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Breviario: Encontrar el Mozart interno
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María Alejandra Pautassi
Edición N° 68

N° 68

Febrero - Marzo de 2006[ ver índice ]

Con motivo del eterno Año Mozart que se abre y que por caprichos de la aritmética ya vivimos hasta el hastío en 1991, publicamos una opinión heterodoxa sobre el afamado compositor.

 
La semana pasada en Shepperton se empezó a filmar La flauta mágica en inglés, la primera ópera que llega a la pantalla grande en años. Ignoren el hecho de que esté en inglés; eso es lo que paga las cuentas. El principal apoyo de la película proviene de sir Peter Moores, el millonario inglés de las apuestas de fútbol, quien ha invertido gran parte de su riqueza en infortunadas grabaciones de ópera en lengua vernácula. 
 
Quizás esta vez dé en el blanco. El proyecto tiene como director al taciturno Kenneth Branagh y se basa en un guión de Stephen Fry que traslada el libreto de Emanuel Schikaneder a vísperas de la Primera Guerra Mundial, cuando comenzaba la destrucción masiva. Los cantantes son en su mayoría desconocidos —no se consigue a un Bryn o a un Reene con un presupuesto de 27 millones de dólares—, pero los pronósticos no son desalentadores.
 
La ópera más apasionada que yo haya visto en cine fue La flauta mágica, cantada en sueco y dirigida hace treinta años por Ingmar Bergman, en su época más lúgubre —entre Escenas de la vida conyugal y Cara a cara—, pero que trasciende el estado de ánimo de su creador y las restricciones de la declamación clásica, al explorar los límites existenciales de la oscuridad y la luz, un territorio que pertenecía más a la Viena de Freud que a la de Mozart.
 
La película de Bergman (ahora en DVD) levantó sospechas de que a lo mejor detrás de Mozart había mucho más de lo que parece a primera vista, un subtexto que ofrecería satisfacciones intelectuales y espirituales. Dos de los más exitosos estudios de los últimos años sobre Mozart fueron escritos por freudianos, Wolfgang Hildesheimer y Peter Gay. Los afiches para el Festival de Viena de este año muestran a las dos celebridades locales, una al lado de la otra: Mozart por su cumpleaños número 250, Freud por su número 150.
 
La conexión es, sin embargo, insostenible. Freud, aparte de un ligero afecto por Don Giovanni, no tenía tiempo para la música; Mozart, a excepción de las intuiciones inconscientes sobre el parricidio en la misma ópera, no parecía bueno para la psicología. A pesar de la famosa aseveración de Sören Kierkegaard de que el Don Giovanni de Mozart es “la más grandiosa obra de arte que se haya hecho”, a pesar de la amable película de Joseph Losey sobre esta misma ópera, no hay un vínculo que se sostenga entre Mozart y la modernidad o el mundo de las ideas.
 
Nos arriesgamos a parecer ridículos dándole demasiada importancia a Mozart. Ludwig Köchel, el decimonónico catalogador de sus manuscritos, enumeró 626 obras terminadas. ¿Cuántas de éstas son obras maestras? De las 41 sinfonías, no más de seis, la Júpiter y las inmediatamente anteriores, lo son. De las veintidós óperas en cartelera en Salzburgo este ve­rano, sólo el “Tríptico de Da Ponte” —Las bodas de Fígaro, Don Giovanni y Così fan tutte— y La flauta mágica. De los veintisiete conciertos para piano, los dos en tono menor y quizás otro par. Súmenle a esto el Concierto para clarinete, los conciertos para flauta y Eine Kleine Nachtmusik, y ahí tienen casi todo lo de Mozart que vale la pena oír.
 
Para nada un buen promedio de tiros certeros en una producción de 626, ni siquiera si se hace caso omiso de las primeras 100 o 200 obras alegando que son juvenilia. Haydn, en comparación, puede contar 40 de sus 104 sinfonías como éxitos perdurables. Las nueve de Beethoven merecen atención. Mozart, al lado de ellos, era un compositor del día a día, vendiendo obra tras obra como si fueran empanadas, para luego pasar a la siguiente. 
 
El antiguo duro del Festival de Edinburgo, Peter Diamand, alguna vez me contó de una pregunta que le había hecho Toscanini a principios de los treinta, después de que Artur Schnablel hiciera una extraña presentación del último concierto para piano de Mozart, el K 595. ¿Valía la pena —se preguntaba Toscanini— repetirlo? Eran pocos los músicos en esos días que conocían más de veinte obras de Mozart.
 
Inflar la figura de Mozart al nivel de “genio inmortal”, cada una de cuyas notas y fragmentos eran un regalo de Dios, es el resultado de motivaciones contem­poráneas, no todas ellas angelicales. La República de Austria, para celebrar su presidencia de la Unión Europea, ha invertido 100 millones de euros en Mozart, con la idea de atraer 300 mil turistas más y acrecentar el orgullo patrio.
 
Las multinacionales de música están produciendo Mozart al por mayor, calculando que uno de cada cuatro cidís de música clásica incluye su nombre y que el tipo tiene reconocimiento de marca. Classic FM ha producido un disco de Mozart para bebés. Estamos ante un renacer de Mozart a la manera de McDonalds: hay uno en cada esquina, y siempre es el mismo en cualquier lugar del mundo. El menú de este fin de semana es Mozart doble carne y Mozart dietético para los que cuidan el peso. Me encanta...
 
Encontrar algo de mérito en este insípido hervidero no es un asunto fácil para un escéptico de Mozart. Entre las miles de grabaciones que se han vuelto a escuchar, las que hechizan el oído son las iconoclastas: Richter en el Concierto en Re menor, Landowska en el Concierto en Mi bemol mayor, Denis Brain incomparable en los conciertos para trompeta, Klemperer megalítico en la Júpiter, cada uno concentrado en la obra que tiene a la mano, inmunes al culto Mozart.  
 
La forma tradicional de llegarle a Mozart es como si fuera la obra de un genio, no exponiéndose de manera indiscriminada a un arrume mecánico. Ningún compositor ha escrito un sexteto como el que hay en Così fan tutte, o un trío, si a ello vamos. Nadie ha hecho que los oyentes sonrían como lo hacen en la Serenata Haffner, o se rían entre dientes como lo hacen en Las bodas de Fígaro. Éstos son los Mozarts para atesorar.
 
Pero eso no es lo que nos dicen las investigaciones de mercado. Las grandes encuestas sugieren que la mayoría de la gente quiere oír a Mozart de manera mecánica, que quieren sumergirse en un jacuzzi de música. Su amor profeso por Mozart es un impulso escapista, y el Año Mozart ha sido meticulosamente diseñado para ser una negación de la realidad: una Disneylandia para oyentes. Aléjense de todo esto con la Sinfonía en Sol menor.
 
Razón por la que, enfrentado a una arremetida de Mozart por todos los flancos, vuelvo a Bergman con gratitud y alivio. El sueco, en todos sus pesares, vio al niño que había en Mozart e hizo de La flauta mágica una parábola de impotencia que recuerda a Alicia en el país de las maravillas y a El mago de Oz. Pero también tiene un optimismo fundamental, la fe de que es posible un mundo mejor. De todas las adaptaciones de Mozart que he visto y oído, ésta es la que me hace querer creer en un Mozart más allá de Mozart, un Mozart que absorbió las ideas de la Ilustración, al igual que las técnicas clásicas. Me pregunto si Branagh ve lo mismo. Lo que necesitamos que hagan él y Peter Sellars y todos lo otros que están invirtiendo sus valiosas energías en Mozart este año no es que trasplanten de manera pedestre las óperas a un época distinta, sino que escarben los miedos y las fantasías e interpreten los sueños. Con toda seguridad Bergman no fue el único director de cine que encontró su Mozart interno.

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