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El Teatro Colón, ¿remodelar o arrasar?

Se han invertido grandes recursos en la adecuación de varios escenarios culturales. El caso de este teatro revela algunos vicios comunes en estos procesos.

Edición N° 136

N° 136

Noviembre de 2012[ ver índice ]

Conversando con un restaurador, hace unos meses, surgió el tema de las adecuaciones que se vienen haciendo al Teatro Colón de Bogotá (inaugurado el 12 de octubre de 1892, para conmemorar el cuarto centenario del Descubrimiento de América, aunque concluido en 1896). Recuerdo que el restaurador destacó aciertos “casi incuestionables”, pero también mencionó cuatro cuestiones “muy polémicas”: un atrio sobre la calle 10 para mejorar la entrada y su relación con el espacio público; un cambio en los niveles de la platea y en la silletería de la misma para mejorar la visibilidad y la comodidad; la eliminación por motivos acústicos del papel de colgadura de los palcos; y la restitución de la lámpara original en reemplazo de una araña de cristal con la que Laureano Gómez, como ministro de Relaciones Exteriores, quiso engalanar el teatro con motivo de la Conferencia Panamericana de 1948. Recuerdo también que estuvimos de acuerdo en que las modificaciones interiores había que verlas antes de juzgarlas, si bien nos parecía que la intromisión de un atrio en la calle 10, con el consecuente recorte de las ventanas de la fachada, parecía equivocada.

Hay mucho por decir a favor y en contra de cada intervención. Se puede sostener por ejemplo que el teatro está localizado en una calle inclinada y que por lo tanto el atrio es innecesario, o se puede replicar que su localización debe ser vista en relación con la plazoleta del Palacio de San Carlos y que, en esa perspectiva, el atrio dialoga de manera armoniosa con el conjunto del espacio urbano. Se puede alegar que la silletería original solo necesitaba mejorar sus rodamientos en aras de evitar el ruido, o se puede objetar que es absurdo considerar la incomodidad como una especie de valor patrimonial del teatro. Se puede alabar la restitución de la lámpara original o se puede lamentar el absurdo de haber quitado la “maravillosa” araña de Laureano.

En cada uno de estos casos, la toma de partido es cuestión de enfoque e ideología. En tanto se trata de hechos cumplidos, podemos dejar que los historiadores juzguen lo realizado y limitarnos a opinar sobre lo que todavía está en el papel.

Empiezo entonces por decir que el debate sería más fructífero si las partes expusieran sin eufemismos sus argumentos. Hemos oído con bastante insistencia que el Ministerio de Cultura se dispone a “remodelar la concha acústica”. No es cierto. Lo que están a punto de hacer es demoler la totalidad de la caja escénica –escenario, foro, hombros y tramoya– y sustituirla, desde cero, por una nueva. Más grande, más contemporánea, más funcional y probablemente más espectacular que la actual, pero que implica una obra nueva y mayúscula. Que lo traten de minimizar como una remodelación “necesaria” o “parcial” constituye una desinformación.

Guillermo Fischer y yo opinamos que una intervención de ese calado es como dotar de un motor v-8 a un Renault 4. O, para emplear un símil muy recurrido de Germán Téllez, como “darle a la abuelita, que ya no se puede levantar de su silla de ruedas, una prótesis electrónica en las piernas”. Nuestros argumentos se basan en una concepción del patrimonio urbano y arquitectónico para la cual conservar un edificio y un entorno son acciones compatibles con mejoras e innovaciones mesuradas de tipo técnico y funcional, pero no con demoliciones megalómanas, disfrazadas de adecuaciones. Nos parece importante discutir por qué es equivocado conservar el edificio y sus alrededores. O dicho al revés: por qué es correcto demoler parte del teatro y parte de la manzana.

Hasta ahora, solo hemos oído la idea general de que el Colón puede transformarse como lo han hecho “los grandes anfiteatros del mundo”, muchos de los cuales tienen “más pergaminos patrimoniales que nuestro bello pero limitado edificio”. Aunque los teatros difieren sobremanera de los anfiteatros, vale la pena ofrecer a manera de contraste la intervención que se le hizo al Teatro La Fenice en Venecia, en parte porque su capacidad es similar a la del Colón (1.000 puestos en un caso, 900 en el otro), y en parte porque la actitud que se asumió es similar a la que considero pertinente.

La Fenice, inaugurado coincidencialmente cien años antes, en 1792, fue destrozado dos veces a causa de incendios, el último en 1996. Su reconstrucción se emprendió en 2001 y tardó poco más de dos años. El teatro se rehizo del modo más fidedigno posible a partir de planos y fotografías, aunque se le dotó de una completa infraestructura técnica para adecuarlo a las necesidades del momento y para prevenir que volviera a ser pasto de las llamas.

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