Google+
El Malpensante

Artículo

Feliz de ser estado, pero isla por siempre

Traducción de Patricia Torres
Cinco décadas después de haberse convertido en la estrella número 50 de la bandera gringa, esta instantánea de Hawái revela todo lo que ha cambiado y lo mucho que permanece inmóvil en ese paraíso flotante en medio del Pacífico.

 

 © Swim ink 2, LLC. Corbis

Un día en el Elks Club de Honolulú, un hombre mayor de origen chino me dijo en voz baja: “Este club fue muy exclusivo. Y el de al lado también”. Se refería al hecho de que en el Elks Club, así como en el Outrigger Canoe Club, no se permitía la entrada de chinos, ni de nadie más aparte de los haoles (blancos) y los hawaianos nativos. Esto aplicaba a casi todos los clubes elegantes de Hawái. “Pero todo eso cambió”, me dijo su hija, “cuando el reverendo King realizó su marcha desde Selma”.

Así que la conversión de Hawái en un estado no implicó la apertura de los clubes a las otras razas y ni siquiera el surgimiento de una época de armonía. Eso tendría que esperar hasta la expedición de la Ley de Derechos Civiles de 1964 y la lucha del reverendo doctor Martin Luther King Jr. Las ocho islas principales, junto con la multiplicidad de islas más pequeñas y atolones que componen el archipiélago que hoy en día conocemos como Hawái, se convirtió en el estado número 50 hace 50 años, pero en aquella época seguía siendo un lugar anticuado en todos los sentidos: una cadena de islas llenas de plantaciones de piña y azúcar, con un puñado de buenos hoteles regados por ahí y visitados anualmente por cerca de 250.000 turistas, que llegaban sobre todo en barco y, a partir de ese año de 1959, en los primeros aviones jet de gran tamaño.
Por la época en que se convirtió en la última estrella de la bandera, Hawái era un lugar poco poblado, la mayoría de sus habitantes vivían en Honolulú y se trataba predominantemente de gente joven; la edad promedio de la población del estado era una de las más bajas del país. Su alma era polinesia, pero la cultura popular y las instituciones eran como las de cualquier pueblo de Estados Unidos, con cafeterías en las que te llevan la comida hasta el carro y pasión por Elvis (visitante frecuente de la isla) y por los deportes escolares; la actividad social más importante del año en cada isla era el baile de graduación.
También había cosechadores de pi&nt...

El contenido de esta sección está disponible solo para suscriptores

Comentarios a esta entrada

Su comentario

Paul Theroux

Su último libro es Elefanta suite.

Septiembre de 2009
Edición No.101

1

Salir con chicas que no leen/ Salir con chicas que leen

Por Charles Warnke

2

La escritura como seducción

Por El Malpensante

3

Taller Malpensante de Escritura

Por El Malpensante

4

Un débil abrazo

Por Carlos Páramo

5

En la muerte de los blasfemos

Por Mario Jursich Durán

1

Salir con chicas que no leen/ Salir con chicas que leen

Por Charles Warnke

2

El calígrafo

Por Alexandru Ecovoiu

3

Sombra

Por Ruven Afanador

4

Loca carrera de los optimistas

Por

5

El proletariado de los dioses

Por Paul Brito

Nuestro Archivo

1 de 4

Leandro


Por Alonso Sánchez Baute


Publicado en la edición

No. 205



Leandro Díaz pudo hacer desde las tinieblas la cartografía más luminosa del paisaje del Magdalena Grande. Este es el primer capítulo de una novela, próxima a publica [...]

Poemas


Por Jacques Prévert


Publicado en la edición

No. 202



Tríptico  [...]

Mirar por la rendija


Por Cristian Patrasconiu


Publicado en la edición

No. 204



Uno de los frecuentes candidatos al Nobel confiesa su necesidad de llevar diarios, esos cuadernos por donde se cuela la luz. [...]

Clubland


Por Ignacio Peyró


Publicado en la edición

No. 206



Un prosélito español disecciona los méritos culinarios de la conservadora cocina de los clubes ingleses, casas lejos de casa, y las comodidades palaciegas que otorga su membres&ia [...]

Columnas

Poetour en una ciudad andina

Esperando a Cantinflas

La cueca larga del anti-poeta

La comba del palo

Las Marías y sus seguidores