elmalpensante.com - Lecturas paradójicas

Entrevistas

El poema llega solo

 X-504 acaba de cumplir ochenta años. La frase puede sonar críptica para quienes no sepan que se trata de un seudónimo. Esta conversación revela a Jaime Jaramillo Escobar, una fuente esencial para escarbar en los secretos del nadaísmo, el nudismo, la poesía y otros placeres no siempre literarios.

Jaime Jaramillo Escobar
Fotógrafo
Juan Fernando Ospina
Edición N° 135

N° 135

Octubre de 2012[ ver índice ]

Medios

Imágenes

  • Jaime Jaramillo Escobar
  • Jaime Jaramillo Escobar
  • Jaime Jaramillo Escobar
  • Jaime Jaramillo Escobar
  • Jaime Jaramillo Escobar
  • Jaime Jaramillo Escobar
  • Jaime Jaramillo Escobar

En su infancia en Altamira leyó una biblia a escondidas, un tomo de Barba-Jacob, varios de psiquiatría e hipnotismo. Luego, en el suroeste antioqueño, fue editor de un periódico escolar, secretario de inspección en Bolombolo, alcalde de Anzá, a orillas del río Cauca. Trabajó con computadores en Cali y Medellín, cuando estos eran mamuts ruidosos que devoraban cartulinas perforadas. En Bogotá y Barranquilla fue un discreto publicista cuyos eslóganes le ayudaron a escribir su primer libro, Los poemas de la ofensa, con el cual ganó en 1967 el Premio Cassius Clay de Poesía Nadaísta. Era también la primera vez que firmaba bajo el seudónimo X-504, una suerte de santo y seña de su curiosa personalidad.

Jaime Jaramillo Escobar, quien fuera andariego en su niñez y juventud, hoy realiza largas travesías por las carreteras amazónicas con la velocidad prodigiosa de Google Earth, y sin embargo tales recorridos duran tanto como si las hiciera en una flota de tercera, porque se detiene a reparar en cada árbol del camino.

Sus otros viajes, los literarios, los comparte con sus pupilos del Taller de Poesía desde hace casi tres décadas y con el grupo de amigos que todos los lunes se reúne para leer en voz alta los doce tomos de la Historia de la humanidad patrocinada por la Unesco. Mientras sus escritos se traducen al chino, al inglés y al portugués, nuevas obras que han rondado su cabeza durante años acaban de publicarse, como las Cartas a Geraldino Brasil, o se disponen a ver la luz por estos días.

Para contrariar su consabida voluntad de anonimato, irrumpe a medianoche en un bar, en una velada de teatro patafísico o en un centro nudista de Medellín y comienza a leer sus poemas en medio de una concurrencia que a menudo le pide versos como si de un cantante de plaza se tratara.

Desde recién nacido le gusta estar en pelota y así es como ha escrito buena parte de sus versos. A pesar de confundirse con un ciudadano común en las colas para pagar el impuesto predial, le han sucedido hechos bastante raros, ha sufrido de presagios que se han cumplido. Una médium venida de la China también le reveló que iba a ser terco toda la vida. Desde entonces se ha vuelto más afecto al misterio que a la magia. Duerme poco y no entiende qué cosa es una siesta. No tiene mascotas. Le preocupan los ladrones de casas y de libros.

Pienso en eso al momento de entrar a su casa a entrevistarlo y también recuerdo uno de los Poemas de tierra caliente, que reza: “Si yo estoy en tu casa, no podré decirte nada que te hiera, así sea levemente, porque estoy acogido en tu casa y sería casi un delito de mi parte”. Pero esta vez se ha fijado el pacto a la manera de los pregoneros de feria que el poeta tanto admira y parodia. Ellos suelen gritar a boca de jarro: “Pregunte por lo que no vea”.

La edad primera

Usted pasó su infancia entre una aldea y otra, en trashumancia. ¿Cuáles fueron las razones?
Durante la década de los cuarenta la vida en Colombia era muy difícil, especialmente en los pueblos, que estaban muy aislados en aquella época. A veces una familia tenía que irse a otro pueblo para ver si por allá les iba mejor; entonces negociaban el cambio de una casa por otra. En Altamira, el pueblo donde me crié, no había colegios y tuve que irme a estudiar muy lejos, a un internado en Andes. Solo iba a mi casa cada seis meses, en un viaje que podía tardar uno o dos días, según el estado del tiempo: primero iba en carro, luego en tren y después a caballo. Unos años más tarde nos tocó irnos de Altamira por la violencia, mucho antes de la que ahora llaman “primera violencia”. Asaltaron el pueblo, llegaron a la casa de mis padres y le prendieron candela, pero en ese momento se largó un aguacero y se alcanzó a quemar un pedacito apenas. Mi papá era maestro de escuela, no se metía para nada en política, era un señor muy serio, muy callado, muy solo con su familia, y sin embargo llegaron a quemarle la casa.

Nací en el 32, cuando ya la Guerra de los Mil Días hacía tiempo había pasado. Pero la guerra deja odios que tardan mucho tiempo en desaparecer. Aún hoy quedan odios que surgieron en esa época de la primera violencia o cuando se construyó el Canal de Panamá... Hay odios religiosos que son todavía más viejos.

Ver Comentarios[ Clic para desplegar ]

Para poder comentar, debe ingresar a su cuenta o registrarse aquí

Edición actual Nº 139

edicion 139