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Boxeando con mi sombra

Durante dos años el autor con­versó, comió, caminó con el ex campeón mundial de boxeo Kid Pambelé, y entrevistó a sus conocidos y familiares. El re­sul­tado será pu­blicado próxi­mamente por Random House con el título El oro y la os­curidad. Aquí presentamos, a manera de aguinaldo navideño, el epílogo del libro.
Boxeando con mi sombra
Edición N° 67

N° 67

Diciembre - Enero de 2006[ ver índice ]

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—La pobre vieja Bruna ya debió morirse —dice, pensativo.

Revalido su sospecha y, de paso, aprovechando la dirección que ha tomado la charla, le informo que Luis Lara Acosta, su sparring en la cuerda de Machado, también falleció. Pambelé suspende de manera abrupta la revisión de las fotos. Esta vez su gesto de sorpresa no tiene nada de teatral. 
 
—Pobre Lara —es todo lo que dice. Y en seguida retorna a su faena.
 
Le pregunto si al fin Machado le pagó la famosa deuda de los 70 mil dólares y, como siempre, finge no oírme. Le da la vuelta a una foto que está al revés, una foto de Machado, precisamente. Pero no dice ni mu. Razón tenía Miguel Gómez, el dueño de Bogotana de Ediciones, cuando me dijo que Pambelé “es como una varita untada de barro, no hay por dónde agarrarlo”. Ahora entiendo el símil perfectamente: el tipo es inaprensible, resbaladizo. Cuando juras que ya vas a sujetarlo, se escabulle, ¡zuaaaaaaas!, como si te jalaran la varita, y sólo te deja un manchón de lodo en la palma de la mano.
 
—¿Machado te pagó la deuda, Pambe?
 
Silencio.
 
Después vuelve a suspender la revisión de las fotos.
 
—Pobre Lara Acosta —suspira—. Yo no sabía que se había muerto.
—¿Era de la edad tuya?
—Él era mayor. Lo que pasa es que recibió mucho puño. ¡Imagínate, era mi sparring!
—¿Quieres decir que murió porque tú le pegabas muy duro?
 
Silencio otra vez. Cara de tedio. Un vistazo al reloj.
 
—¿Machado te pagó la deuda?
—Hombeee, deja la vaina quieta.
—¿Por qué no quieres hablar del tema?
—Él no me quedó debiendo nada —rezonga con fas-tidio.
—Tengo en la casa por lo menos treinta periódicos donde tú apareces hablando de esa deuda.               
—Quema esos periódicos, que él no me debe nada.
—Listo, yo quemo los periódicos. Pero dime por qué escribiste tu nombre tantas veces en la hojita esa que botaste hace un rato.
 
Pambelé sonríe con una mezcla de picardía e impotencia, como admitiendo que está contra la pared.
 
—Lo que pasa —dice entonces, sin un ápice de rubor— es que yo te iba a regalar una dedicatoria y estaba practicando la firma.
 
Ahora el que se queda en silencio soy yo. Justo cuando pienso en llamar al mesero para pedirle la cuenta, oigo de nuevo la voz de Pambelé.
 
—Oye, regálame otra hojita de esas.
 
 
***
 
De todos los testimonios que he recogido para armar este perfil, el más árido es, precisamente, el del protagonista. No porque carezca de la capacidad suficiente para expresarse, sino porque no le interesa en absoluto que yo toque sus puntos vulnerables. Como maneja una lista tan extensa de temas vedados, me deja sin piso, sin oficio, sin preguntas. Y así, cada encuentro con Pambelé es un diálogo de sordos: él, oculto en un caparazón impenetrable, y yo, maniatado. No habla del maltrato a su familia, ni de sus escándalos públicos, ni de su delirio de grandeza. Simplemente me escudriña, me pide otro pedazo de papel, me dice que Orlando Cabrera es tremendo short stop, o le mira el trasero a una mujer cuarentona que pasa por su lado. Jamás reconoce su adicción a las drogas y al alcohol, jamás reconoce que tiene un problema serio.
 
—Los médicos afirman que si te sometieras a un tratamiento completo en Cuba —sin marcharte antes de tiempo, como hiciste la vez pasada— podrías recuperarte.
 
Pambelé, por supuesto, sigue callado, aunque con su gesto te dice algo así como “chévere, pero gracias”.
 
De modo que me toca apelar a muchas personas para poder contar la vida gloriosa y trágica de Kid Pambelé. Todas esas voces se van sumando como las piezas desperdigadas de un rompecabezas. Hay un momento, sin embargo, en el cual me siento abrumado por cierto tipo de información que me hostiga de manera recurrente, como ese tronco roñoso que las olas devuelven a la playa una y otra vez. Pienso, entonces, que ese grito de pavor lo había escuchado antes, que ese llanto ya me había encogido el alma, que ese puñetazo ya le había partido la boca a alguien. 
 
Esa sensación me invadió, por ejemplo, cuando me senté a conversar con Julia Cervantes, una de las hermanas de Pambelé. Otra vez el cuento de las furias nocturnas, otra vez el estropicio de peroles en la cocina, otra vez el dolor de la familia, otra vez el discurso religioso. “Yo a veces pido en mis oraciones”, me dijo Julia, con el rostro bañado en lágrimas, “que le mande una enfermedad que lo detenga, a ver si en medio de esa enfermedad él recibe a Dios en su mente y en su corazón”.
 
Julia me ratificó lo que ya me había informado el médico Christian Ayola: el problema psiquiátrico de Pambelé es hereditario. No tiene nada que ver con el boxeo. Es más: ni siquiera se le declaró durante su época de boxeador. El bazuco y el licor agravan el mal, pero no lo ocasionan. Doña Ceferina Reyes, la madre de Pambelé, ha padecido crisis nerviosas severas, al igual que sus hermanos Pablo e Idelfonso.
 
La manifestación más notoria de eso que pudiéramos llamar “la locura” de Pambelé es la trashumancia. Pambelé es capaz de montarse sin agüeros en el autobús que vaya pasando, y dejarse arrastrar hacia cualquier lugar. A él le tiene sin cuidado que el destino final de su viaje sea Necoclí (Antioquia), Fundación (Magdalena) o Caicedonia (Valle del Cauca). “La vida de mi papá”, bromea José Luis Cervantes, “es como el eslogan de Producciones jes: hoy desde Los Ángeles, mañana desde cualquier lugar del mundo. Él desayuna con uno en Cartagena, y tres horas después llama por teléfono para decir que está en Santa Marta, porque le va a pedir un favor al alcalde”.
 
Esa es la razón por la cual todo el mundo en Colombia jura que se ha tropezado con Pambelé. Como el tipo recorre el país de un extremo al otro, lo ven tomando cerveza en el Amazonas, o deambulando por el centro de Bogotá, o cruzando el canal del Dique en una canoa, o devorando una mojarra frita en el mercado de Barranquilla, o bailando salsa en una discoteca de Cali. No está desvariando el que lo encontró comiendo pollo en una fonda de Manizales, ni el que asegura haberlo visto cargando a la Virgen del Carmen en las fiestas patronales de San Estanislao. Es posible, incluso, que todas esas personas, tan distantes entre sí, se hayan topado con él a la misma hora, porque Pambelé, como el aire, está en todas partes aunque al final no esté en ninguna. Lo ves y lo ves y lo ves y lo ves. Pero no puedes palparlo. A menos que por una perrada del destino quedes frente a él en uno de sus momentos de cólera, y te pesque de sopetón con un recto de derecha en la mandíbula.

 

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