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Breviario

Agustín Lara en blanco y negro

 Un íntimo perfil del compositor mexicano.

Agustín Lara
Edición N° 135

N° 135

Octubre de 2012[ ver índice ]

La irrupción arrebatada de una banda sonora avisa que comienza el relato prometido en el título. La banda incluye boleros, por siempre vivos, en el pecho de cuantos nos reconocemos sentimentales hasta el libertinaje. Digamos “Piensa en mí”. Digamos “Arráncame la vida”. Digamos “Solamente una vez”.

En la banda sonora se escucha una selección arbitraria entre las 408 canciones que, según el pleiteado rumor, compuso Agustín Lara, nombre imposible de soslayar en la historia de la música del siglo XX.

Si dicha música la ascienden a culta o la descienden a popular, “no tiene la menor importancia”, cual sentenciaba Arturo de Córdova en cada nuevo peliculón que confirmaba su vena de regio actor melodramático. Comoquiera, la música de Agustín Lara recala en la grandeza, sea por la melodía, sea por la letra, sea por el sabor que le agrega el giro cursi: un toque de cursilería supone al bolero lo que el limón a la cubalibre.

Mimado con guantes de seda por la caprichosa inspiración, a Lara lo rebautizan el Flaco de Oro tras el precoz acopio de gloria y fama y fortuna. La susodicha trinidad de atributos, más el simpático rebautizo, le garantiza la consumación de pasiones eróticas de alto vuelo e inmensa resonancia mediática: dado que María Félix encabeza la nómina, añadir otras conquistas supondría blasfemia. Por otro lado, conjeturo que la trinidad debió obligarlo a matricularse en una introducción a la calistenia genital, para mejor frecuentar las pasioncillas de escaso vuelo y ninguna resonancia mediática; pasioncillas que lo llevaron a filosofar: “Cada noche un amor, distinto amanecer, diferente visión”.

No soy bolerólogo. Para serlo me falta la sensibilidad de los grandes poetas que descifran boleros: el mexicano José Emilio Pacheco, el colombiano Darío Jaramillo Agudelo, el puertorriqueño José Luis Vega. Además, carezco de la sapiencia de musicólogos magistrales como el cubano Cristóbal Díaz Ayala, el puertorriqueño Irvin García, el colombiano Jaime Rico Salazar, el cubano Sigfredo Ariel. Tampoco soy historiador de las cuitas amorosas que hallan la fuerza motriz en el bolero, por el estilo enjundioso de una Iris Zavala, un Óscar Collazos, un Carlos Monsiváis.

Soy, llana y sencillamente, bolerómano. Y lo soy por la herencia, el contagio y el vicio en que se me convirtió el cine mexicano.

¿La herencia? Mi madre cantaba boleros como contrapunto redentor a las faenas domésticas. El cocinar y el fregar, el lavar y el planchar, el restregar la casa con cepillo y jabón Camisa Negra, eran faenas que enmarcaba su canturreo puntual de boleros idílicos.

¿El contagio? Juntamente, aprendí a tararear boleros y a gatear. Mi país reconocía como dioses tutelares a Toña la Negra y Daniel Santos, María Luisa Landín y Pedro Vargas. Sobre todo a Bobby Capó, cantautor que refigura al varón como perro capaz de esconder los colmillos, si esconderlos conviene a su falsía. En “Qué falta tú me haces” el perro falsario transige: “Yo espero que tú vuelvas, no pongo condición”. En “Juguete” el perro falsario reniega del machismo antediluviano: “No me interesa tu historia, / ni el futuro incierto si contigo es. / Yo quiero ser un juguete / si es de tu querer”.

¿El cine mexicano? Me envició cuando reinaba en la pantalla grande. El bolero sugirió infinidad de tramas a aquel cine nacional que, sin querer queriendo, narró los llantos y las risas de la América descalza, la América amarga, la América en español.

Por no ser bolerólogo, musicólogo o historiador de las cuitas amorosas, se me imposibilita jerarquizar las composiciones del Flaco de Oro, desde la controvertible perspectiva de la superioridad. ¿Supera el brío amatorio de “Mujer” al brío amatorio de “Palabras de mujer”? ¿Cómo demonios saber si enamora más el veneno que fascina, oculto en la mirada, o las palabras sollozantes dichas por ella y escuchadas por él, muy quedo?

Igual respondería si se me pidiera jerarquizar las canciones de Rafael Hernández. ¿Quién osará afirmar que el diseño del bolero “Desvelo de amor” supera al diseño del bolero “Ya no me quieras tanto”? Hasta los oídos menos sensibles reparan en la exquisitez de ambos, a pesar de uno festejar el amor infinito y el otro renegar del amor incordio. “Desvelo de amor” recuenta un amor que se afinca en la piel del alma. “Ya no me quieras tanto” recuenta la mala vibra del amor hastioso.
 

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