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Portafolio gráfico

Retratos definitivos

Un perfil de Sara Facio

Además de tomar la foto icónica de Julio Cortázar apretando un cigarrillo entre los labios, Sara Facio retrató a Borges, Neruda, Pizarnik, García Márquez y Mujica Láinez, entre muchos otros. Este perfil revive tales imágenes y escrudiña en la inquietante personalidad de quien fundó la editorial fotográfica La Azotea.

Sara Facio, Autorretrato (1968)
Edición N° 139

N° 139

Marzo de 2013[ ver índice ]

Medios

Imágenes

  • Sara Facio, Autorretrato (1968)
  • María Elena Walsh (1985)
  • Jorge Luis Borges (1968)
  • Los muchachos peronistas (1974)
  • Julio Cortázar (1967)
  • Pablo Neruda (1970)
  • Gabriel García Márquez y Mercedes Barcha (1967)
  • Manuel Mujica Láinez (1969)
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A fines de los años cuarenta la familia Facio se había mudado a Martínez, donde compartían manzana con el general Ramón Albariño que, en 1946, durante el gobierno de Perón, había sido nombrado presidente de Yacimientos Petroleros Fiscales (YPF) y ofrecido a su vecino, Florencio Facio, un puesto. Florencio se hizo peronista y aceptó. Para cuando Sara volvió de Europa, Perón ya no estaba en el gobierno pero su padre continuaba en ypf y se había enamorado de una secretaria.

–Mis padres se habían separado y además había muerto la mujer de mi hermano Carlos. Él y sus dos hijas vivían en casa de mi mamá, así que me conseguí un monoambiente en Bustamante y Santa Fe y me fui.

Luis D’Amico, padre de Alicia, tenía una casa de fotografía, y Sara, por curiosidad, pidió permiso para meterse en el laboratorio. No pasó mucho tiempo antes de que ella y Alicia formaran sociedad y una clientela grande.

–¿Nunca volviste a pintar?

–Jamás.

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En un artículo publicado en Leyendo fotos (La Azotea, 2002), titulado “Curadores que... enferman”, Sara Facio reflexiona en torno a la figura del curador tomando como ejemplo tres muestras: una de Mary Ellen Mark en el Palacio de Tokio en París; otra llamada “La década de los ochenta”, en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires; y “Figures & Caractères”, suya y de Alicia D’Amico en el Centro Pompidou de París. Cada una de las tres curadurías es presentada bajo los subtítulos “La Traición”, “La Mentira” y “La Rapiña”.

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“Yo la siento como una maestra-madre que siempre me alentó a ir más a fondo… Siempre dijo en voz alta lo que pensaba, sin importarle quedar bien o quedar mal con lo políticamente correcto. Con el tiempo uno aprende a valorar esa honestidad aunque no esté de acuerdo con las opiniones. Trabajó para que los fotógrafos nos conociéramos entre nosotros. Inventó formas de enseñar cuando no había escuelas”, escribe Marcos López, fotógrafo, argentino, contemporáneo, cuando se le pide que hable de su relación con Sara Facio.

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En los sesenta fue asistente de la fotógrafa Annemarie Heinrich, estudió en el Fotoclub Buenos Aires y empezó a colaborar en La Nación, siempre firmando con Alicia D’Amico con quien había montado estudio en Juncal 1470. En 1968, la editorial Sudamericana publicó Buenos Aires, Buenos Aires, el primer libro de ambas.

–La editorial nos sugirió que Cortázar hiciera el texto, porque por esos años el nombre del fotógrafo no bastaba. Julio dijo que quería ver las fotos, así que dijimos: “Se las llevamos nosotras”.

Era una tarde de primavera de 1967 cuando tocaron a la puerta del departamento de Cortázar, en París, y al ver las imágenes –una mujer con un cardumen de niñas rubias, un hombre sentado frente a su botellería, refinados recortes de vida cotidiana–, lagrimeó y dijo sí. Dos días después Sara Facio hizo una de esas fotos que funcionan como la versión definitiva de una persona: Cortázar con el cigarrillo en la boca, mirando a cámara. El retrato de un hombre pero, también, de una forma de estar en el mundo. A eso siguió una vida de amistad y otro libro, Humanario (una serie tomada en institutos psiquiátricos: Moyano, Open Door, Borda), donde Cortázar escribió un texto.

–Mirá qué puntería, lo publicamos el 26 de marzo de 1976. Cuando entraron los militares todo tenía que ser agradable y Cortázar estaba recontraprohibido. Con Julio tuvimos una relación de años. Cuando salieron sus cartas en Alfaguara a mí me las pidieron, pero yo no las di. Son cartas personales. Es como si yo doy una carta personal entre María Elena y yo. ¿Qué quiere decir eso?

A fines de los sesenta, Sara y Alicia pensaron en hacer retratos de escritores latinoamericanos consagrados y sumar a quienes, según ellas, serían los nombres por venir. Así, entre 1967 y 1970, si había un congreso en Viña del Mar al que asistían Onetti, Rulfo, Vargas Llosa, allá iban; si estaban en París y por ahí andaba Alejo Carpentier, se aparecían en su hotel pidiéndole un retrato. El resultado fue Retratos y autorretratos, publicado en 1974 por la revista Crisis, que incluía fotos de Pablo Neruda, Miguel Ángel Asturias, Borges, Carlos Fuentes, Cabrera Infante, Vargas Llosa, García Márquez, etcétera, precedidas por un texto inédito de cada uno.

–Pero lo que nos daba dinero era la publicidad y, en los setenta, la parte política. Estábamos en la agencia que le hizo la campaña al partido Nueva Fuerza, de Álvaro Alsogaray, y después hicimos las campañas de La Martona, Peugeot, Olivetti, Aerolíneas Argentinas. Siempre lo tomé como un trabajo para ganar plata, pero lo hice a conciencia. Yo nunca hice nada de taquito.

Mientras fotografiaba autos y máquinas de escribir pasaban, por su estudio y por su casa, todos: Bioy Casares, Manuel Mujica Láinez, Silvina y Victoria Ocampo, Alejandra Pizarnik.

–Bioy venía y decía “¿tienen fotos de Borges?”. Y se las llevaba. Yo le decía “che, son mías”. Como era millonario no sabía que el trabajo se paga. Alejandra era amiga. Un día vino a sacarse fotos y justo toca el timbre Silvina Ocampo. Parece, yo no sabía, que Alejandra tenía un metejón que se moría por Silvina Ocampo. Bueno, fue llegar Silvina y acabarse la sesión de fotos. Alejandra había traído un libro para mí que terminó dándole a ella, en fin. Por la carta de una amiga, María Rosa Vaccaro, de la librería Letras, supe que se había matado. “Al final, Alejandra se salió con la suya”, me decía en esa carta. Yo estaba en París.

Por esos años se mudó a Viamonte y San Martín, junto al edificio donde, en otro departamento, Victoria Ocampo dirigía la revista Sur.

–A veces nos cruzábamos y Victoria subía a casa a tomar whisky. Entonces vino a Buenos Aires una fotógrafa guatemalteca que vivía en París, María Cristina Orive. Nos hicimos muy amigas. Un día, en una reunión, alguien dijo: “¿Qué harían si se ganan el Prode?”. Yo dije: “Una editorial de fotos”. Al tiempo Cristina me dice: “¿Es muy caro eso? Porque yo tengo el capital y me gusta la idea”.

Así fue como en 1973 la primera editorial argentina de fotografía, La Azotea, se fundó con sede en el departamento de dos ambientes de una de sus socias. Desde entonces y hasta hoy la editorial ha publicado el trabajo de fotógrafos contemporáneos y clásicos, consagrados y seminales: Luis González Palma, Witcomb, Martín Chambi, Adriana Lestido, Sebastián Szyd, Annemarie Heinrich, Marcos López.

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