El editor de la Indiana Review revela los criterios a través de los cuales filtra la ficción que a diario llega al correo de su revista.
En los afectos de un joven aspirante a literato, el editor puede pasar de merecer la más íntima devoción a despertar el más profundo desprecio, gracias a la brevedad de un correo con una negativa o después de un cruel silencio que significa exactamente lo mismo. ¿Qué ocurre al otro lado mientras los autores se revientan los nervios a la espera de un “sí”? Este texto firmado por el editor de ficción de la Indiana Review revela algunas claves de su filtro para descartar o publicar lo que llega a su escritorio.
Cada año recibo como 3.500 o 4.000 propuestas de ficción. Buena parte de mi tiempo la dedico a escarbar y clasificar estos relatos entre malos, buenos o potencialmente fabulosos. Así que pensé: ¿por qué no ofrecer algunas claves sobre cómo decidir qué historias superan la pila sentimentaloide y cuáles son fácilmente rechazables?
Me sorprende la cantidad de escritos que llegan con errores tipográficos, gramaticales, con diálogos mal puntuados y otras fallas evidentes en las primeras páginas. Esas historias casi siempre son descartadas de inmediato. Lo mismo va para aquellas que tienen un lenguaje abiertamente racista, homofóbico o misógino desde las páginas iniciales. Si, por ejemplo, presentan un personaje femenino en la primera página y todo lo que sabemos de él es el color de su pelo y el tamaño o la forma de sus tetas, es muy probable que yo no lea la segunda página.
Algunas historias pueden estar perfectamente escritas, pero las rechazo inmediatamente cuando después de leer las primeras tres o cuatro páginas pienso “esto ya lo he leído antes”. Es común encontrarme con temas recurrentes que bordean el cliché, y es raro que estos escritos se distingan de la multitud de historias del montón. Eso no significa que tales temas no sirvan para hacer buenos cuentos, sino, simplemente, que rara vez me encuentro en ellos con algo excepcional.
Por lo general, rechazo los siguientes tres tipos de historias:
1. “La triste venta de garaje”
Estos relatos tienen lugar tras los estragos de una muerte o un divorcio y los personajes principales suelen deshacerse de las cosas que pertenecen a la persona muerta o perdida. Las variaciones más comunes de este tipo de historia incluyen: a) padres que venden los juguetes y la ropa de su hijo fallecido, b) gemelos que venden los muebles y los objetos personales de alguno de sus padres –que ha muerto–, o c) alguien que vende los discos, libros o lo que fuere de su ex. El mayor problema con los relatos de “la triste venta de garaje” es que asumen con demasiada frecuencia que la sola situación trágica es suficiente para evocar una reacción emocional en el lector. Como resultado, el desarrollo del personaje sufre de un gran vacío y la composición de las narraciones tiene poco, por no decir ningún, movimiento argumental. Es gente triste que mira los objetos de su ser querido en la primera página, y sigue mirando las mismas cosas en la página veinte. Además, Raymond Caver ya exploró el tópico de “la triste venta de garaje” con su cuento “¿Por qué no bailan?”. Así que, para aquellas personas que aspiran a escribir sobre este tema, deben saber que estarán compitiendo con el talentoso escritor y con los demás textos arrumados.
2. “Fulanito está enfermo”
Con frecuencia estas historias involucran a una persona de mediana edad que visita a un pariente mayor en un ancianato u hospital. Las variaciones incluyen padres que visitan a sus hijos enfermos, o esposas que van a ver a sus parejas convalescientes. Jamás rechazaría un relato que ocurre en un hospital o ancianato, mucho menos si los personajes son enfermos o ancianos (estos tienen gran potencial para la comedia y la tragedia y todo lo que va de una a otra). Sin embargo, las historias de “Fulanito está enfermo”, al igual que las historias de “la triste venta de garaje”, le dan mayor importancia al atractivo emocional de la situación, a expensas de los personajes y del argumento. De hecho, resulta usual que estas historias carezcan de argumento y durante toda la narración el protagonista esté sentado junto al convaleciente recordando los buenos o malos tiempos con (nombre del personaje).
3. “La necedad universitaria”
Estas historias incluyen: a) estudiantes de posgrado, o b) profesores desilusionados, que en ambos casos, mientras se satisfacen con diversos estupefacientes, terminan involucrándose en relaciones con: a) inseguros estudiantes que están por graduarse, o b) precarios estudiantes de posgrado. Este tipo de historias existen, quizás, como un efecto secundario e inevitable del gran número de escritores actuales que han pasado por la academia (la cual parecerían no aguantar sin desvestirse).
El problema con estos relatos es que tienden a sufrir de dos defectos mayores. En primer lugar, vienen atestados de pasajes densos, algunas veces esotéricos, acerca de las búsquedas intelectuales de los personajes. Leer a Chaucer puede servir para tener una tarde placentera. Pero leer sobre un personaje que está leyendo (e hiperanalizando) a Chaucer... no tanto. En segundo lugar, estas historias empiezan con una depresión y caen en picada desde allí.
Los personajes de “la necedad universitaria” simplemente no son simpáticos. Se caracterizan por su estatus de universitarios presumidos y buena parte del espacio que podría destinarse a aquello que los haría únicos e interesantes se dedica, en cambio, a los ya mencionados pasajes académicos que coagulan la historia y hacen lenta la narración.
En verdad, no quiero desanimar a nadie de mandar historias que lidien con estos temas, pero sí quiero que estén advertidos de que deben hacer un poco más que las otras para salir de la pila del montón. Así, si su protagonista es una profesora alcohólica que está vendiendo los palos de golf de su marido infiel, mientras espera la llegada del precario universitario que es su amante y quien viene de una triste visita a un ancianato, realmente... eso podría ser, de hecho, fabuloso.
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