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El Malpensante

Arte

Cuando la obra de arte no lleva firma

Traducción de Carlos Selig
Si en últimas la firma no le aporta mayor cosa a una obra, quizá vengan bien unas cuantas palabras en defensa del anonimato.

 

Hace pocas semanas terminó, en la galería Schirn Kunsthalle de Frankfurt, una exposición titulada Anonym. En el futuro nadie será famoso. En efecto, la identidad de los once artistas –hombres y mujeres de distintos países– así como la del curador (o curadora) no ha sido revelada; los autores no firmaron sus obras ni las piensan firmar, y seguirán siendo lo que desean ser, desconocidos, como los creadores de las esculturas sumerias o mayas o también de los poemas homéricos. No tienen la intención de renunciar a las posibles ganancias producidas por un eventual éxito de ventas, sino a la fama, esa inmortalidad de segunda.

Es difícil que esta idea llegue a tener muchos seguidores; lo más probable es que quede como una ingeniosa ocurrencia para llamar la atención, que no deja huella alguna. Ya sería mucho si al final los nombres no se filtran y salen a la luz, llegando incluso a alcanzar una celebridad que las posibles firmas no les hubieran procurado nunca. Pero da algo de pesar que esta utopía esté destinada al fracaso. Toda creación artística –y con mayor razón las más grandes– es suprapersonal, trasciende el pequeño yo de las contingencias privadas. Alguna vez Biagio Marin, contestando a las palabras de un crítico que al elogiar su lírica pronunció varias veces su nombre, dijo, casi con brusquedad: “Usted no ha hecho otra cosa que decir Marin, Marin... qué tiene que ver, qué tengo que ver yo, la poesía es otra cosa...”.

Frente a la Venus de Cirene, a las pinturas de Altamira o a las esculturas nigerianas que misteriosamente hicieron florecer por una corta estación una Grecia clásica en el corazón de África, ¿qué importancia podría tener atribuirles a aquellas manos creadoras un nombre perdido? Los niños, cuando alguien les lee un libro, casi nunca piensan que detrás de esa historia que los atrapa haya un autor; la oyen y se apropian de ella como si la historia se hiciera sola y como si el espíritu del cuento fuera un viento que trae cosas, sonidos y palabras recogidos por la calle.

La estética y la poética moderna han resaltado esta impersonalidad de la obra y su superioridad por encima del autor, y han llegado incluso a fantasear por ejemplo con una historia de la literatura sin los nombres de ...

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