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El Malpensante

Breviario

El roble de Goethe

Traducción de Diana Carrizosa
Buchenwald no siempre fue un campo de concentración, su nombre en alemán remite a su pasado silvestre. En medio de ese paisaje, un árbol es testigo de las historias paralelas de la cultura y la barbarie humanas.

Goethe según Josef Raabe, 1814

Ocho kilómetros al sur de Weimar hay una montaña llamada Ettersberg. Antiguamente había en ella un bosque de hayas no muy espeso, e igual que hoy en las colinas vecinas los árboles eran robustos y habían crecido altos y rectos. Del extenso pedestal de sus raíces se desprendían los troncos que, lisos como columnas góticas, se elevaban a gran altura. En lo alto, las copas entretejidas semejaban una bóveda. Como los matorrales del bosque no eran frondosos, nada estorbaba la mirada y se tenía la impresión de encontrarse en una inmensa catedral gótica, como sucede todavía hoy en las colinas que lo rodean.

En medio del bosque, casi en la cima de la montaña, se erguía desde hacía siglos un imponente roble, un gigante magnífico. Frente a él, fascinado por la belleza de sus proporciones y el ritmo solemne de su larga vida, podía uno comprender por qué alguna vez se adoró a estos árboles como a dioses. Si bien el roble no se remontaba hasta los tiempos paganos, sí tenía su propia historia. Hacia finales del siglo XVIII, cuando Weimar y la ciudad vecina de Jena eran el centro cultural de Alemania, donde vivían y producían sus obras Goethe y Schiller, Herder y Schelling, Fichte y Hufeland, la montaña Ettersberg con su roble era uno de los lugares predilectos para las excursiones románticas. Permanece todavía al pie de la montaña el pequeño castillo Ettersburg, sumamente bello, en el que vivió por un tiempo la amiga de Goethe: la señora von Stein. Se dice que bajo este roble escribió Goethe la “Noche de Walpurgis” del Fausto. Y que el susurro de su follaje le enseñó la macrobiótica al devoto y silencioso Hufeland, quien debía pasar a su lado en sus recorridos médicos por los pueblos que circundan la montaña. Según la leyenda, el destino de Alemania estaba ligado a la vida del roble de la montaña Ettersberg, y si alguna vez moría, habría de caer con él también el Imperio Alemán. Muchos libros alemanes de aquel tiempo hacen mención del roble de Goethe. 
En el año de 1934 cambió todo en este lugar. Tiene que haber sido el mismo Mefistófeles, amante de la ironía m...

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