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Edición N° 76

N° 76

Febrero - Marzo de 2007[ ver índice ]

 

El olvido que seremos
Héctor Abad F.
Planeta
2006
 
 
Este libro es el perfil que el autor hace de su padre, Héctor Abad Gómez, un personaje excepcional asesinado en Medellín el 25 de agosto de 1987, en medio de la sangría de turno en Colombia. Para trazarlo, el autor se vale de una rica crónica familiar y social construida, en esencia, con el material de los recuerdos. Por estas circunstancias, El olvido que seremos es ante todo un ejercicio de exorcismo, lacerante y jubiloso a la vez. También es una muy personal propuesta de pedagogía dirigida al individuo y a la sociedad, y también un documento histórico, un canto a la vida, una denuncia y muchas otras cosas que se van encontrando por ahí en la lectura. El amor del autor por su padre, asumido como una deuda impagable, lo lleva a fabricarle el homenaje mejor elaborado posible con todas las herramientas que el mismo padre le ayudó a conseguir. El resultado, a juzgar por la fertilidad literaria, el carácter universal, además de local, que logra su personaje, el complejo universo del relato y la riqueza factual que prodiga, es admirable.
 
Han pasado veinte años desde la fecha fatídica, y para el autor aquél es un tiempo muy presente, a la vez que lejano: como él nos lo recuerda, en 1987 no se soñaba aún con internet, y la Guerra Fría y su ícono por antonomasia, el muro de Berlín, todavía presidían el debate ideológico y la pugna política. Colombia vivía entonces una etapa particularmente intensa de terrorismo generalizado, acicateado por los descomunales intereses derivados del narcotráfico y por la cómoda ideología bipolar y maniquea imperante que autorizaba a algunos al exterminio físico de todo lo que representara el disenso de izquierda o la simple protesta por las viejas y nuevas injusticias enquistadas en la sociedad. En este punto termina el relato de Abad; lo que sigue son secuelas de la historia, comentarios a la misma, declaraciones de principios. El comienzo del orden cronológico el autor lo remonta a un pasado familiar terrateniente y burgués, católico y conservador, en una sociedad más feudal que moderna, para explicarnos la conformación de su familia nuclear, disidente de sus ancestros y, al mismo tiempo, atada a la tradición; esto incluye el relato de los años mozos de su padre, desplazado ya por la Violencia a Sevilla, en el Valle del Cauca, donde, de todos modos, tuvo que sufrir el asesinato, uno tras otro, de sus mejores amigos de juventud. En este punto, la memoria del autor recibe el testigo, y a partir de aquí asistimos a la narración de selectas y sucesivas etapas de su propia vida, comenzando por los años de infancia para concluir en el momento de escribir la obra, etapas todas ellas contadas a través del prisma de su relación con el padre.
 
En este corte temporal se inscribe un relato ameno, lleno de ricas historias y de sustancias temáticas que se suceden unas a otras y que se ligan profundamente entre sí: el amor filial, la educación, la guerra eterna entre los fantasmas y la razón, la ética y la justicia, los sentimientos y la sensualidad, la muerte, el valor de la vida, la vida cotidiana, familiar y social, el país, son temas que se examinan con sensibilidad, agudeza y pasión. El texto rebosa un amor sin cortapisas por el padre y un sentido agradecimiento por el privilegio de haber tenido por mentor a un ser tan especial: “¿Cuántas personas podrán decir que tuvieron el padre que quisieran tener si volvieran a nacer? Yo lo podría decir”, declara el autor, y vuelve a declarar cosas como “Yo quería a mi papá con un amor que nunca volví a sentir hasta que nacieron mis hijos” o “…sentía por mi papá lo mismo que mis amigos decían que sentían por la mamá…” y muchas otras más. La vida al lado de su padre fue para Abad Faciolince un largo e intenso curso de educación para la vida, una educación a base de una permisividad convencida, de ejemplo, de razonamiento y, sobre todo, como se acaba de ver, de amor. Entre las pocas reprimendas que recibió el hijo está aquella por haber participado, inocentemente, en la Kristallnacht —versión juegos de infancia en Medellín— contra la casa de los vecinos Manevich: obligación de pedir perdón a los injuriados, y luego, los ánimos sosegados, una afectuosa y contundente explicación de los males del racismo, la intolerancia y el espíritu gregario irresponsable. “En general era muy indulgente con nuestras debilidades, si las consideraba irremediables como una enfermedad. Pero no era nada condescendiente cuando pensaba que algo lo podíamos corregir”.
 
Los temas enunciados atrás son tratados en escenas y episodios que los suscitan. Episodios que son acaecimientos históricos, que, en efecto, sucedieron, con toda clase de personajes de carne y hueso que vivieron o que viven aún. Y estos eventos, además de ser vehículo de la exposición de los temas, son en sí cada uno un cuadro, a veces una miniatura, a veces un lienzo de dimensiones considerables, lleno de información y de sugerencias acerca de la vida real que el autor se propone retratar.
 
Temas, eventos y escenas pasan todos, por supuesto, por el tamiz del personaje principal, el gran retratado, un médico formado en la escuela pragmática americana, a quien uno imaginaría más como un miembro del Club de Rotarios si no se hubiera tropezado con su propia rectitud y sensibilidad social y si el absurdo y la intolerancia prevalecientes no lo hubieran empujado a lo contrario. Demasiado torpe y despistado para ser un buen médico de consultorio o de quirófano, su labor se concentró en practicar y propugnar una medicina social, preventiva, cuya primera condición era suprimir el hambre, la ignorancia y las condiciones miserables de vida de los pacientes dejados de las manos de Dios y del Estado. Un discurso éste impopular entre el cuerpo médico y entre todos aquellos para quienes tal actitud suponía una acusación manifiesta, y que empezó a granjearle enemigos temprano en su carrera profesional y docente. Repudiado primero por los conservadores montaraces y luego por la izquierda viciada que los sucedió en el gobierno de la Universidad de Antioquia, perseguido en muchas ocasiones, a veces por períodos largos de su vida, nunca dejó de defender la tolerancia, el justo medio, la negociación. Éstas y muchas otras facetas de la vida pública y de la personalidad del padre serán expuestas a lo largo del libro, y uno de los méritos notables de la obra es la manera como logra que este hombre público encarne en un ser humano íntimo, sin que perdamos la sensación de estar ante el mismo personaje, aunque a veces pueda parecernos contradictorio. El relato abunda en situaciones que sólo la mirada de un hijo muy próximo puede rescatar del olvido, momentos que nos muestran a un padre dispensador de besos y caricias, de afecto y de sabiduría, de valores, de comprensión, de motivación, de consuelo. Un personaje que da y que también recibe, que siente con pasión: “Era al mismo tiempo un sensualista, un amante de la belleza (en hombres y mujeres, en la naturaleza y en las obras creadas por la humanidad) y un olvidado de las comodidades materiales de este mundo”. Y por ello era también un ser volcánico, “de grandes entusiasmos, de pasiones arrobadoras, pero no muy duraderas...”, que “Se hundía en abismos de furia e indignación por las injusticias sociales...”. Un hombre bueno, sensible, un ser humano con algunos defectos y lleno de cualidades admirables, un hombre que, tras sus carcajadas y besos sonoros, velaba por una fuerte convicción. “Luchar contra su firmeza vestida de alegría ha sido siempre imposible”, escribe el hijo.

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