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Entrevistas

Maravillosas malas noticias para ustedes

Una entrevista con David Grossman

La obra de David Grossman se mueve entre la literatura y el periodismo. ¿Cómo salva esa distancia? En esta conversación, transcurrida en Cartagena durante el Hay Festival, el autor israelí revela sus claves narrativas.

Edición N° 138

N° 138

Febrero de 2013[ ver índice ]

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David grossman (Jerusalén, 1954) estaba parado en el patio del Hotel Santa Clara en Cartagena. Inquieto, inspeccionaba el lugar como tratando de ubicar desesperadamente a alguien. El escritor israelí, invitado al pasado Hay Festival, llevaba en la ciudad menos de veinticuatro horas, y mientras Vargas Llosa, Julian Barnes y Hertha Müller estaban ocupados lidiando con la prensa y firmando autógrafos, Grossman parecía perdido. La asesora de prensa del Hay le había dicho unos minutos antes que lo esperaría en el primer piso del hotel, pero cuando él bajó ella no estaba en el lugar pactado y nadie parecía reconocerlo.

Cuando lo vi, dudé. No podía creer que Grossman, el mismo que cada año aparece como candidato al Nobel de Literatura, el autor de diez novelas elogiadas en todo el mundo, estuviera en el lobby mirando a un lado y otro como cualquier turista extraviado en las calles cartageneras.

Me acerqué:

–¿Mr. Grossman?

–Sí –contestó aliviado.

Le ofrecí mi ayuda para encontrar a su guía, lo acompañé un par de minutos y me despedí. La señorita de prensa, agradecida, intercedió para que Grossman me concediera una entrevista.

–Venga a las 6:45 de la tarde. David lo esperará en el patio del hotel.

Esa tarde llegué unos minutos antes y él ya estaba sentado en un sofá. Tenía la camisa azul empapada por el sudor y su rostro, circundado por unas gafas de marco metálico, se veía cansado. Cuando me vio, dijo en inglés:

–Oh, eres tú, el de esta mañana.

Se paró, miró el piso, habló de un jet lag terrible y concluyó:

–Ahora no puedo contestarte ninguna entrevista. Pero ¿qué tal si nos vemos mañana a las diez en este mismo sitio?

De pronto, miró a una mujer que estaba a su lado (su esposa Micha), pidió un bolígrafo y anotó en inglés en la palma de su mano derecha: “Entrevista con Jorge, mañana, diez de la mañana, lobby”.

Lo miré sorprendido y le pregunté si no se iba a lavar las manos.

–No, nunca –contestó riendo.

Al día siguiente, cuando nos sentamos a hablar, Grossman todavía tenía el rastro de la anotación en la palma de su mano.


David, usted fue durante muchos años reportero radial y se ocupó a fondo del conflicto palestino-israelí. Cuando le menciono la palabra “periodismo” y la relaciono con su trabajo como escritor, ¿qué es lo primero que se le viene a la cabeza?
Bueno, usualmente me muevo entre la literatura y el periodismo. ¿Cuándo decido escribir periodismo y cuándo literatura? Es una buena pregunta. Escribo sobre la situación de mi país de ambas maneras; una es a través de novelas y cuentos, y otra mediante artículos de prensa o ensayos. Cuando escribo literatura intento olvidar que hay gente afuera y procuro escribir para mí mismo. Trato de liberarme de cualquier interés; solo represento los personajes y la historia, dejo que se oigan sus voces. En general, creo que eso produce buena literatura, el hecho de olvidar que existe una audiencia.

Pero cuando escribo periodismo quiero ser oído por muchos. En el periodismo sí tengo un interés, que es cambiar algo en la realidad. Usualmente escribo sobre nuestra situación en Israel, tan brutal y extrema, y trato de cambiarla, permitiendo que la gente vea las cosas de otra manera, y en ese sentido mi punto de vista es diferente al que tengo como novelista.

Esas serían las diferencias entre un oficio y otro. Ahora hablemos de las similitudes, ¿las hay?
Sí, creo que debe haber similitudes. La regla número uno de la literatura es ver la realidad desde el punto de vista del otro. Siempre que escribo una novela trato de ser cada uno de mis protagonistas, de ver como ellos, de representar su perspectiva. Y cuando escribo sobre el conflicto palestino-israelí, aunque soy judío y estoy condicionado por mi educación, por mi lenguaje, por las ansiedades de mi país, insisto en describir la situación también desde el punto de vista de los palestinos. Es la única manera de que mis lectores no estén solamente en contacto con su propia mirada, con su propia manera de pensar o con sus propios sueños e ilusiones, sino también con el punto de vista del otro, aunque el otro sea su enemigo.

Ahora, una sociedad en guerra es muy reacia a ver la realidad a través de los ojos enemigos, y para mí eso es peligroso por dos razones. Por un lado, porque no te permitirá hacer la paz, porque nunca podrás rastrear los cambios y desarrollos de tu enemigo, y por otro lado porque ni siquiera te permitirá ser un mejor soldado, en el sentido de que no conocerás realmente a tu enemigo, sino tus propias proyecciones y ansiedades sobre él.

En nuestros países su actividad como reportero radial no es muy conocida. ¿Qué recuerda de esos años y por qué dejó de hacer radio?
Yo debuté a los nueve años en las radionovelas de la época y amaba ese trabajo. Como era muy bajito y los demás actores bastante grandes, en el estudio había una caja de naranjas marcada con el nombre “David Grossman”. Siempre que tenía que hablar traían la caja y yo me paraba encima de ella para alcanzar el micrófono. Hice todo lo que es posible hacer en la radio, menos ser técnico. Fui actor, reportero, entrevistador, corresponsal y finalmente presentador de la emisión de noticias de la mañana durante cuatro años. Yo era el que levantaba a los israelíes a martillarles la cabeza diciéndoles: “Hoy amanecemos con maravillosas malas noticias para ustedes”. Hasta que un día insistí en transmitir la declaración oficial de Palestina como Estado, que hizo desde el exilio la Organización para la Liberación de Palestina el 15 de noviembre de 1988. El editor de mi programa había puesto la noticia en el lugar número doce; yo le dije que esa declaración era muy importante pues los palestinos estaban aceptando la solución que reconocía a los dos países, Israel y Palestina. Pero él me contestó: “No, no queremos transmitir eso”. De modo que yo le dije: “Si ustedes no están dispuestos a contarlo, si no les parece importante decirles a los israelíes que Palestina acepta dos Estados, que acepta una salida negociada al reconocer la existencia de ambas partes, entonces no quiero presentar las noticias”. Y bueno, me echaron y así acabé deteriorándome hacia la literatura.

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