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El milagro no incorporado o de cómo nadie sabe para quién trabaja

Es muy cierto, como sugiere en una entrevista el actor Ben Affleck, que la planificación artística del cine de Hollywood (y también la de la música enlatada y la de los best-sellers) busca un elíxir —para darle un cariñoso nombre alquímico— que consiste en pegarle al mínimo común denominador donde se agrupa el gusto masivo. Sin duda es allí donde está el dinero que buscan con avidez los inversionistas. Dicho elíxir no es sencillo de encontrar, a menos que haya alguna moda muy evidente —Cristo, por ejemplo—, ya que durante el resto del tiempo la ubicación del mínimo común denominador fluctúa hacia arriba y hacia abajo en la escala de Richter de la excentricidad, según armonías extrañas. De cualquier modo, un instrumento central a la hora de lograr la ubicación definitiva del punto buscado consiste en simplificar y embrutecer los productos un poco, pues aunque en el proceso pierdes unos cuantos miles de espectadores en la parte alta del espectro, ganas cientos de miles o millones en la parte baja.

Muy de tarde en tarde se da el milagro, y de donde menos uno lo espera surge la obra maestra que al mismo tiempo logra una gran popularidad. Entonces todo el mundo se congratula, pero al tiempo que cada cual elogia y comenta el milagro, la más elemental teoría de mercadeo advertirá a los que se dedican a planificar producciones futuras que lo primero que hay que descartar en ellas es la idea del milagro recurrente, siendo éstos por definición incontrolables e imprevisibles.
 
De lo anterior deriva un par de consecuencias importantes. La primera es que al autor del milagro quizá le permitan intentar repetirlo una o dos veces más (en ocasiones, si existen agravantes como, por ejemplo, un contenido demasiado crítico en el milagro, ni siquiera permitirán eso: ver por si acaso la carrera de Orson Wells después de El ciudadano Kane), al tiempo que buscarán, con muchísima cautela, a otros practicantes más dóciles en la línea del milagro que hagan versiones simplificadas y embrutecidas del mismo, procurando una vez más pegarle al nuevo mínimo común denominador que de seguro el milagro recién asimilado habrá dejado en su estela. La segunda consecuencia es que, una vez digerido el milagro, la producción resultante de todo este mercadeo no se centrará de ninguna manera en buscar nuevos o distintos milagros, si...

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Andrés Hoyos

Es columnista de El Espectador y fundador de la revista El Malpensante.

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