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Ser un editor

Depositarios de ningún secreto y poseedores de ningún talento, los editores parecen no ser tan poderosos como suele creerse. Uno de ellos, veterano y exitoso, confiesa un par de verdades infames sobre el oficio.

Ser un editor
Traductor
Sandra L. Patarroyo
Edición N° 92

N° 92

Noviembre de 2008[ ver índice ]

A ti te gusta un libro; a mí no. Discutimos durante una hora pero no logramos convencernos el uno al otro. Podríamos haber estado discutiendo perfectamente acerca de cuál político merece nuestro voto, cuál equipo de básquetbol ganará en las finales o cuál actriz es más bonita. Somos simples ciudadanos, y no profesionales, en lo que a mantener nuestras opiniones se refiere. Nada importante resulta de lo que pensemos acerca de un libro, aparte del hecho extremadamente local de comprar o no un ejemplar (y del hecho no menos local de decirles a nuestros amigos y familiares que compren, o no, uno).

Los editores –creemos– son diferentes de nosotros en este aspecto: sus opiniones cuentan. Como expertos en literatura, ellos se especializan en encontrar las joyas entre la basura. Como editores expertos, están en capacidad de determinar cuál libro entre cien llegará a la lista de los más vendidos, se convertirá en una película de Spielberg y ganará un dineral para el editor (y para el autor). Las opiniones del editor deben basarse tanto en la experiencia como en el talento. De otro modo ¿por qué se le pagaría para tener esas opiniones? Si a una persona se le paga para hacer algo, suponemos que debe saber sobre ello.
 
Sin duda, las opiniones de los editores cuentan para los escritores que quieren que les publiquen sus manuscritos. Si un chofer de bus, un mesero, un vendedor de seguros o un plomero aprueba el manuscrito, usted probablemente estará complacido, pero quizá no irá a celebrarlo con una botella de champaña.
 
Cuando empecé a trabajar en editoriales comprendí, para mi sorpresa, que las opiniones de los editores usualmente no son más sabias que aquellas de los choferes de bus, los meseros, los vendedores de seguros o los plomeros. Los editores pueden discutir entre ellos durante una hora, y aun así, no llegar a ponerse de acuerdo. Hacen predicciones acerca del éxito o fracaso de un libro con un tino no mayor que el que usted o yo podemos tener. Se decepcionan constantemente, se sorprenden o quedan perplejos por lo que pueda o no pasar después de que un libro salga al mundo con su tapa colorida y brillante.
 
Una vez le pregunté a un editor veterano (había estado en el medio durante aproximadamente treinta años y había trabajado con escritores famosos en todo el mundo) cómo era que los editores lograban mantener sus trabajos a pesar de que a muchos de sus libros no les iba bien en el mercado. Su respuesta fue que, a largo plazo, uno debe mantener un “promedio de bateo” (como era un fanático del béisbol, utilizaba siempre metáforas de esta clase). Notemos que no me dijo si ese promedio de bateo era el resultado de una habilidad innata o de simple suerte.
 
Los editores les sirven a las editoriales como filtros. En un mes llegan cientos de manuscritos, el editor selecciona de entre ellos dos o tres para ser considerados en el comité semanal o mensual. Mientras que es deseable tener un filtro para poder separar las joyas de la basura, también lo es para el funcionamiento cotidiano de las editoriales. Simplemente se necesita un filtro.
 
Frecuentemente no hay joyas en lo absoluto, ni siquiera una, escondida entre los arrumes de cientos (o miles) de manuscritos. Las editoriales deben publicar, no se pueden quedar sentadas y esperar a que aparezca una joya: debe haber un flujo constante de producción. De este modo, en un sentido práctico, realmente no importa si el filtro es bueno.
 
En mi limitada experiencia como editor (diez años de medio tiempo y casi treinta de tiempo completo) no he observado una relación clara de causa-efecto entre el descubrimiento de joyas y la permanencia en el trabajo. Soy testigo, más bien, de algo que se conforma con el racional y comprensible (si bien despiadado) sistema darwiniano-capitalista de recompensa y castigo.
 
Una anécdota sirve para ilustrar lo anterior: es una puesta en escena en tres actos con un giro dramático. Acto 1: un joven editor adquiere la primera novela de un autor desconocido. Acto 2: de manera inesperada, con este libro hay una gran emoción en la casa editorial y, después, dentro del público. Súbitamente está en la lista de los más vendidos y servirá de base para una película de Spielberg. Acto 3: el editor joven es despedido para que un editor de más edad y con más trayectoria pueda tomar el libro y ubicar al autor en el “establo” de los grandes.
 
Definir el éxito de un libro es bastante complejo. Aquí tenemos un ejemplo interesante entre muchos: mi antiguo jefe, un editor especializado en traducciones de libros extranjeros, adquirió los derechos de un autor portugués bastante apreciado en Europa. Publicamos una novela después de la otra, con muy buenas reseñas, aunque no se vendieron bien ni las ediciones en tapa dura ni las ediciones en rústica. ¿Fueron estos libros un éxito? El editor estaba definitivamente perdiendo plata con ellos. Hoy, dado el momento difícil para las editoriales, muchos editores dirían: “No vamos a editar más esta clase de libros”. Luego cancelarían la colección y retirarían al editor.
 
En 1998 este autor, cuyo nombre sigue siendo desconocido para la mayoría de los americanos (José Saramago), ganó el Premio Nobel de Literatura y justo antes de este acontecimiento había algo de emoción acerca de su más reciente novela, Ensayo sobre la ceguera. De un momento a otro comenzó una demanda por varias de las novelas que habíamos traducido y publicado a lo largo de los años; los libros se reeditaron y la editorial empezó a ganar plata con Saramago.
 
Esta reacción –el éxito tardío– no es tan rara. En la ciencia ficción, por ejemplo, ocurrió con la obra de Philip K. Dick. De otro lado, en la literatura más corriente, la novela Catch 22 de Heller era una perdedora total antes de ser una ganadora total.
 
 
Los editores son guardianes. Muchos se complacen con esta posición destacada, se promueven a sí mismos, inflándose y pavoneándose. La razón: gente con dinero, fama y poder, gente en la cima de sus profesiones (actores, políticos, cirujanos, astronautas o presidentes de compañías), deciden que quieren escribir un libro, sus memorias o incluso una novela. Ser autor de un libro sigue considerándose en nuestra cultura como algo maravilloso (particularmente por gente que nunca ha escrito). Es un sueño personal: quizá se ven a sí mismos firmando copias en las librerías, con una fila de fans que empieza en la puerta y da la vuelta a la cuadra.

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