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El Malpensante

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Monotonía

La generosidad del pintor Fernando Botero ahora viene con moraleja incluida. ¿Será necesaria tanta iluminación espiritual?

El adagio popular dice que al caballo regalado no se le mira el diente, pero ¿qué pasa si el caballo se convierte en una manada de caballos a la que le da por ocupar más y más espacio en las pesebreras con su monótona corpulencia? Ésta es la difícil pregunta que para los amigos del arte plástico en Colombia plantea la última donación hecha por Fernando Botero al Museo Nacional.

En toda justicia hay que decir que el pintor antioqueño ha sido espléndido con nuestras instituciones artísticas, en particular con las de Bogotá, que no es su ciudad natal. Como resultado de tanta generosidad, en las salas del Museo del Banco de la República tiene su sede y se exhibe el grueso de la llamada “Donación Botero” que, como la mayoría de los bogotanos cultos lo sabe, consiste en una valiosísima colección de pinturas, dibujos y esculturas de artistas internacionales, la cual fue seleccionada a lo largo de muchos años con ojo experto por Botero. La Donación comprende desde cuadros de Corot y Courbet hasta obras de grandes pintores vivos como Manolo Valdés y Miquel Barceló, pasando por unos cuantos cuadros impresionistas y por muchos más de los grandes nombres del arte del siglo XX: Bonnard, Picasso, Beckmann, Ernst, De Chirico, para mencionar apenas a algunos integrantes de un largo etcétera.
 
No es menos cierto que el regalo incluía una amplia dosis de obras del propio Botero, pintadas o esculpidas en los años ochenta y noventa. La mejor época de las gorduras del antioqueño va desde que las descubrió alrededor de 1960 hasta mediados de los ochenta cuando los cuadros eran menos predecibles, más ingeniosos y menos simplificados. Luego vinieron las esculturas, abundantes en la primera donación, y poco a poco un aire de “esto ya lo vi” empezó a permear el ambiente. De ahí que cuando el espectador recorre la parte autógrafa de la colección del Banco, la visita le resulta un tanto aburrida, sobre todo porque al venir una detrás de otra las voluminosas fisonomías exacerban la sensación de saciedad. Sin embargo, las obras del donante están hoy por hoy expuestas en salas separadas, y cualquiera que vaya a ver la colección internacional puede entrar a ver las obras de Botero, o no hacerlo, según sea su gusto. En fin, no deja de haber buenos cuadros autógrafos en la colección regalada al Banco, y de cualquier modo la forzada e inamovible inclusión de estas obras era el precio, muy bajo por cierto, q...

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Andrés Hoyos

Es columnista de El Espectador y fundador de la revista El Malpensante.

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