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Catalán, castellano o bilingüismo

 ¿Qué lengua debe escoger un escritor catalán? Tras la decisión de este autor pueden leerse varias décadas de historia de Catalunya, las voces en las calles de Barcelona y una compleja relación entre literatura y política.

Ilustrador
Bea Crespo
Edición N° 136

N° 136

Noviembre de 2012[ ver índice ]

Nací en 1974, en Barcelona. Mis padres, catalanes, católicos, decidieron bautizarme como Marc, uno de los cuatro evangelistas. En esa época no era un nombre habitual. Ni de lejos era el nombre que más se ponía a los recién nacidos (en un 15% de los casos, según estadísticas de 2010). Les gustaba porque era corto, sonoro y rápido de decir. Pero la alegría no duró mucho. En el registro civil les recordaron que estaban prohibidos los nombres que no fueran en lengua castellana. Ni Marc ni Mark ni Marco: me inscribieron como Marcos. No solo estos nombres estaban prohibidos, toda una lengua catalana, con más de cinco siglos de historia, de literatura, de filosofía, etc., estaba prohibida. No es tan obvio lo que significa que una lengua esté prohibida durante 35 años. Estamos acostumbrados a todo tipo de prohibiciones y leyes sobre los temas más peregrinos pero ¿prohibir hablar una determinada lengua y obligar a usar otra? No recuerdo muchos lugares donde eso haya sucedido.

En 1977 recuperé mi nombre. Mi padre, aprovechando que tenía que inscribir a mi hermana recién nacida, se plantó en el registro, rellenó los papeles correspondientes y cambió el nombre impuesto por el que tanto deseaba con mi madre: Marc Caellas Camprubí.

Mi padre, Jaime Caellas (en su caso nadie, ni siquiera él mismo, se tomó la molestia de cambiárselo por Jaume), nació en Ardèvol, una diminuta población localizada en el centro geográfico de Catalunya, en la comarca del Solsonés. Sus padres, mis abuelos, Miquel y Pilar, nacieron en el mismo lugar. Mi madre, María de las Mercedes Camprubí (tampoco nadie, por pereza, hizo la gestión de ponerle su verdadero nombre, Mercè), nació en Barcelona pero sus padres, Joan y Ramona, mis otros abuelos, nacieron en dos pueblos del Lluçanès, otra comarca central dentro del territorio catalán. Los padres de mis cuatro abuelos, mis bisabuelos, también nacieron en Catalunya. Como se puede comprobar, y no estoy particularmente orgulloso del hecho, simplemente me tocó así, soy lo que los nacionalistas llamarían un catalán étnicamente puro. Para algunos la genética es algo importante.

Fui creciendo en la apasionante Barcelona de finales de los setenta y principios de los ochenta. La Barcelona libertaria, canalla, portuaria. La Barcelona del Ajoblanco, de la gauche divine. La Barcelona que no salía en las revistas, la que no ganaba concursos de popularidad, la que no precisaba de películas de Woody Allen. En esa Barcelona que aceptaba su mestizaje, su bilingüismo, su historia.

En 1980 empecé la escuela primaria en los Maristas. Los primeros años recibí las lecciones en castellano, excepto la asignatura de lengua catalana. Con los años el catalán fue ganando terreno. Primero fueron las matemáticas, luego la historia, más tarde la química. Poco a poco se fue desarrollando lo que se conoce como proceso de normalización lingüística. Como la Constitución de 1977 declaró que ambas lenguas, catalán y castellano, eran oficiales, se consideró que todos los niños debían aprender ambas lenguas. Pero resultaba obvio que el castellano estaba en ventaja puesto que la prensa escrita era en castellano, la radio era en castellano, la televisión era en castellano, y entonces se privilegió al catalán para que el estudiante llegara a la improbable situación de dominar las dos lenguas por igual. ¿El objetivo? Conseguir que Catalunya fuera una sociedad bilingüe. Cualquiera que haya visitado Barcelona y se haya relacionado con locales se habrá dado cuenta de la facilidad con que, en una misma conversación, se cambia de idioma. Con ciertas personas hablas en catalán, con otras en castellano. No se mezclan las lenguas. Como todo el mundo entiende ambas, no existen problemas de comunicación. Es un fenómeno sorprendente para el foráneo, que se desconcierta y cree que es de mala educación hablar en catalán pudiendo usar el castellano. Pero es que ¡no es fácil cambiar de lengua! Si toda la vida le has hablado a tu hermana en catalán, ¿cómo haces para, de repente, hablarle en castellano? Es muy extraño.

Pasaron los años y todo se fue normalizando. Se desarrolló la televisión catalana. Se crearon múltiples emisoras de radio en catalán. El catalán recuperó los espacios públicos que había perdido durante la dictadura. Se convirtió en un elemento de integración para los recién llegados. Se podía y se puede vivir en Catalunya sin hablar catalán, es cierto, pero era y es una falta de respeto. Para entender un país, para conocerlo de verdad, es preciso aprender su idioma, en este caso el catalán.

En 1992 entré en la universidad. Estudié mi carrera de administración y dirección de empresas en catalán y en castellano. Cada profesor tenía libertad para enseñar en uno u otro idioma. Pude escribir mi examen de macroeconomía en castellano y el de economía política en catalán, por ejemplo. Bilingüismo puro y duro.

Durante todos estos años cuando me ponía a escribir, ya fuera mi diario o alguna carta a una novia –aún la escritura no era un hábito en mí–, lo hacía en catalán.

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