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Edición N° 74

N° 74

Noviembre - Diciembre de 2006[ ver índice ]

 

Bogotá bizarra
Andrés Sanín,
Juan David Sánchez,
Sebastián Chalela
Aguilar
2006

 

“La Atenas suramericana”, como de manera pomposa y miope la bautizó alguna vez un exaltado viajero extranjero; “Tabogo”, como la llamaron en lenguaje camajo ciertos caleños cinéfilos (denominación que pronto derivó a “Tabollo”, nombre que incluía un fétido contenido crítico y editorial); “la tenaz suramericana”, como la rebautizó con sarcasmo un célebre grafitero cuyo nombre no recuerdo ahora, aunque tampoco estoy seguro de que haya sido un grafitero. En fin, Bogotá, la ciudad que vive dos mil seiscientos metros más cerca de las estrellas (la frase es de un publicista argentino y fue el eslogan oficial de la ciudad), tiene ahora una nueva guía cuyo lema es “La única guía para perderse”, y un título que funciona como un gancho para todos aquellos que gustan de lo insólito y extraño: Bogotá bizarra.
 
Así sea para perderse, Bogotá bizarra es una guía turística en el peor y en el mejor sentido de la palabra, si nos atenemos al origen mismo de esa palabra que tanto aterra a los intelectuales y viajeros ecológicos de hoy: dar una vuelta para ver qué se ve, voltear por ahí, hacer un tour, y en este caso, hacerlo por el lado “singular y extravagante” de la ciudad.
 
Bogotá bizarra, sí, aunque el autor del prólogo, Eduardo Arias, nos advierte:
 
 
Ojo. No todo lo que aquí se reseña es tan bizarro y extraño y hardcore. También los autores se refieren a ciertos sitios emblemáticos de la ciudad oficial como el Chorro de Quevedo, o la iglesia del barrio 20 de Julio. También se destacan lugares que aparecerían en guías como la de Lonely Planet o Bogotá 10 Dollars a Day. Así que acá hay de todo. Para los que buscan o sienten curiosidad por los metederos de La Candelaria, los bares de rock y salsa, el delirio multicultural de la rumba de la Primero de Mayo en el Profundo Sur Oeste, los territorios vedados y no tan vedados del sexo, los lugares donde se puede hacer piercing, suspenderse en el aire con la ayuda de unos ganchos de carnicero enterrados en la piel, los conciertos de mariachis enanos o empelotos, los cementerios para mascotas o las peluquerías de cucas... ni para que seguir con la lista.
 
 
Bizarra o no tan bizarra como los autores pretenden, esta guía para turistas que no quieren ser turistas, para turistas de los oscuros que no quieren ir adonde van los turistas que aceptan ser turistas, es una obrita que bien vale la pena consultar, ya sea como un turista mental que quiere saber, desde la comodidad de una poltrona, de todo lo extraño que hay en la ciudad. Pero, por supuesto, es mucho mejor utilizarla para perderse en lo que tiene de más perdido la ciudad, y para hallar lo que no se encuentra en otras guías normales que tienen como objeto hacer accesible el lugar común.
 
Y es precisamente en la diferencia entre el lugar común y lo bizarro donde se siente una de las fisuras del libro. ¿Bizarra o no bizarra? He ahí el problema. Hay que volver al título para comprender la clase de guía que tenemos entre manos. Los autores (Andrés Sanín, Juan David Sánchez, Sebastián Chalela) se embolatan con el término bizarro desde el inicio del libro, y escriben a manera de introducción un par de páginas tratando de aclarar qué quiere decir palabra tan bizarra. Pero el problema no es lo que dicen los diccionarios, ni el significado popular que tiene esta palabra. El problema consiste en entender qué es lo que entienden por bizarro los autores. Dónde está la línea que divide lo bizarro de lo no bizarro. Pongamos un ejemplo para entendernos. Dice el libro:
 
 
Si en alguna discoteca de la Primero de Mayo, Acertijo, Ámbar, Ángel o Sugar Gay, por nombrar sólo algunas, lo saca a bailar un individuo de su mismo sexo, no habrá forma de excusarse diciendo que no sabía en qué lugar se estaba metiendo [...] pues cada una de las discotecas gay tiene a la entrada una bandera con el arco iris que las distingue como tales.
Al entrar, los bouncers, hombres de pantalones descaderados, ceñidos al cuerpo, despelucados adrede, le anunciarán el show principal de la noche: un “estraiper” y una diva transformista que canta sin igual. Entre en el espíritu tolerante de quienes acuden a la “zona rosa” de la Primero de Mayo: homosexuales que conviven en armonía con los machos de los corridos mejicanos y punketos que toleran la curiosidad de gomelos que se van a rumbiar al Sur.
 
 
La descripción anterior puede sonar bizarra a los oídos de algún seminarista de pueblo que no conozca la capital y esté estudiando la mejor manera de perderse unos días en el anonimato de Bogotá, o pudo haber sido bizarra a principios de los años setenta, pero ahora no. ¿Bizarro un bar gay? ¿Una diva transformista? Tal vez en Lejanías o en Caramanta. Y eso que quién sabe.
 
Hay, por supuesto, una Bogotá bizarra en este libro, así como hay un mundo bizarro en toda ciudad que se respete. Y es un verdadero placer sumergirse en esta guía para luego perderse en la ciudad, en una Bogotá cada día más fascinante y compleja que crece parejo por cada uno de sus lados diurnos y nocturnos, paradisíacos e infernales, ligeros y pesados. Esta guía es una invitación a la aventura, a descubrir los recovecos de Bogotá y sus personajes singulares, y sobre todo, es una invitación a abrir los ojos, tal como lo dice Eduardo Arias en el prólogo:
 
 
De este libro me gustan muchas cosas. Pero tal vez lo que más me gusta es que obliga a quien lo lee a completarlo. Una vez uno lo repasa quedan ganas de buscarle nuevos apartados. Después de leerlo quedan ganas de mirar con cuatro, con cien ojos cada una de las cuadras de Bogotá.
 
 
Pero no dejo de sentir que Bogotá bizarra podría haber sido una guía más bizarra todavía, que hay muchos lugares y personajes que no son tan bizarros como nos los presentan los autores, que es una guía a medias, ideal para quienes no se han atrevido a poner un pie en el agua ni a salirse de las avenidas principales ni de los caminos trillados. Pero ante todo me molesta el lenguaje que no decae en su afán publicitario y por lo tanto es refractario a lo extraño, a lo no convencional, a lo singular, a lo bizarro:
 
 
Los pétalos de rosa sobre las mesas y sobre los platos, e incluso sobre la comida, hacen de Frida un lugar perfecto para el romance. Quienes sueñan con las recetas afrodisíacas que Laura Esquivel describe en Como agua para chocolate tendrán que pedir el pollo en salsa de pétalos que preparan en Frida. El restaurante tiene una arquitectura típica mejicana y se exhiben lienzos de artistas que pueden disparar la cuenta si se piden como postre para llevar a la casa.
 
 
Aun así, Bogotá bizarra es una buena guía... para empezar. Vendrán otros bizarros autores para dar fe de sus aventuras y desventuras en Bogotá. Los autores ya nos han dado el primer esbozo del otro lado del mapa. Las puertas están abiertas a lo desconocido. Salga no más, la ciudad está ahí, esperando.

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