blount Jr. declaró acerca de Larry McMurtry, quien había destrozado uno de sus libros: “He oído que el tipo es absurda, atrozmente bajito. Sobre todo cuando lleva sombrero de vaquero”. Erica Jong recordó que Paul Theroux, al reseñar su novela Miedo a volar, se refirió a ella con las palabras “coño de mamut”. (La verdad es que se refería al personaje principal de la novela.) Jong replicó: “Puesto que el señor Theroux no tiene conocimiento alguno del órgano en cuestión, no puedo evitar preguntarme si ciertas angustias sobre su propia anatomía estarán en la raíz (es un decir) de su reseña”.

Ser criticado duele, y devolver el disparo –a veces literalmente– causa regocijo. El novelista Richard Ford, tras una reseña displicente de Alice Hoffman en The New York Times Book Review, en 1986, la emprendió a balazos contra una de las novelas de la reseñista y le mandó por correo el mutilado objeto. “Mi esposa disparó primero”, parece que dijo. Años después escupió en público al novelista Colson Whitehead, que había reseñado duramente otro de sus libros. Whitehead comentó después: “No es la primera vez que una gallina vieja se me babea encima, y probablemente no será la última”.

Ford es de la vieja escuela. La mayoría de nosotros, al enfrentarnos a palabras dolorosas, no recurrimos ni a la pistola ni al gargajo, a pesar de que mucho nos gustaría. Lo que hacemos, en cambio, es sufrir en silencio. Tratamos de mantenernos tan animados como el novelista Kingsley Amis, quien comentó que una mala reseña podía arruinar el desayuno, pero que no debería arruinar el almuerzo. Probablemente ayudaba el hecho de que Amis bebía alcohol con el almuerzo.

Hay mucho que aprender de la reacción de los escritores a las opiniones descarnadas. Sobre todo, no hay que seguir el ejemplo de May Sarton. Cuando la misma publicación destrozó una de sus novelas a finales de los años setenta, Sarton básicamente se acostó en posición fetal y permaneció así ovillada durante meses. Después detalló la experiencia en un pésimo libro titulado Recovering: A Journal (1980).

“Me sentí”, escribió Sarton, “como un ciervo cazado”. Paul Fussell, historiador y crítico, se lanzó sobre el comentario. “El ciervo”, le recordó a Sarton, “no emerge de la privacidad y el silencio del bosque para menear la cornamenta, provocar a los cazadores e invitarlos a probar puntería”.

Soy crítico profesional: alguien que cobra, semana tras semana, por probar su puntería. Es un trabajo que le va bien a mi temperamento. Me gusta la gente –los artistas y también los civiles– que no es grosera ni censuradora, pero que tampoco es timorata. Desde la niñez he detestado la cultura norteamericana del “siéntase bien”, del “todos caminemos en puntillas”. Lo que pido es un poco de franqueza. Lo que pido es un poco de humor. Lo que pido es un poco de realidad. Sobre todo, pido debate.

Mis padres son gente adorable, religiosa, de buenos modales, y me educaron para que me quedara callado cuando no tuviera nada que decir. Pero secretamente yo deseaba ser el hijo febril de una pareja como Richard Burton y Elizabeth Taylor en ¿Quién le teme a Virginia Woolf?, la obra de Edward Albee: un chico que crece como la hierba entre sofás empapados de ginebra. Quería dramas incipientes. Quería estar donde volaran las palabras y las copas de coctel.

El trabajo como crítico le enseña a uno a esquivar las palabras y los trozos de vidrio de las copas. He desarrollado una piel bastante gruesa. Los críticos sufren ataques, especialmente en nuestra cultura. La observación de Jean Sibelius –“A ningún crítico se le ha erigido nunca una estatua”– se cita alrededor de una vez por semana. Entre las citas famosas, esta me parece especialmente banal. Implica un aspecto descorazonador de nuestra cultura.

Los mejores trabajos de Alfred Kazin, George Orwell, Lionel Trilling, Pauline Kael y Dwight Macdonald (para nombrar solo unos pocos de los críticos más perspicaces del siglo pasado) son más valiosos –y más estimulantes– que cualquier novela, excepto las de primerísimo nivel. Que no haya un Alfred Kazin en Brooklyn casi basta para que un letraherido quiera mudarse a Oxford, Inglaterra. O al menos a Oxford, Mississippi.

En una entrevista del año 2000 en The Harvard Advocate, Dave Eggers profirió un alegato, quejumbroso y memorable, contra los críticos. Lo siguiente es una parte de lo que dijo:

No sean críticos, se los ruego. Yo fui crítico una vez, y me gustaría retractarme de todo lo que dije, porque lo que dije venía de un lugar ignorante y hediondo, y fue dicho con una voz que era toda rabia y envidia. No desechen un libro ajeno hasta que hayan escrito uno propio, y no desechen una película ajena hasta que hayan hecho una propia, y no desechen a una persona hasta que la hayan conocido. Ser de mente abierta y generoso y comprensivo e indulgente y tolerante es un trabajo duro, pero por Dios, eso es lo que importa. Lo que importa es decir que sí.

Soy un tremendo admirador de Eggers (quizás deba decir que hace varios años colaboró con una introducción para un breve libro mío), y parte de mí adora este discurso. Es emocionante. Parece salido de una versión del final de Rudy, pero escenificada en una librería independiente. Lo puedo imaginar impreso en una camiseta.
 

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