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Reseñas: El antipoeta encuadernado
Edición N° 77

N° 77

Marzo - Abril de 2007[ ver índice ]

 

Obras completas & algo
Nicanor Parra
Galaxia Gutenberg
Barcelona, 2006.
 
Una vez que Nicanor Parra publicó su libro Poemas y antipoemas en 1954, la poesía chilena, latinoamericana y una parte de la estadounidense no pudo volver a ser la misma. Fue una explosión, pero una explosión bien recibida. El año anterior Parra había obtenido el premio Juan Said, que otorgaba la Sociedad de Escritores de Chile. En ese entonces Parra, ya reconocido como poeta, era además profesor de Matemáticas y de Mecánica Racional. En 1949 había viajado becado a Inglaterra para estudiar cosmología con el célebre E. A. Milne en Oxford, y regresó casado con la sueca Inga Palmen. Provenía de una populosa familia de músicos y letristas de la localidad de Chillán (sus hermanos Violeta y Roberto fueron folcloristas de gran nivel), arrasada en 1939 por un terremoto que mató 20.000 personas, una primera “destrucción del mundo” que lo marcó con fuerza.
 
Concursando. Ese origen y su estrecha relación con la ciencia le dieron la distancia que le permitió tener una conciencia clara de estratega respecto al mundo intelectual un tanto provinciano, aunque empapado de poesía, de Santiago, donde la figura de Pablo Neruda se alzaba corno una inalcanzable montaña andina. Baste seguir el proceso mediante el cual obtuvo ese premio de la SECH (la Sociedad de Escritores): “Aquí va a pasar lo que siempre pasa en los concursos:”, pensó Parra, “lo primero que hacen los jurados es abrir estos sobres para ver quiénes son los participantes y gozar a costillas de ellos”. Envió por lo tanto tres originales distintos con el seudónimo Juan Nadie. En el sobre cerrado puso el nombre de Rodrigo Flores, campeón de ajedrez de la época, prominente ingeniero y amigo suyo. Cuando anunciaron que Flores había obtenido los tres primeros premios, el buen hombre se cansó de recibir felicitaciones que no entendía. Por su parte Parra se presentó ante el presidente de la institución y reclamó el premio. Lo pusieron a prueba y demostró que era el autor recitando sin vacilación los poemas de los originales. Cuando el presidente le dijo que lo suyo era ilegal y quedaba descalificado, pidió los originales para revisarlos, y el otro se los negó. Según las bases ahora pertenecían a la Sociedad y serían publicados con o sin su consentimiento. Al fin decidieron juntos sacarlos en un solo volumen.
 
Los tres libros se reflejan en las tres partes de Poemas y antipoemas: una primera de “poemas neorrománticos y posmodernistas” (algunos memorables, como “Es olvido” o “Se canta al mar”), una segunda de textos “expresionistas” (incluido un áspero “Autorretrato”) y una tercera con los auténticos “antipoemas” (“La víbora”, “Los vicios del mundo moderno”, “Advertencia al lector”).
 
Según contó en una charla en un liceo, el nombre se le había ocurrido al pasar por una librería donde vio el libro de un francés, titulado Apoèmes o Apoemas. Se preguntó por qué el autor no se había atrevido a usar la palabra “antipoemas”: “me pareció más fuerte, más expresiva”. Después dio un segundo paso: “me pareció que la palabra antipoema, sola, contaba la mitad de la historia, porque ¿dónde quedaban los poemas? (...) o sea, en el libro debían aparecer dos objetos diferentes pero complementarios: los poemas tradicionales y, enseguida, este otro producto, estrambótico, más o menos destartalado, que se llama el antipoema”.
 
Un buen ejemplo de “poema” metido entre “antipoemas” es “Cartas a una desconocida”: “Cuando pasen los años, cuando pasen/ Los años y el aire haya cavado un foso/ Entre tu alma y la mía: cuando pasen los años/ Y yo solo sea un hombre que amó,/ Un ser que se detuvo un instante frente a tus labios,/ Un pobre hombre cansado de andar por los jardines,/ ¿Dónde estarás tú? ¡Dónde/ Estarás, oh hija de mis besos!”.
 
Dato interesante: el poema se titula “Cartas a una desconocida” aunque es una sola. Ocurre que sus amigos más jóvenes del momento en que lo escribió, Alejandro Jodorowsky y Enrique Lihn, le hicieron ver que lo que en verdad valía de “un texto bastante largo”era la primera estrofa. Y eso fue lo que quedó. Entre sus numerosos y cambiantes atributos, el antipoeta acepta sugerencias: su obra está a mil kilómetros del carácter intocable de “la Poesía”.
 
El otro dato es el apoyo que tuvo de inmediato una obra que venía en realidad a desmoronar y cambiar gran parte de lo establecido. El propio Enrique Lihn (junto con Parra, el poeta más complejo y profundo de la segunda mitad del siglo XX en Chile) ya había recibido con una aguda nota de presentación los primeros “antipoemas” publicados en la revista Anales de la Universidad de Chile en 1951, y seguiría acompañando su obra con una crítica inteligente y perceptiva. El libro incluía una nota laudatoria de Pablo Neruda, que en realidad tenía el carácter un poco anodino del texto de circunstancias (al estilo de los abundantes similares que escribió Borges, aunque menos ladino). Pronto recibiría el premio del Concurso Nacional de Poesía, y más tarde el deslumbramiento de los poetas beat de Estados Unidos, en especial Lawrence Ferlinghetti y Allen Ginsberg, que visitaron Chile y lo tradujeron al inglés y lo editaron.
 
Sin embargo, el cimbronazo que el libro propinó a la poesía chilena, y a la poesía escrita en castellano en general, fue intenso, y sigue reverberando. Las bases de su potencia son múltiples.
 
 
Alto y claro. Cuando se leen los antipoemas, se tiene la sensación de ser interpelado en voz alta por un sujeto cambiante, que suele presentar rasgos de la corte de los milagros que han ido fabricando las ciudades latinoamericanas en sus calles: oficinistas engreídos, borrachos, vagabundos, simples energúmenos. La voz no es solo alta, como la de un actor que en vez de estar sobre un escenario habla en la calle. Además es muy clara. La poética de Parra es cambiante (la contradicción permanente es uno de sus rasgos), pero tiene factores básicos nítidos: “La función del artista”, ha declarado, “consiste en expresar rigurosamente sus experiencias personales sin comentarios de ninguna especie. La función del idioma es para mí la de un simple vehículo y la materia prima con que opero la encuentro en la vida diaria”. Sus bestias negras son el romanticismo pegajoso, la Poesía con mayúsculas, el surrealismo puramente literario. “La angustia, la desesperación, la nostalgia, son algunos aspectos parciales del alma humana. Personalmente preferiría trabajar a base de elementos menos usados: la frustración y la histeria, factores determinantes de la vida moderna, me atraen con una fuerza especial”.

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