elmalpensante.com - Lecturas paradójicas

Ilustrador
Nader Sharaf
Traductor
Henry Ficher
Edición N° 136

N° 136

Noviembre de 2012[ ver índice ]

Medios

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Después de haber estado en una reunión en la oficina del juez de paz, en el edificio municipal, extendí la mano a la nueva vecina que acababa de mudarse al lado de nosotros.

–Espero que podamos ser buenos vecinos –dije–. Hemos vivido en esa casa por más de diez años y no hemos tenido problemas con nadie.

La mujer, una gafufa de rostro agrio, con el inapropiado nombre de Flor, frunció el ceño y dijo:

–Eso no es lo que he escuchado.

–¿Qué ha escuchado?

Ella apretó la mandíbula y negó con la cabeza:

–No tengo nada más que decir.

Sus palabras hacían eco en mi cabeza mientras conducía de vuelta a casa, aunque sentía alivio de que el juez de paz estuviera de mi lado: el perro era una molestia. Un animal grande y flacuchento, con cola puntuda enroscada hacia arriba, que nunca dejaba de ladrar. Me resultaba imposible concentrarme en mi trabajo. Ni siquiera dos pares de tapones en los oídos, unos pequeños debajo de los grandes –parecidos a los que usan los operadores de neumáticos–, lograban silenciar esos ladridos infernales. A mi esposa, Claudia, que sufría de insomnio y se pasaba los días tratando de recuperar el sueño perdido, se le había acabado la paciencia. Todas las noches el perro despertaba a nuestra hija de un año, dejándola atontada y de mal humor. (Sus primeras palabras fueron “mamá” y “guau-guau”.)

Cuando empezó el pleito, el juez de paz sugirió a doña Flor ponerle un bozal al perro siempre que ella saliera de la casa, pero cuando objetó, le propuso la idea de las clases de obediencia.

–Bueno, claramente, eso es costoso y toma mucho tiempo –protestó doña Flor.

–Está contestando con evasivas –interrumpí–. Yo prefiero el bozal.

Se le dio una semana para inscribir al perro en las clases. Fue entonces cuando doña Flor y yo tuvimos nuestra amable despedida.

A pesar de mi aparente victoria, quedé intranquilo. No me gustan los conflictos y siempre que pierdo los estribos termino arrepentido. Me pregunté qué le habrían dicho los vecinos. ¿Acaso habían olido el humo de marihuana que suele flotar desde mi balcón? ¿Me habían visto llegar a casa a las tres de la mañana? Me vi a mí mismo asesinado, digamos durante un robo en un cajero automático, y llegaban reporteros para entrevistar a los vecinos, entre ellos a doña Flor, quien tenía la última palabra sobre quién era yo.

Durante las siguientes semanas, la belleza y la tranquilidad del barrio, el placer de ver las flores púrpura del gualanday de enfrente y de escuchar la algarabía de los gorriones y el canto de los bichofués, fueron interrumpidos por los fieros ladridos. La casa de doña Flor estaba en una esquina, justo al lado de la nuestra, de manera que cuando alguien pasaba, el chandoso comenzaba a ladrar en un extremo del jardín y continuaba ladrando hasta que llegaba al otro lado, saltando y arremetiendo contra las barras de la reja. Poco a poco me fui dando cuenta de que doña Flor no tenía ninguna intención de cumplir la decisión del juez de paz.

Luego, un día, vi que la bodega ubicada detrás de nuestra casa estaba siendo remodelada y de la pared colgaba un gran letrero que decía: “Discoteca La Rumba”. Pregunté a los trabajadores –que me miraban con antipatía– por el dueño.

–Soy yo –dijo un hombre que estaba contando chistes con un marcado acento bonaverense. Vestía una camiseta pegada al cuerpo y unos jeans, tenía ojos grandes y translúcidos, muy separados en una cara color bronce, marcada por una cicatriz con forma de anzuelo en la mejilla.

Nos dimos un apretón de manos y hablé de mi deseo de ser buen vecino, con palabras como “hermano” y “colaborar”. Le sugerí que, ya que estaba renovando el local, podría aprovechar para instalar un buen sistema de aislamiento acústico.

Ricky, el dueño de la discoteca, me estudiaba con cautela mientras hablaba y al final desplegó una sonrisa llena de dientes. “Eso es precisamente lo que estoy haciendo. Venga y le muestro”. Me llevó al fondo del edificio y me mostró cómo iba la obra en el techo.

–Muy bueno, hombre –dije con efusividad, aunque tenía mis dudas. Aun así, me alentó el hecho de que el costo no pareció ser un problema para él.

Sentado frente a mi escritorio, tratando de trabajar, podía oír al perro ladrar a cualquier persona que pasara al frente suyo, como si fuera un asesino en potencia. Sentía que en eso me estaba convirtiendo. No estaba seguro de qué me enojaba más, si el escándalo del perro o la reacción de doña Flor cuando traté de apelar a su civismo. Luego de escucharme en silencio y con cara de piedra, se puso agresiva. La última vez que toqué a la puerta de su casa abrió con una mirada llena de odio:

–¿No le da pena molestarme por un miserable perro?

–¿Y a usted no le da pena?

–No, no me da nada de pena.

–Se le nota.

Me dio la espalda.

–Muy bien, si no va a colaborar, tendré que recurrir a otras medidas.

–¡Haga lo que le dé la gana! –gruñó y azotó la puerta.

Tenía a Claudia de mi parte, pero mis amigos, muchos de ellos amantes de los perros, no se solidarizaron conmigo:

–¿Cuál es el problema, hombre? –dijo uno–. ¿Por qué te estás volviendo tan intolerante?

–No es el ruido –dijo otro filosóficamente–. Es tu actitud ante el ruido.

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