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Mi hijo el terrorista

¿De dónde sale un terrorista islámico? ¿Cómo se hace? Por lo que se verá adelante, la receta incluye una serie de ingredientes catastróficos.
Mi hijo el terrorista
Edición N° 77

N° 77

Marzo - Abril de 2007[ ver índice ]

Desde muy pequeña le hicieron entender que las mujeres eran diferentes, más incapaces. Una mujer debía soportarlo todo, ser una joven obediente. Lo volvió a recordar ese día en que su marido, una vez más, se puso como loco y le dio una patada en los riñones y el estómago. Llegó al hospital sangrando y recién allí supo que estaba embarazada. Ese bebé sobreviviría. No como el primero, que murió a los siete meses de vida, o el segundo, prematuro, a la semana. Con apenas veinte años, Aïcha el Wafi ya había parido seis hijos. Dos murieron, tres andan por ahí y uno se encuentra enterrado vivo, como acostumbra decir. Se trata de Zacarías Moussaoui. El único condenado por los atentados del 11 de septiembre de 2001 contra las Torres Gemelas y el Pentágono.

Zacarías está en todas partes. En la pequeña mesa al lado de unas flores artificiales. En cada pared del salón de su modesta casa en las afueras de Narbona, donde las fotografías se suceden mostrándolo en las distintas etapas de su vida. Por allí se le ve sonriente a los cinco años; en otra, está vestido con la toga y el birrete de la tradición anglosajona en el momento en que le dan el diploma del Master en Administración, obtenido en 1995 en la South Bank University de Londres; más allá, está junto a su hermana Jamila, morocha, la cara como una esfera y cejas depiladas. También en las fotos de un álbum que Aïcha lleva con ella desde ese maldito 13 de septiembre de 2001, día en que la imagen de su hijo apareció en todos los canales de televisión del planeta. Día en que, mientras se golpeaba la cabeza contra el suelo como para conjurar la realidad, se preguntaba si no se trataría de una pesadilla.
 
—Zacarías era el niño que nunca me daba problemas. Era bueno y tranquilo. Nadie se quejó nunca de él en el colegio. Aún hoy no logro entender cómo se metió en todo esto.
 
La última vez que lo vio frente a frente fue el 11 de junio de 2002, en la prisión de Alexandria en Washington. Había sido arrestado el 16 de agosto de 2001 en un hotel de Minnesota con la visa vencida y en posesión de dos pasaportes, uno francés y otro argelino. En su cuarto encontraron dos cuchillos, un par de prismáticos, un manual para aprender a pilotear aviones y guantes de boxeo. El encuentro entre madre e hijo se produjo ante cinco miembros del fbi: dos centinelas para cada uno, y un quinto encargado de grabar la conversación. A través del vidrio que los separaba, Aïcha sólo logró decirle: “Te amo”. No era momento para reproches.
 
Luego lo volvió a ver, pero en el banquillo de los acusados durante el proceso que comenzó el 6 de marzo de 2006. Zacarías estaba irreconocible, con una barba que le llegaba hasta el pecho, un gorro blanco y un cinturón eléctrico que le envolvía la cadera y que se podía activar ante el mínimo signo de descontrol. A pedido de su hijo, se fue un día antes de pronunciarse la sentencia, que se conoció el 4 de mayo.
 
—¿Qué pasó cuando supo que fue condenado a cadena perpetua?
— Yo hubiera preferido la pena de muerte.
 
El mundo se interrumpe a su alrededor.
 
Su hijo está aislado e incomunicado en una celda de tres metros por dos de la prisión ADX de Florence, Colorado, famosa por alojar a presos capaces de matarse entre sí de un ataque de nervios. Su único vínculo con el exterior es un pequeño televisor donde pasan imágenes de programas educativos y religiosos. ¿Y si enloquece? Mejor hubiera sido morir, piensa Aïcha.
 
Hasta hace poco creía que su hijo no sólo no estaba autorizado para recibir visitas o ver la luz del día, sino que tampoco podía llamar por teléfono ni enviar ni recibir cartas. Pero eso era cuando ella confiaba en los abogados americanos nombrados de oficio para defenderlo.
 
—Me quisieron convencer de que no podía escribirle, y luego supe que no era cierto. Yo les dije en la cara que eran mentirosos y manipuladores. Todo lo que hicieron fue para su propia gloria, porque el juicio a Zacarías se convirtió en un asunto mundial.
 
En la Liga de los Derechos del Hombre le informaron que él tiene derecho a quince minutos de conversación telefónica por mes y a recibir correspondencia. Hasta ahora, Aïcha sólo le escribió una vez. Aún espera la respuesta. Sabe que miradas intrusas van a hurgar en el contenido de sus cartas. Intentarán descifrar el indicio de un nuevo acto de terror entre palabras de desconsuelo. Esa exploración puede llevar un mes, dos, seis. ¿Quién sabe? Tal vez Zacarías ya haya comenzado los interminables trámites para poder llamarla por teléfono. Es su ilusión.
 
 
Aïcha habla ligero, como si cada palabra no pudiera esperar antes de estallar. Tiene sesenta años, una voz atrevida, chillona, y un cuerpo vigoroso, redondo y maternal. Su cabello es furiosamente negro, corto, ondulado, al estilo afro. Dos retratos de juventud, cuidadosamente encuadrados en el living, muestran a una mujer distinta: está maquillada, lleva un velo negro y tiene una mirada vivaz. Por primera y única vez posó a pedido de un fotógrafo, marido de una amiga.
 
—Se ve que me veía linda —dice. Entonces tenía veintiséis años y, a pesar de todo, aún no había perdido completamente ni el entusiasmo ni la candidez.
 
Eso que, desde pequeña, formó parte de ese ejército de mujeres que lo pierden casi todo.
 
Su vida fue feliz hasta los siete años. Es la cuarta de cinco hermanos: dos varones y tres mujeres. Nació en 1947 en Azrou, ciudad marroquí de cincuenta mil habitantes. Su padre, Meki, le pidió a su hermano y a su cuñada, que no tenían hijos, que se ocuparan de la niña ya que ellos eran una familia numerosa. Así es como fue criada por sus tíos, que vivían al lado del domicilio de sus padres, en una humilde casa en el centro de la ciudad.
 
—Eran gente maravillosa. Entre ellos nunca hubo una discusión, ni ningún acto de violencia —precisa Aïcha.
 
Su papá murió cuando ella tenía dos años y medio. Casi no tiene recuerdos de él, pero sí la certeza de que fue un hombre bueno. Es lo que le han dicho su madre, la familia, el barrio. Una persona intachable. Tal como se presentaron las cosas después, esto quería decir que era alguien capaz de pasar un cuarto de hora sin estallar. Una eternidad.

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