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Coda

A propósito de las universidades públicas

El de la universidad pública es un tira y afloje nada nuevo. A continuación, un ex rector de la Nacional raja el tema desde atrás y desde adentro.

Coda: A propósito de las universidades públicas
Edición N° 93

N° 93

Diciembre de 2008[ ver índice ]

En el siglo pasado, terminando la década de los cuarenta, cuando el transcurrir de la Universidad Nacional de Colombia era aún apacible, durante una discusión entre estudiantes internos, uno de éstos, algo embriagado, esgrimió un revólver. El rector de entonces, Luis López de Mesa, convocó de urgencia al Consejo Directivo para analizar tan insólita y alarmante ocurrencia. Su propuesta para evitar futuros desmanes fue que se trajera de Suiza a una educadora y se le encomendara dirigir las residencias estudiantiles. Sin duda, las costumbres y los protagonistas eran otros, muy distintos a los que vinieron después.

Aprovechando el ofrecimiento de El Malpensante de abrir sus páginas a quienes “se atrevan a decir qué quieren, qué está mal, qué debería corregirse o qué debería mantenerse tal cual en las universidades públicas”, acepto el reto, consciente de que el problema que pretende ventilarse es complejo y vidrioso, pues sus verdaderas causas trascienden los linderos donde se origina. Considero que lo que voy a decir no es un atrevimiento; quiero relatar algo de lo mucho que al respecto he vivido y sufrido. Espero que sea un aporte útil.
 
El campus de las universidades públicas es una especie de caja de resonancia, que amplifica y difunde los sonidos estridentes que en su interior se originan. Esta circunstancia es aprovechada por quienes sienten aversión por “el establecimiento”, es decir, por el sistema de gobierno que maneja el país, y de manera periódica la manifiestan estentóreamente. Alguien, con intención jocosa pero venenosa, calificó estos brotes de inconformidad como de “retozos democráticos”, para hacer caer en la cuenta de que ellos no tendrían ocurrencia en los gobiernos totalitarios. Sucede que las libertades que la democracia concede permiten que la universidad alimentada por el Estado sea convertida en un arma arrojadiza contra el propio Estado.
 
Las características de las normas académicas y administrativas hacen posible –por fortuna– que en las universidades públicas tengan cabida jóvenes de cualquier condición social, económica, racial, religiosa y, por supuesto, política, sin discriminación alguna. Igualmente, se permite la existencia de “estudiantes crónicos”, que terminan convertidos en agitadores profesionales (es probable que entre ellos figuren los subversivos que ahora la Fiscalía está buscando en las universidades). A lo anterior hay que agregar la figura de “la extraterritorialidad”, creada más por la costumbre que por norma alguna. Esta figura estrambótica en la práctica otorga inmunidad, o fuero especial, a quienes quieran adelantar protagonismo vandálico desde el interior del campus.
 
En buena medida la población estudiantil de las universidades públicas está compuesta por jóvenes de estratos bajos, que han tenido el privilegio de acceder a la educación superior gratuita, sufragada por contribuyentes de los estratos medios y altos. Trasplantados a un escenario propicio donde poder expresar sus resentimientos sociales, son presa fácil de los agitadores. Algunos llegan a ser caracterizados líderes de ideas revolucionarias, sarampión éste que se les desaparece cuando ingresan al mercado profesional.
 
Me correspondió dirigir la Uni­ver­sidad Nacional en momentos particularmente difíciles, no porque la institución afrontara crisis académica o financiera alguna, sino por lo que ocurría en el país. El gobierno del presidente Betancur –en su afán por alcanzar la paz– había amnistiado a guerrilleros del M-19, con la gabela de que, quienes quisieran, podían reintegrarse a la universidad. Los que lo hicieron faltaron a su promesa, es decir, volvieron a sus andanzas, esta vez encapuchados y amparados en su condición de estudiantes. Luego de que cometían los desmanes en las vías aledañas al campus, regresaban a las residencias, seguros de que allí no los buscarían las autoridades. El 16 de mayo de 1984 tuvo lugar en predios de la Universidad un feroz enfrentamiento entre la policía y sujetos embozados, con un saldo de 22 heridos, a bala unos, con ácidos y granadas otros. Hubo 123 detenidos, la mayoría de ellos encapuchados. Las autoridades secretas del Estado divulgaron posteriormente que 37 eran guerrilleros amnistiados.
 
En el comentario “Unas cuantas preguntas sobre la universidad pública” (El Malpensante 92), se leen estas dos: “¿Qué representan las imágenes de Ernesto Guevara y Camilo Torres en las paredes de un centro de educación superior en pleno siglo XXI? ¿Qué tienen que ver esos íconos con la educación pública, con la ciencia, las artes o el conocimiento?”. Respondo: en verdad, nada. Son la antítesis de todas esas disciplinas, si se interpretan como los representantes de una revolución violenta a favor de un sistema político totalitario como el que existió en la Unión Soviética o como el que se mantiene en China y en Cuba, y que es, precisamente, el que añoran y propician algunos desde la universidad pública.
 
Es válido reconocer que las tesis de contenido social preconizadas por el padre Camilo Torres, por lo que tienen de justas, mantienen vigencia y son de urgente aplicación, no solo en Colombia sino también en muchos otros países del continente. Lo que cuesta trabajo aceptar es que para alcanzarlas sea necesario sacrificar la libertad, principio tan caro al espíritu de quienes entendemos bien lo que es una democracia.
 
Respecto a lo que los íconos de marras representan, es inaudito que el Che Guevara hubiera sustituido al fundador de la educación pública en Colombia. En una época de cordura histórica, la plaza principal de la un fue bautizada Plaza Francisco de Paula Santander, y en ella se levantó su efigie. En los días del boom castrista, efigie y nombre fueron derribados y a cambio se consagraron los de un aventurero extranjero, con quien los colombianos no tuvimos ni tenemos deuda alguna. La indolencia que ha caracterizado a las mayorías silenciosas que a diario cruzan la Plaza Santander ha permitido que se mantenga viva esta ignominia histórica, esta afrenta a uno de los fundadores de nuestra nacionalidad. Ahora, a los anteriores íconos, se han añadido los de Tirofijo y Raúl Reyes, prohombres paradigmáticos para contados estudiantes y profesores, matriculados en la escuela de la subversión.
 
En razón a que en nuestras universidades públicas se permite el libre juego y posesión de ideas, no faltan –como dije antes– quienes, en su afán por reivindicar las causas populares, quieren que esas instituciones se conviertan en enemigas del sistema de gobierno vigente y le declaren la guerra. Afortunadamente quedan ya muy pocos de aquellos que tuvieron como meta destruir la universidad por considerarla el granero que surte de cuadros directivos al sistema, lo alimenta y por eso lo perpetúa. De otro lado, existen quienes quieren que la universidad sea un remanso de paz, donde apenas se ocupe el tiempo en desarrollar los programas académicos, con abstracción de lo que ocurra en el ámbito social. Son los que reclaman la universidad profesionalista, la que solo debe existir para provecho y prestigio personales.
 
He llegado a creer que para la universidad pública, y para el país también, sería muy útil que quienes conforman el estamento estudiantil se ubicaran en el punto medio de estos dos extremos. De esa manera es de suponer que se eviten los conflictos violentos, se eliminen las capuchas, se silencien las piedras, las bombas y las pistolas, y se entregue el tiempo al estudio y a la preocupación constante sobre los problemas que agobian a la sociedad. Sería la mejor estrategia para que en la Universidad del Estado se formaran los verdaderos líderes, los inductores y actores cerebrales de un cambio pacífico. Lo que hasta ahora hemos visto es que algunos de esos jóvenes estudiantes, empujados por la irreflexión y el fanatismo, ofrendan su tranquilidad, y hasta sus vidas, de manera inútil, estéril, pues el cambio soñado se hace cada vez más distante si se transita por campos minados y tortuosos. Lo que consiguen, sí, es inmolar con ellos a la institución universitaria, que es, insisto, la llamada a verificar la transformación inteligente de nuestras costumbres sociales y políticas.

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