En momentos de crisis, la cultura suele ser una de las primeras damnificadas. Un dramático recorte presupuestal en Portugal y el cierre de varios centros culturales tienen implicaciones que van más allá de los económico y lo artístico.
La cultura es la nueva víctima silenciosa de la aguda crisis económica. El pasado 25 de septiembre, el gobierno portugués anunció el cierre definitivo de 38 fundaciones sociales y culturales, y una reducción del 100% en la financiación de otras catorce (¿será que al ministro encargado del drástico recorte presupuestal le dio vergüenza ser directamente responsable del cierre de estas últimas?). También en España, solo en los últimos tres años, los fondos públicos destinados a organizaciones culturales se han reducido en un 70%. A pesar de algunas declaraciones anteriores del ministro José María Lassalle, quien había insistido en que la cultura no es “ni un lujo, ni un capricho”, el nuevo presupuesto del gobierno de Rajoy no perdonó ni al emblemático Museo del Prado, ni al Instituto de la Cinematografía; ni siquiera a la Red de Bibliotecas Públicas, que se quedó sin fondos para comprar libros en 2013.
La estrategia es comprensible. Después de todo, ¿quién necesita espectáculos cuando no tenemos el pan de cada día? Decir esto implica, sin embargo, afirmar que la cultura no es más que entretenimiento, un artículo lujoso, y por tanto superfluo, del cual se puede prescindir en tiempos de crisis. Esta suposición es profundamente errada incluso si la ponemos en los términos implacables del mercado. La producción cultural podría ser un nicho fundamental para las exportaciones europeas, pues es una de esas “industrias” excepcionales que durante la década pasada demostraron tener un crecimiento constante a largo plazo.
Y ese no es todo el problema. Lo que está en juego con la producción cultural es la fuente de la imaginación colectiva, donde se albergan los recursos necesarios para encontrar soluciones creativas a problemas en teoría completamente desligados de las obras de arte. A pesar de que la estrechez del pensamiento económico es la responsable de la recesión actual, los intentos por sobreponerse a la crisis se orquestan con la misma miopía. ¡Un gran círculo vicioso! No es de extrañar que el déficit presupuestal siga en aumento a pesar de todos los recortes que han socavado la confianza del consumidor y el bienestar de todas las personas sujetas a las medidas de austeridad.
La fundación de más alto perfil condenada a la desaparición en Portugal es Casa das Histórias [Casa de las Historias], un museo de Paula Rego, artista de fama mundial que reside en Londres desde 1976. Como resultado de su clausura, más de quinientas obras donadas por Rego a la fundación serían guardadas en la Alcaldía de Cascais, un balneario en las cercanías de Lisboa, donde se encuentra el museo actualmente.
La decisión de suspender las operaciones de Casa das Histórias es un síntoma contundente de la incompetencia del gobierno para lidiar con la crisis. La fundación ha tenido un éxito excepcional: más de 300.000 visitantes cruzaron sus puertas en los primeros dieciséis meses tras su apertura en septiembre de 2009. Para el ex alcalde de Cascais, António Capucho, la decisión, que calificó de “salvaje”, solo se puede explicar como un “error de cálculo”, el resultado de un proceso de evaluación mal hecho. Sin embargo, como mostró el anuncio del 25 de septiembre, la equivocación nunca se corrigió.
En su trabajo, Rego explora los fundamentos inconscientes y bestiales de la humanidad. Al despojar de su condición ideal a las mujeres y los niños, entre otros, enfrenta a los espectadores a todo lo que el ser humano tiende a reprimir en su vida cotidiana. Junto a Casa das Histórias, perdemos una pequeña parte de nosotros mismos y desperdiciamos una oportunidad excepcional de autoconocimiento y reflexión. La austeridad, alérgica al arte, la cultura y la imaginación, revela su horrible y brutal rostro en una reacción que también es adversa al pensamiento crítico, y a la capacidad de reconocer y corregir los errores del pasado. Lo trágico es que, para cuando terminen de implementarse los “ajustes presupuestales”, no habrá nadie que la obligue a mirarse en el espejo.
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