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El agravio del helicóptero

Black Hawk en realidad se llamaba “Ma-ka-tai-me-she-kia-kiak” y era un jefe sauk que en 1832 quiso regresar a sus tierras en Iowa. Por el camino, a Halcón Negro se le opuso un ejército de blancos en el cual —ironías gruesas que tiene la historia— figuraba como oficial un joven norteño llamado Abraham Lincoln. Una vez vencidos los guerreros de Halcón Negro, los tomaron presos a él y a su hijo, y el presidente Andrew Jackson decidió pasearlos a ambos por pueblos y veredas del país a título de trofeos de guerra. Lo que ya me parece más raro, y cuyo proceso de gestación ignoro, es cómo llegó el nombre del gran guerrero a encarnar en un peligroso helicóptero de guerra del arsenal del ejército que lo venció y lo humilló.
 
Los agravios no pararon ahí, ni por poco. Pontiac, el gran jefe ottacoua que a la postre fue asesinado por un mercader inglés, se convirtió con el andar del tiempo en una marca de autos mediocres, mientras que los cherokees, que alguna vez fueron un pueblo guerrero, a estas alturas traen doble transmisión. Los miamis eran una tribu y ahora son la ciudad menos indígena del mundo. Crazy Horse (Caballo Loco) era un gran guerrero siux, pero muchos años después de ser pasado a bayoneta por el soldado blanco que lo llevaba preso, se transformó en un cabaret parisino. Sequoya, el gran filólogo mestizo, hijo de un mercader blanco y de una cherokee, se volvió árbol gigante en California. Poco antes de su muerte, el pueblo de su madre fue diezmado durante su larga marcha por el “Sendero de las lágrimas”.
 
Entrado el siglo XX, alguien cayó en cuenta de que hacía falta un nuevo filón para los agravios. Entonces se inventaron las películas de vaqueros. Como se sabe, una película de vaqueros es mucho más letal que un helicóptero artillado.
 
 
*
 
No tengo ni idea de si la música de Mozart todavía se escuchará en el año 3000. Para entonces será casi tan vieja como para nosotros es el Imperio romano. A la larga, tampoco me incumbe si la escucharán o no, pues no estaré por ninguna parte para ocuparme del dilema. Lo único que puedo decir es que yo todavía siento a Mozart vivo hoy...

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Andrés Hoyos

Es columnista de El Espectador y fundador de la revista El Malpensante.

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