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Edición N° 73

N° 73

Septiembre - Octubre de 2006[ ver índice ]

 

Cuerpos en
movimiento
y en reposo
Thomas Lynch
Alfaguara
2006
 
 
Hace muchos años un amigo poeta, copa en mano, se preguntaba y me preguntaba “si habría más muerte más allá de la vida”. La pregunta quedó resonando sobre las otras frases de la noche, y sobre los tangos y boleros que nos acompañaban, y siguió resonando para siempre en mi memoria. La reflexión de mi amigo ponía las cosas en una perspectiva más ¿cómo decirlo? adecuada: la conciencia de la muerte, la muerte misma, sólo existe porque estamos vivos. Ya muertos la muerte no es posible para nosotros. Más allá de la vida no hay vida. Tal vez la vida de los otros, pero ése ya no es el asunto que nos incumbe.
 
Traigo a colación la pregunta de Agustín, mi amigo, porque he estado leyendo un nuevo libro de Thomas Lynch titulado Cuerpos en movimiento y en reposo, cuyo título hace alusión directa a los vivos y a los muertos. Y Thomas Lynch sabe de qué habla, pues además de escribir ensayos tiene como oficio el de director de pompas fúnebres. A su primer libro le puso por título, sin aspavientos, El enterrador.
 
Lynch no se va por las ramas: le encantan sus oficios, enterrar y escribir, y escribe sobre ambos con natural desenfado. Al fin y al cabo, como decía Augusto Monterroso, sólo hay tres temas que cuentan: el amor, la muerte y las moscas. Como especialista en asuntos de muerte Lynch tiene muchas cosas por decir, y las dice de frente sin caer en sentimentalismos con los deudos ni con los difuntos, como en el ensayo que le da título al libro en el cual relata el momento en que le toca encargarse del cuerpo de George Horton, “el sacristán del cementerio, muerto en su lecho este jueves por la mañana a una hora normal”.
 
 
¿Pero por qué?, pregunta de nuevo la mujer, y ahora resulta evidente que explicarle cómo ocurrió lo que ocurrió no va a ser suficiente.
 
Entonces me veo pensando en todos los posibles sospechosos: las hamburguesas de queso, el whisky, los Lucky Strike, los diez o quince kilos de más que todos nosotros, bueno, algunos de nosotros, nos echamos encima, las caminatas que no hicimos, la medicación preventiva que siempre ignoramos, el trabajo y las preocupaciones y los impuestos, las malas rachas, la bestia que en el fondo somos, las cosas del mundo, la mierda que simplemente pasa porque pasa.
 
Pero Nancy tampoco está preguntando por esos detalles. Lo que ella quiere saber es por qué. Por qué, en el más sobrecogedor y ampuloso sentido de la palabra, no somos eternos; por qué nos tenemos que morir. Por qué estamos condenados a la orfandad y al desamparo. Por qué dejamos de existir. Por qué no nos deja en paz natura. Por qué no somos inmortales. ¿Por qué esta mañana? ¿Por qué George Horton? ¿Por qué, por qué, por qué?
 
No son pocas las veces en mi vida que, como dueño de una funeraria o director de pompas fúnebres, me han preguntado lo mismo colegiales, viudas recientes, cavilosos clérigos, peregrinos compañeros de viaje... quizá todos piensan que yo fui el de la idea...
 
 
Ocurrió lo que ocurrió porque ocurrió y a todos nos ocurrirá, tarde o temprano, parece razonar Lynch. ¿Qué otra cosa podría decir frente al Misterio de la muerte un enterrador lúcido que no tiene negocios con el más allá sino con el más acá? Y en el más acá estamos los vivos, los que todavía contamos, y por ello el autor se ufana de lo que sabe: “No hay nada como contemplar un cuerpo humano sin vida para ayudar a los vivos a separar los buenos días de los malos. Y sobre esta verdad sí tengo experiencia”. Es reconfortante, por contraste, leer a un autor que le saca tanto provecho a los muertos. Y lo hace con gracia: los muertos le ayudan a vivir. En más de un sentido su negocio tiene sentido: le permite sostener a su familia, darse gusto, viajar, comer, pagar los impuestos y las universidades de sus hijos, pero también le ayuda a encontrar sosiego. No es un enterrador insensible. Es, además, un poeta, un poeta que escribe versos extraños y delirantes, un poeta que ama a los poetas —Yeats, William Carlos Williams y Wallace Stevens son tres de sus grandes amores— y ama las palabras hasta el punto de saber oír a sus muertos:
 
 
Y era justamente allí, en las salas de la funeraria —mi diario vía crucis con los muertos recientes del vecindario— donde la oscuridad y la pesadumbre con frecuencia daban paso a la luz: un conciudadano extendido cuan largo en su féretro, rodeado de coronas de flores, esperando homenajes y exequias, de pronto me hablaba en ese código mudo que suelen emplear los muertos: “¿De manera que crees que estás pasando un mal día?”. Entonces, de pronto, de buenas a primeras y a propósito de nada, la pesadumbre se esfumaba. He ahí —me decía— alguien a quien en realidad le ha ocurrido lo peor (por lo general de las más variadas maneras) y, sin embargo, del cadáver no salía ni una sola queja. Ni se había acabado el mundo ni se derrumbaban los cielos ni su gente (la del muerto) quedaba desolada de manera irremediable. En otras palabras, todo seguía en orden, todo estaba bien. Después de todo, siempre hay tantas cosas por las cuales debemos dar gracias como asuntos por los que nos debemos inquietar.

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