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La bata japonesa

Tímido escritor de prosa íntima el primero, crítico audaz e incisivo el segundo, los peruanos Julio Ramón Ribeyro y Luis Loayza fueron compañeros de letras y amigos cercanos. Se encontraron por primera vez en París a principios de los años sesenta. Ribeyro trabajaba como periodista de la AFP y Loayza preparaba su novela Piel de serpiente. Años más tarde, Tusquets editó las Prosas apátridas de Ribeyro, y los dos amigos cruzaron correspondencia en torno al libro. A continuación transcribimos las cartas, publicadas recientemente en la revista hueso húmero: un diálogo entre dos amantes de la literatura sobre el oficio de escribir y la crítica, pero ante todo una lúcida invitación a despojarse del “exotismo, la moda, el lustre”.
La bata japonesa
Edición N° 68

N° 68

Febrero - Marzo de 2006[ ver índice ]

París, 5 de mayo de 1975

 
Querido Lucho:
 
Encontrarás junto con ésta un ejemplar de mis Prosas apátridas. Las he releído y he corregido algunas erratas antes de enviártelas, y la verdad es que el librito me ha dejado un poco meditabundo. Yo no sé lo que es ni qué cosa persigue. Es diferente ver un libro impreso que verlo en manuscrito. Mientras no esté publicado no pasa de ser un borrador, algo perfeccionable o renunciable, pero una vez que sale a la luz no hay nada que hacer, ya está allí, hay que asumir su entera responsabilidad, no cabe la menor excusa. Lo único que deseo es que cada lector encuentre una prosa, aunque sea una sola, que le guste, que le diga algo, que le sugiera algo, de la cual retire algo que sólo se encuentre allí. Pero quizás estoy pidiendo demasiado.
 
Lo que sí quisiera decir es algo sobre su título que, como te dije en mi anterior, se presta al equívoco. Basta ver la carátula para darse cuenta de que el diagramador ha “tombé dans le piège” y ha pensado que se trata de las prosas de un apátrida. Observarás que el título no tiene nada que ver con la nacionalidad. Yo quería aludir al carácter mismo de los textos, que son textos sin “patria literaria”, es decir que fueron escritos en diversas épocas y circunstancias, con la intención no muy precisa de ser incluidos en alguna novela, cuento o artículo, pero que se quedaron sin lugar, porque no se les dio cabida, ningún género quiso hacerse cargo de ellos, eran el estorbo definitivo y al final no les cabía otro destino que ser fragmentos, textos dispersos, desamparados. Fue entonces cuando se me ocurrió reunirlos y dotarlos de un espacio común, donde pudieran sentirse acompañados y librarse de la tara de la soledad. Ésa es, en muchas palabras, la explicación del título.
 
Pasando a otras cosas, me complace que mi última carta te haya puesto de un “humor excelente” como dices, lo que es una manera muy británica de confesar que te halagó. Ése era mi propósito. Yo no creo, como tu amigo Léautaud, que “admirar empequeñezca”. Escatimar un elogio, cuando es merecido, es propio de los espíritus mezquinos.
 
En tu carta tocas varios temas que me interesan, pero uno en particular es de aquellos a los cuales hace años le doy vueltas sin encontrarle una respuesta adecuada. Me refiero a las relaciones entre biografía y obra literaria. El asunto puede enfocarse desde muchos puntos de vista, pero sólo quiero mencionar uno: si al valorar una obra literaria tenemos que tener en cuenta las circunstancias de la vida de su autor. Proust, como lo recuerdas muy bien en tu carta, censuraba en Saint-Beuve la tendencia a mezclar lo biográfico y a menudo lo anec­dótico con la crítica literaria, pero fue Valéry quien llevó esta actitud a su extremo al imaginar una historia de la literatura que prescindiese totalmente de toda referencia a los autores de las obras. La idea es bastante seductora, pero a mí no me llega a convencer del todo. Justamente en estos días tuve que viajar a Utrecht para dar una conferencia nada menos que sobre literatura peruana en unos de esos incomprensibles institutos latinoamericanos que funcionan en las ciudades menos pensadas. Como tenía que tratar de la novela indigenista tuve que documentarme de la vida de Ciro Alegría, que conocía muy superficialmente, y así pude comprobar que fue una tragedia —iba a decir griega o china, pero diré simplemente peruana: prisiones, deudas, desarraigo, enfermedades, deportaciones, angustias, divorcios, etc.—. Sus obras más importantes fueron escritas antes de los 30 años. Todas ellas lo fueron además con el propósito de presentarse a un concurso que de ganarlo lo sacaría de apuros. El conocer el contexto en el cual esta obra fue escrita ha modificado mi opinión sobre ella. Yo que tendía a desdeñarlo un poco comprendo ahora que su labor fue “heroica”, para emplear un término tuyo, y que por ello mismo merece no sólo respeto, indulgencia, sino una valoración diferente. Muy distinto es el caso de Arguedas. Arguedas es un escritor de la “madurez”. Su primer libro importante, Yawar fiesta, aparece en 1940, justamente el mismo año en que Ciro publica su último, El mundo es ancho y ajeno, y ambos tienen casi la misma edad, pues Ciro nació en 1909 y Arguedas en 1911. Así, puede decirse que Arguedas inicia su carrera literaria y afianza su vocación de escritor cuando Ciro la relega a segundo plano. Aparte de ello Arguedas escribió sin ninguna premura material, en una situación más estable, sin prisa ni plazos que se vencían. No creo que esto explique el valor y el alcance de sus obras, pero ayuda a comprenderlas y permite una evaluación más equilibrada. Me dirás que en literatura lo que interesa son los resultados, no la vida del autor. Es cierto y no es cierto (de allí que no sepa aún qué pensar), pero creo que las circunstancias históricas, biográficas, sociales, familiares, etc., cuentan, y así, el Quijote no sería lo mismo si en lugar de Cervantes lo hubiera escrito, digamos, un amigo de Ricardo Palma, así como tampoco admiraríamos tanto Los cantos de Maldoror si en lugar de ser la obra de un adolescente que vivió en París en la segunda mitad del XIX fuese el ejercicio de un profesor actual de la Sorbona. En fin, con estas opiniones que dejo fluir, sin mayor examen, no pretendo resolver nada, tal vez sólo darte pie para que me contradigas.
 
Hay otros puntos en tu carta que merecen un comentario, pero los dejo para otra oportunidad. Ya te doy bastante lata con mi librito y con estas interrogaciones. Confío que tu proyecto de breve excursión a París se realice. Daríamos una vuelta por los jardines del Palais Royal, por donde cuando trabajábamos en la AFP hacíamos a veces un recorrido rápido y fantasmal después del almuerzo en la cantina.
 
Un abrazo de
 
Julio Ramón

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