Recientemente estuve viviendo en uno de nuestros países vecinos durante un tiempo, lo que me obligó a frecuentar como nunca antes la página web de la revista. Me considero un buen lector suyo (lo que no implica, por supuesto, estar de acuerdo con todo lo que publican) desde los tiempos en que la voz de Diego León Hoyos anunciaba la inminente llegada de El Malpensante en la radio cultural y todavía recuerdo cuando a finales de 1996, en la Lerner del centro, pagué expectante los 4.900 pesos que me pusieron a la hermosa Tara Shannon, desnuda pero tan vestida, entre las manos (ahora que hasta los recibos del agua publican “escandalosos” desnudos) y me obsequiaron la lectura de ese cuento negrísimo de Rubem Fonseca. Cuánto extrañé mi colección de malpensantes estando lejos. No voy a ser precisamente yo quien dirima la cuestión entre papeles y pantallas, pero algunas cosas sí se me vienen a la cabeza:
Primero. En la web termina uno de leer más rápido, incluso si el artículo consta de varias páginas, ¿pero quién dijo que eso era mejor? A algunos lo que nos gusta es picotear aquí y allá, comenzar un texto por sus líneas finales, saltar la página, volver a empezar... ¿punto para el papel?
Segundo. La web es una excelente herramienta si, por ejemplo, necesita uno saber en qué edición se publicó “Roby Nelson” de Bernardo Arias Trujillo o dónde está ese artículo de Volpi sobre Bolaño. Cuestión de un clic y unos cuantos segundos. Esa precisión de archivista suizo, sin embargo, lo “salva” a uno de ponerse a encontrar lo que no está buscando y leer cosas que se le pasaron en su momento, o de releer lo ya olvidado, como sucede casi siempre cuando se busca algo en las revistas en papel. Los jueces dirán para quién va el punto.
Tercero. En la web no se establece de manera tan directa e instantánea ese diálogo lleno de sentidos entre los textos y las imágenes que los acompañan, uno de los sellos de la revista. Hay que pulsar las fotografías e ilustraciones, esperar que se amplíen... y algo de belleza se sacrifica en el proceso. Punto para el papel.
Cuarto. Si estás putamente lejos de casa, con tu colección de revistas en algún cuarto oscuro, entre cajas de cartón a miles de kilómetros: ¡punto para la web!
En fin, ¿quién dijo que tenía que haber un ganador? Total, el boxeo no es que me guste demasiado.
—Enrique Trujillo Gamboa
Posdata: en la edición 131 se les deslizó, me temo, una errata del tamaño de un gato en el artículo de José Carlos Llop sobre Carlos Fuentes. Hablando de novelas del Boom, el autor menciona Paradiso, Rayuela, Cien años de soledad, Conversación en La Catedral y La Habana para un infante difunto. Según Llop, “todas ellas, salvo Cien años, son novelas publicadas en la década de los setenta”... Un momento, ¿Rayuela no es del 63, lo que posibilita que García Márquez le haga un guiño, justamente en Cien años, al mencionar la habitación donde murió Rocamadour? ¿Paradiso no es del 66? ¿Conversación en La Catedral no es del 69? Para volver a citar el artículo, “esto, que parece una perogrullada, no lo es”. Un abrazo grande.
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