Un amigo de esos que son escritores latinoamericanos me dice que está gordo y que los lectores (léase las mujeres) esperan de él algún parecido con su foto de solapa, entonces cuando se lo encuentran se desilusionan un poco. Se va desfasando de sus retratos, envejece, cambia. La tragedia de todos. Aunque quizá a los escritores es a quienes les debería resultar menos trágico volverse viejos. Un autor joven tiene la misma edad que un futbolista ya retirado. Y con el paso del tiempo se acumula experiencia para escribir, se pulen los barroquismos bochornosos de la juventud, se mejora bastante. El cuerpo, en la carrera de un escritor, sirve solo para posar de vez en cuando en las fotos de prensa.
Habría que hacer un estudio de las fotos de solapa. Personalmente prefiero los libros sin foto, sin la intervención de la tiranía del rostro, como dice Baudelaire. No me gusta que el autor me mire desde la solapa y menos que aceche desde la contratapa y mucho menos que se instale ineludible entre las letras de la tapa misma. No me gustan las caras, no me parece que digan tanto acerca de la gente. La cara suele ser un mensaje equívoco.
Pero en el caso de que el autor no se pueda negar a la foto, hay alternativas. Fabián Casas en su libro de poesía reunida puso un retrato dibujado y me parece un acierto, una atenuación del yo, una manera de mostrarse ya caricaturizado, transformado por los demás. En caso de no poder evitar la foto, hay poses diversas que se pueden adoptar. La editorial Entropía tiene una política interesante de sacar a los autores de su sello una foto leyendo. Con eso también se evita la mirada a cámara y se captura un momento de intimidad, aunque sea fingida.
Ahora que lo pienso las fotos que más me gustan de los escritores son esas en que no miran a cámara, sino que están haciendo otra cosa. Hay una foto de Fogwill en sus solapas de Interzona donde está con los brazos en la nuca, conversando con alguien fuera de cuadro. Es una buena foto, que no molesta. Fogwill debe haber sido el único escritor que pudo salir en la tapa de su propio libro y que eso funcionara como parte del texto, es decir, que sumara sin restar. En la tapa de Música japonesa, publicado en 1982, hay un Fogwill bigotudo con rulos poniendo cara de loco desorbitado. La imagen está intervenida por llamas rojas y azules y el conjunto funciona como una entrada a tono con algunos de sus mejores cuentos, como “Los pasajeros del tren de la noche” y “Japonés”. Además el gesto de poner su propia cara en la tapa de su segundo libro de narrativa es algo que sin duda lo define.
Uno de los trece consejos de Chuck Palahniuk para escritores dice: “Sacate fotos de solapa ahora que sos joven. Y quedate con los negativos y el copyright”. Un consejo que parece proponer que un retrato no tiene por qué ser fiel al presente del autor. Silvina Ocampo, con una idea similar, no aceptaba ser retratada cuando ya estaba mayor, y si le pedían una foto para acompañar alguno de sus textos enviaba fotos de cuando tenía veinte.
Miro mis fotos en solapas y contratapas y no me reconozco, no me las creo. Mi sonrisa dudosa y lampiña, mi cara teen de fines de los noventa, mi etapa Legacy mirando de golpe de tres cuartos perfil en una plaza, mi etapa saquito tweed con Buenos Aires de fondo, mi etapa remera gris tratando de parecer un escritor moderno con la mano en el mentón, mi etapa Supertramp-guevarista de barbita rala y pelo largo... Qué gran papelón todo. Y las fotos horrendas que vendrán, tratando de meter la papada, pero ¿con qué fondo?, ¿con qué atuendos futuros, absurdos, normalizados por la insistencia del presente?
Quién sabe cuándo habrá empezado el asunto de las fotos del autor en los libros. Debe ser de los ochenta para acá, un poco porque antes no había buena tecnología para imprimir fotos en las tapas y otro poco porque no se acostumbraba. Pero hay algo que viene de antes, en lo que se llamaba el retrato de artista. Cortázar tiene un poco la culpa. Esa foto que le sacó Sara Facio, en un puente parisino, con el impermeable y el pucho apagado en la boca. Ahí quizá se empezó a esperar de los autores que sean fotogénicos. El cigarrillo, ahora algo demodé, es una ventaja en la fotos, porque da un aire de que estás fumando y vienen a vos a retratarte, lo que borra la verdad subyacente, es decir, que estás posando sin naturalidad y no sabés qué hacer con las manos.
Quizá la mejor foto de solapa que vi es la de Alejandro Zambra en su última novela, Formas de volver a casa. Ahí se lo ve con la cara oculta por una gran taza de café.
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