Un par de anécdotas radiales permiten al autor asomarse a la memoria del recién desaparecido Bernardo Hoyos.
En enero de 2000, cuando murió el pianista austríaco Friedrich Gulda, Bernardo Hoyos se sentó a planear un homenaje que se extendería por varias emisiones de su programa diario Música nocturna en la emisora HJUT. Su método era simple pero requería de mucho tiempo: recogía todo el material discográfico hasta que dejaba encima de su escritorio una pila descomunal (a veces solo quedaba a la vista, detrás de tanto disco, la cima de su cabellera blanca) e iba revisando las carátulas una por una, para lo cual se levantaba los anteojos y acercaba su lupa.
Casi no tomaba apuntes. Cuando lo hacía, eran letras grandes trazadas con un marcador grueso, pero igual poco se entendía. Palabras sueltas que sin duda solo tenían sentido para él, funcionando como botones que activaban algún rincón de la memoria. Yo, al venir de una escuela de radio cultural donde nos enseñaban la importancia de hacer un libreto, no dejaba de extrañarme ante lo que era, fácilmente, el antilibreto: cuatro líneas le daban para diseñar un programa de 60 minutos.
Bernardo tenía todos los discos de Gulda encima de su escritorio, incluidos los dos álbumes dobles de la soberbia colección Great Pianists of the 20th Century, y los surcaba como un mar de gratos recuerdos. De pronto me preguntó:
–¿Sabes cuántas veces estuvo Friedrich Gulda en Colombia?
–Una –le contesté. En realidad no tenía idea, pero la lógica me indicó que Gulda era de esas figuras que solo vienen una vez a este país. O mejor, que este país solo trae una vez a figuras como esas.
–No –me corrigió en su tono de voz amable–. En realidad estuvo aquí tres veces, aunque la mayoría de la gente piensa que fueron dos. La primera vez fue en el Teatro Colón en 1950. La segunda vez fue en la Biblioteca Luis Ángel Arango en 1967. Y lo que casi nadie se acuerda es que después vino como integrante de un grupo de jazz que tú debes conocer, que se llama Weather Report.
Me dio vergüenza responderle que quizá se estaba confundiendo, porque Weather Report sí tenía un pianista austríaco, pero se llamaba Joe Zawinul. Hace poco consulté el archivo de la Biblioteca Luis Ángel Arango, recordé aquella conversación y quise aclarar qué había pasado realmente. Resultó que Bernardo tenía toda la claridad: para su gira suramericana de comienzos de la década de los setenta, Weather Report reclutó a un segundo pianista y lo hizo pasar como un integrante más de la banda. Era un tipo de gafas y gorrito gracioso. Era, en efecto, Friedrich Gulda. Iluso yo, que había creído detectar una avería en las remembranzas de Bernardo Hoyos.
En inglés se usa la palabra “remember” para expresar la acción de recordar, con una etimología que acierta en lo que sucede dentro del cerebro. Recordar, explica el neurólogo y musicólogo Daniel Levitin en su libro Tu cerebro y la música, es volver a reclutar el mismo grupo de neuronas que se usaron durante la percepción original. Las neuronas acuden desde lugares distantes y se re-configuran (re-member) para activar en la mente un eco fidedigno de la experiencia original. Bernardo Hoyos era memoria en estado puro. Con su partida se pierde una red de datos, de imágenes y sonidos, de conexiones que establecía todo el tiempo y que regalaba generosamente a través de sus programas de radio, disfrazando la erudición de entretenimiento. Las conexiones podían ser incluso rebuscadas pero nunca dejaban de ser atrapadoras: una vez alternó grabaciones del pianista clásico Glenn Gould y la cantante pop Petula Clark, narrando a lo largo de una hora cómo “se admiraban mutuamente pero nunca se conocieron”.
En castellano, el verbo “recordar” tiene una etimología menos científica: re-cordis significa volver a pasar por el corazón. También conocí esa faceta sentimental de la memoria de Bernardo Hoyos. En noviembre de ese mismo año 2000 quedé sentado a su lado durante el concierto que hizo Jordi Savall en el Teatro Jorge Eliécer Gaitán. Al llegar el intermedio me pidió que le prestara mi brazo de apoyo para salir al vestíbulo. El trayecto fue largo. La gente lo detenía para saludarle, para expresarle su afecto, para preguntarle cómo estaba, y él le regalaba una frase a cada uno. Casi llegando a la última fila, se acercó un señor que se presentó como el agregado cultural de la Embajada de Suiza.
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