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Columnas

Las fronteras del oficio


Masajistas, manicuristas, esteticistas... ¿Hasta dónde llega el ciudado del cuerpo y dónde comienza a desdibujarse el trabajo de estas personas? 

Edición N° 136

N° 136

Noviembre de 2012[ ver índice ]

Laura conoce a Lulú en Madrid. Ambas están de vacaciones y al quedar en mesas adyacentes en un restaurante se ponen a conversar y a tomar vino, mucho vino. Lulú cuenta que vive en Austria y hace “masajes con final feliz”. Es caleña y, tras ser violada por un tío siendo muy joven, pasó por la guerrilla, comenzó a vender basuco y todo lo que pudo encontrar. Tenía totalmente clara una cosa: “No voy a ser manteca”. Cuando le contaron que en Aruba se podía hacer mucha plata se marchó dejando marido e hijo para conseguirse un viejo rico que la mantuvo por dos años. “Lo engatusé. Es mejor ser amante amada que esposa engañada”. Viajó luego a Madrid, se llevó al marido pero no se lo aguantaba. Convencida de que “uno no puede dejar que la comida le dañe la dormida”, fue calibrando el país y el tipo de negocio que mejor le convenía. Hoy tiene un local con varios cuartos administrado por su hijo. Cuando Laura le pregunta dónde aprendió a hacer masajes, le responde sonriendo que con saberse el final feliz “lo del masaje a nadie le importa”.

Maggie es una viuda cincuentona que vive en Londres y busca desesperadamente cómo financiar el tratamiento médico que requiere su nieto. Luego de varios intentos frustrados por conseguir trabajo, lee en un sex shop un aviso: “Hostess required”. Creyendo que se trata de servir trago a los clientes, pide el empleo. Micky, el propietario, le recuerda que “hostess” es un eufemismo para prostituta y también le hace caer en cuenta de que sus manos, tan suaves como el terciopelo, no las tienen muchas mujeres. “¿Usted sabe masturbar? Podría ganar unas 600 libras a la semana”. Maggie rechaza inicialmente la oferta pero sin más alternativas vuelve a los pocos días. La infraestructura para el servicio es simple: un orificio a 80 centímetros del suelo –el glory hole de la jerga gay– en una pared que separa al cliente de la cabina donde la hostess atiende de manera totalmente anónima. Maggie recibe las breves instrucciones de una colega asiática mucho más joven. “Hay que tener agarre. Este que sigue ya está listo; tiene circuncisión y hay que apretar más fuerte. El ritmo es importante. Al principio lo haces suavemente y luego aceleras. Entre más duro se pone, más rápido. Acuérdate, tú tienes el control. ¿Viste? Es fácil”.

Como lo había pronosticado Micky, Maggie tiene éxito. Pero para consolidarse necesita un nombre artístico que la identifique: Irina Palm. Tal es el título de la impecable película de Sam Garbarski que ilustra la aseveración de Lulú: con final feliz el masaje es lo de menos. Por ese arte Irina no se preocupa.

Beatriz Preciado es filósofa feminista, reconocida especialista en teoría queer con vocación no simplemente empírica sino experimental. En Testo yonqui, libro autobiográfico que ella denomina ensayo corporal o “protocolo de intoxicación voluntaria”, resume el proceso de administración de testosterona al que se sometió por cerca de un año para lograr más empatía con los hombres. En el capítulo sobre la política del cuidado cuenta cómo paralelamente con su entrenamiento en virilidad investiga a fondo los rituales culturales de la feminidad. Experimenta con los dos extremos: la masculinización intencional y los cuidados femeninos del cuerpo. Describe su estadía en un centro de talasoterapia con V. D., su amante mujer. “Una semana inolvidable. Por primera vez en mi vida me dejo hacer un manicure... Una joven me acoge... De pronto me angustio. Mi cultura de lesbiana radical me previene contra esta forma de hedonismo... En el paroxismo de esta depresión política otra joven viene a buscarme... Casi le pregunto si el procedimiento para un manicure de mujer es el mismo que para un hombre... Me sonríe amablemente y me conduce a una habitación separada y ya soy incapaz de decir cualquier cosa... Me siento en un pequeño taburete y ella se instala al frente. Me pide que le dé mis manos. Me toca primero los dedos. Después desliza sus palmas bajo las mías hasta que roza mis puños. Toma mis manos y las levanta a la altura de sus ojos. Me siento expuesta, desnuda. Ella coloca mi mano derecha en un pequeño recipiente con crema tibia y luega lima las uñas de mi mano izquierda una por una. Saca mi mano de la crema y la coge entre las suyas. La acaricia, masajea cada dedo, sube hasta el puño y luego amasa el antebrazo con el resto de la crema. La experiencia es completamente lesbiana. Me invade una idea: ella es consciente de estar manipulando uno de mis órganos sexuales. Todas las mujeres que leen Vogue sentadas en la sala de espera saben muy bien por qué están ahí y a lo que vienen. Ahora las veo de otra manera. Son agentes enmascaradas de una brigada secreta consagrada al placer femenino. La joven mujer suelta mi mano derecha... Empieza a masajear la izquierda, entrelaza sus dedos con los míos, luego pellizca las puntas... Me hace una paja contrasexual en el brazo. ‘¿Está bien?’, me pregunta. ‘Sí, sí, muy bien’. Yo no la miro mientras me toca. Comprendo entonces lo que debe sentir un tipo cuando va a un salón de masajes y paga para que una joven lo masturbe. La diferencia es nominal: ellos llaman eso sexo y las mujeres lo llaman estética”.

Aunque la referencia a uno de los servicios estéticos más zanahorios ya es bastante reveladora, es una lástima que la Preciado no haya descrito sus sensaciones ante un masaje corporal completo. Su conclusión es que en la cultura heterosexual las mujeres de las clases favorecidas pueden pagarse servicios sensuales prestados por otras mujeres, pero “una clave del sistema heterosexual es excluir escrupulosamente la producción de placer sexual” en la oferta de tales servicios. Por el contrario, “cuando las mujeres se ocupan de los hombres, cualquier cuidado es potencialmente sexual”. Es posible, remata, que “el número de mujeres que se hacen hacer un manicure sea comparable al de hombres que van a un salón de masajes para hacerse tocar el pene”.

Lulú le deja claro a Laura que siempre está pendiente de nuevas oportunidades. Si alguna vez Irina Palm, es probable que amplíe su negocio ahorrando espacio y camillas, y eliminando cualquier vestigio de masaje corporal. Pero si le da por aventurar en la frontera de la estética femenina tendrá que hacer mayores esfuerzos para entrenar a su personal. Ya no le bastará con concentrarse en el final feliz, si es que logra ofrecerlo como parte del servicio. 

 

 

 

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