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Reseñas

Carlos Prieto: 5.000 años de lenguaje y una vida de música

Edición N° 79

N° 79

Junio - Julio de 2007[ ver índice ]

Invitado Festival Malpensante 2009

 

Cinco mil años de palabras
Carlos Prieto
FCE
México, 2006.
 
 
Nota: lo que sigue no es, en el sentido estricto, una reseña. Para empezar, no fue pedida por la redacción de El Malpensante, sino que se escribió para la presentación del libro durante la pasada feria del libro de Bogotá. Sin embargo, decidimos incluirla aquí dado el interés que tienen tanto el libro como el propio texto.
 
 
En una época de especialización obsesiva, en que la búsqueda de la perfección exige concentrar todos los esfuerzos en el desarrollo de una sola actividad, es una sorpresa agradable tropezar con esos extraños personajes capaces de moverse con fluidez en diferentes disciplinas. Figuras como Cocteau, Tagore o Kundera, que han sido grandes creadores literarios y excelentes músicos, o historiadores y filósofos, que son compositores o buenos intérpretes, como Eric Hobsbawm o Theodor Adorno, son por lo menos descrestadoras, para usar un término que no sé si es usual en el español mexicano, pero aparece usado en Colombia hace más de 100 años.
 
Por eso, quiero comenzar esta presentación recordando mi sorpresa al enterarme de que Carlos Prieto, el excelente violonchelista mexicano al que conocía por sus presentaciones en la Biblioteca Luis Ángel Arango y por haber grabado, fuera del repertorio clásico del instrumento, una obra de la colombiana Claudia Calderón, no sólo era un notable músico y escritor, sino un matemático de nota. La editorial me mandó, junto con Las aventuras de un violonchelo y Cinco mil años de palabras, el libro de historia de las lenguas que hoy comentamos, dos volúmenes de matemáticas, entre ellos un avanzado estudio de topología. Leí con mucho placer Las aventuras de un violonchelo, que entrelaza con ingenio la vida del autor con la historia de su maravilloso Stradivarius y con las aventuras de su música, y me enteré de los estudios de ingeniería y de otras actividades insólitas de Prieto. Seguí después con el libro de topología, y tras varias horas de intentar entender sin mayor éxito los argumentos y ecuaciones, me entraron las dudas: esto era demasiado para un solo ser humano. Para mi tranquilidad, logré descubrir que se trataba de una inocente confusión lingüística y que el topólogo era un homónimo de nuestro personaje, que es, eso sí, experto en juegos de palabras, homofonías y homonimias.
 
Cinco mil años de palabras es un libro que, con la intención en apariencia inocente de relatarnos la historia del lenguaje humano durante los últimos milenios, nos introduce en un mundo inquietante. En efecto, el autor se plantea de entrada algunos grandes enigmas de la historia del habla y de la escritura, y su relación con los principales procesos de la historia humana. La expansión del Homo sapiens a partir de una pequeña banda de hombres africanos hasta ocupar todos los continentes, que se realizó en menos de cien mil años, se relaciona sin duda con las posibilidades que dio a esta especie el habla y que permitieron acumular las experiencias del pasado con una velocidad y una eficacia que la evolución natural, cuyos tiempos se miden en millones de años, no podía tener.
 
Pero los cinco mil años del título tienen que ver ante todo con el horizonte conocible de las lenguas. En efecto, sólo pueden conocerse con alguna certeza los idiomas antiguos a partir del momento en que aparece la escritura y, en especial, desde que se inventa una escritura basada en los sonidos de la voz humana. Por supuesto, las especulaciones y análisis comparativos permiten ir algo más allá e inventar un hipotético indoeuropeo, por ejemplo, antecedente de los idiomas derivados de él que conocemos, como los celtas y latinos, los germánicos, los eslavos o los indoarios. Quizás nuevas metodologías, apoyadas en la inmensa capacidad comparativa de los computadores y respaldadas por mapas genéticos más precisos, permitirán eventualmente ir un poco más allá y encontrar algunos puntos comunes entre el indoeuropeo y otros idiomas de hace diez o quince mil años, aunque casi con seguridad nunca se podrá decir nada sólido sobre ese momento hipotético en que los hombres africanos, al aislarse, subieron a la Torre de Babel y fueron diferenciando sus idiomas y perdiendo capacidad para entenderse entre sí.
 
En todo caso, al separarse los grupos humanos, a lo largo de decenas de miles de años surgieron nuevos y nuevos idiomas. Carlos Prieto, que dedica capítulos paralelos al desarrollo de las lenguas semitas, del inglés y de las lenguas americanas, trata con gran detalle la historia de la fragmentación del latín y la de las lenguas romances. Éste es un excelente ejemplo, mejor documentado que otro, que hizo que el latín, la lengua común del Imperio romano, se fragmentara en los siglos anteriores al año mil, y que aparecieran el español, el francés, el italiano, el portugués, el rumano, el catalán, el judeo-español o sefardita, el occitano, el sardo, el retofruliano y el dálmata. Que todos estos idiomas latinos se hablen, con excepción del dálmata, es algo que no sabía y estoy seguro de que casi nadie sabe.
 
Estos capítulos sobre las lenguas romances son de gran riqueza y de lectura muy entretenida, pues Prieto desarrolla su tema acompañando los motivos o argumentos principales con toda clase de variaciones y adornos. En el capítulo sobre el español, por ejemplo, podemos oír las palabras árabes incorporadas al español, leer los primeros textos que han sobrevivido del español, del francés o del italiano primitivos, leer también el Padrenuestro en todos los diez idiomas latinos, ver la evolución de la pronunciación de nuestro idioma, seguir el proceso que llevó al surgimiento del pronombre “Usted”, a partir de “Vuestra Merced”, o la aparición del voseo, forma de trato coloquial que domina hoy en sitios como Argentina, donde ya ha adquirido plena normalidad (los avisos públicos dicen cosas como “no olvidés amarrarte el cinturón, pagá tus impuestos”), o en nuestra Antioquia, donde todavía no sale del registro coloquial: todo el mundo lo usa pero raras veces se escribe.

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