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El Malpensante

Poesía

Nueve poemas

Versión y presentación de Jordi Doce

Charles Tomlinson (Stoke-on-Trent, 1927), dueño de uno de los universos poéticos más trabados y personales de la posguerra británica, no es ningún desconocido para el lector de poesía en lengua española. Desde que Octavio Paz le dedicara algunas páginas de su libro Versiones y diversiones (1974), han sido frecuentes sus apariciones en revistas y libros a ambos lados del Atlántico. Aparte cuadernillos y plaquettes virtualmente inhallables, tres son las antologías que dan cuenta de lo más granado de su obra: La insistencia de las cosas, editada por Visor en 1994; La galería del zorro, editada en México a finales de 1996 por El Tucán de Virginia y Ediciones Vuelta; y, más recientemente, En la plenitud del tiempo (Barcelona, DVD Ediciones, 2005), seleccionada y traducida por quien esto firma.

Si bien su primer libro, The Necklace (1955), nació bajo el influjo poderoso de Wallace Stevens, ya en Seeing is Believing, cuya primera versión data de 1958, se advierte la habilidad de Tomlinson para aliar su lectura del modernism norteamericano (Wallace Stevens, Marianne Moore, W. C. Williams) con una dicción neoclásica aprendida tempranamente de Dryden y Pope. El resultado ha sido una poesía formalmente muy variada, que ha combinado el verso libre con el poema en prosa y la regularidad silábica y acentual con rimas dignas del mejor Dryden. El gusto de Tomlinson por la mesura neoclásica ha cristalizado últimamente en sus así llamados letter-poems (poemas-carta), construidos sobre pareados asonantes que refrenan su entusiasmo por la digresión y el encadenamiento vehemente de razonamientos y asombros.
Tomlinson es un poeta maravillado por la variedad y riqueza del mundo físico: sus formas, sus olores, sus superficies. Es ya un tópico calificarlo de “poeta de la mirada”, como han hecho la mayoría de los críticos de su país, pero sin duda pocos escritores contemporáneos han observado el mundo con tal precisión e intensidad. Su gusto por el detalle solo es comparable con su curiosidad y su capacidad para ver el mundo natural con ojos renovados e inocentes. Poeta objetivo, preocupado por el contorno exacto de los objetos, ve en cuanto le rodea la unidad profunda de la naturaleza. Desde su cottage en el aislado y hermoso valle de Ozleworth (en realidad la antigua casa de un guardabosque que el poeta compró a finales de los años cincuenta), Charles Tomlinson ha diseñado una poesía que es a la vez diario y pie de página, lienzo y lente de observación, y en la que el viaje y la amistad saben hacerse presentes a modo de preciso contrapunto.
Los poemas que se ofrecen seguidamente pertenecen al último tramo de su obra y cuatro de ellos (los iniciales) son rigurosamente inéditos y cedidos por el autor para esta publicación.
 
 Jordi Doce

Helada
El cielo está vacío con un solo penacho de vapor
Que un invisible atardecer calienta:
La helada se lo lleva lejos a toda prisa
Aunque escuchad: los búhos van ahormando los espacios
Con su mapa de ruidos. Las chispas de los astros
Perforan la negrura allí donde se adensa
Con un filo de luz reconcentrada. Mañana nos
                despertaremos
Con el chasquido de los primeros pasos moliendo blanco.
 
 
Busardos
Al ascender con alas desplegadas,
Los busardos revelan de improviso el dibujo
De unos ojos al dorso: polillas gigantescas
(Son cuatro) que se apoyan en las corrientes de aire
Y se vuelven gregarias mientras planean
Intercambiando graznidos sincopados
Como el reclamo de las gaviotas costeras:
Apenas si distingues sus cuerpos en el cielo,
Entre gritos que ascienden hacia su invisibilidad.
 
 
En el Golfo
En Albergo delle Palme
podía verse un fresco
concebido para mostrar la confraternidad
de famosos artistas que habían visitado el golfo...
Byron, Shelley, Wagner, Lawrence,
todos simultáneamente ocupados, el mismo día,
en absorber la esencia del lugar,
las manos por visera, posando junto a un árbol.
Era el único buen mal cuadro de la costa
y ahora, cubierto de pintadas, pervive fuera del alcance
de futuros contempladores: siento aún su presencia
como un brazo amputado (el del artista)
mientras cruzo el vestíbulo hacia la luz ardiente:
Lawrence, Wagner, Shelley, Byron...
reunidos desde entonces en un día inmortal
a mis espaldas.
 
 
El regreso
Aquella noche regresamos tarde.
La luna destellaba en el centro del cielo.
El tráfico del viaje de salida
se había disipado para resucitar sobre el Severn
en forma de estrellas destellantes.
Habíamos dejado de inhalar
el olor químico del embotellamiento:
la ruta se extendía despejada ante nosotros
hasta que, al tomar una curva
(por un error quizá), vimos de pronto
las formas amarillas
de unos camiones de obra
en torno al coche, acompañados
por peones que con largas escobas
se movían de un lado a otro
allanando el asfalto que las máquinas
defecaban sin pausa. Estábamos claramente atrapados
entre el hierro ambulante y el alquitrán vertido, cuando                            
                   entonces
un miembro de aquel cuerpo de infantería
pareció saludarnos, señalando
un obstáculo de madera, una valla
en cuyo centro había una salida
hacia la carretera que echábamos de menos,
y allá nos dirigimos impacientes,
reuniéndonos de nuevo con la humanidad que
(pese a no haber reaparecido aún)
mañana volvería a poblar la autopista.
 
 
Oda a la memoria
“Cabezas de chorlito”
es injusto;
llámalos a todos
memorias aladas: la comida
que apilan y almacenan
es para ellos
comida que ha de ser evocada:
consiguen rastrear, meses más tarde,
los dónde y cuándo,
y aquello que nosotros
olvidaríamos, lo recuperan
por orden de preferencia,
por ejemplo: lo que sabe mejor,
o debiera, si no lo malogró
la podredumbre: respeta el
despreciado intelecto
de los pájaros y, cuando un nombre
de los cien que conoces
se niega a aparecer,
lamenta no tener su don
para salir de casa alegremente
y con las alas desplegadas
revisar las escenas
del recuerdo borroso, ser si puedes
un cerebro de pájaro.
 
 
Santiago de Compostela
El granito es la piedra
de la iglesia y la lonja,
a excepción de los mármoles
donde brilla el pescado:
la robusta mujer
que gobierna el lugar
pelea con un congrio vivo
que extrae del acuario:
lo vemos serpear,
escurridizo, entre sus manos,
se agita y culebrea
hasta saciar nuestra curiosidad,
luego ella lo arroja
de nuevo al tanque y saca
(hurgando más abajo
en la escala del ser)
una lamprea, toda boca
circular y ojo inexorable:
desafiante, el monstruo
se libera y apresa
de una sola embestida
un pez tendido sobre el mostrador
con su ventosa primordial,
precisa como
Santiago Matamoros,
vieja como el granito.
 
 
El buey portugués
Lo conducía una mujer,
una mano en cada cuerno:
ella, retrocediendo,
animaba su avance,
su hombre, entre las riendas de la reja,
fijaba el rumbo
donde el centeno había fracasado
y el maíz debía crecer:
se detuvieron a charlar con los extranjeros
(nosotros) junto al muro de granito y
con orgullo locuaz
repasaron sus posesiones:
dos tractores, un coche, la tierra:
la bestia se mantuvo inmóvil
como un oyente interesado,
traduciendo calmosa
lo que allí se decía
a su mente de buey
–un poco como yo, que
trataba de captar su sibilante
portugués: proyectaba una silueta
semejante a la estatua de sí mismo,
mas no por mucho tiempo, y cuando
hubo de moverse otra vez
retomó la cadencia de su avance
en el sentido opuesto,
una música lenta, paso a paso
en retirada por el campo
cuya media luz ocultaba
un terreno de piedras esparcidas
que pronto inundaría el grano del otoño.
 
 
Regreso a Valestrieri
Lo que hace que la mente
regrese a ese lugar
deben de ser
cosas como la cortesía
de aquel hombre que, al vernos
(como extranjeros que éramos),
nos dijo: ¿Han visto ustedes nuestro puente romano?
Lo vimos, lo cruzamos, ascendimos
la lejana ladera donde,
frente a una casa solitaria,
una mujer permanecía inmóvil
implorando conversación
hasta que empezó a lamentarse
–su hijo, un marinero, la había abandonado,
le encantaba el lugar pero
nadie atendía su necesidad
de charla cotidiana. Ya en la ciudad,
una desmemoriada población
había respetado muchos años
el lema escrito en la pared
con rotundas y cuidadas mayúsculas:
Es un honor servir al fascismo.
 
 
Cuaderno japonés
La flor caída
que regresó a la rama
era una mariposa.
–Moritake
Para Takashi Tsujii
La ventana redonda
(y sin cristales)
en el templo de Kamakura
se apropia del paisaje y lo transforma
en un mural policromado 
Esos granos de arroz
en la taza
de porcelana
dejan pasar la luz
El puente de una telaraña
donde las hojas descansan
igual que en los cables telefónicos
sobre el bosquecillo de bambú
Las patas de la araña
a media altura entre
los restos de un cangrejo
y la garra del loro
escalando los hilos de su celda
con metódica laboriosidad
Inmensos templos de madera
que semejan graneros celestiales
repletos de invisible grano
Gruesas trenzas de paja
abrazan y bendicen
los troncos de los viejos pinos
que se yerguen tan altos
antes de abrir sus ramas
Un árbol desecado entre vendajes
lleva ahí setecientos años
y ha de ser protegido
contra los males de la edad
Un tubo de bambú gotea
librando la condensación
del pedrero en un pozo
que ya desborda
La hoja desprendida
que ya no puede ser
la mariposa de Moritake
aterriza en el suelo
La cigarra de Basho no taladra la roca
sino que emerge de entre el polvo
eslabón deslustrado
en la cadena alimenticia de las hormigas
que la transportan sobre sus antenas
Nubes
que borran una y otra vez
las mínimas montañas de Izu
han abolido el Fuji.

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Charles Tomlinson

Es dueño de uno de los universos poéticos más trabados y personales de la posguerra británica. Entre sus libros se encuentran The Necklace (1955) y Seeing is Believing (1958).

Julio de 2009
Edición No.99

1

Salir con chicas que no leen/ Salir con chicas que leen

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2

La escritura como seducción

Por El Malpensante

3

Taller Malpensante de Escritura

Por El Malpensante

4

Un débil abrazo

Por Carlos Páramo

5

En la muerte de los blasfemos

Por Mario Jursich Durán

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Salir con chicas que no leen/ Salir con chicas que leen

Por Charles Warnke

2

El calígrafo

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