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El Malpensante

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Leyendo a Diderot

Denis Diderot se ha convertido en el símbolo involuntario de la Encyclopédie. El autor, que hace poco escribió una historia sobre la famosa obra que atormentó al escritor francés durante un cuarto de siglo, nos dice cómo abordar al philosophe dos siglos y medio más tarde.

© Corbis

Me parece sorprendentemente difícil sugerir textos representativos de Denis Diderot (1713-1784). Y me lo parece porque él me gusta, lo admiro, y porque quizás nunca se hizo justicia a sí mismo en letra impresa, y porque hay muchos Diderots: el escritor (inédito durante décadas y, para algunos textos, durante siglos), el corresponsal, el crítico de arte, el dramaturgo fracasado, el enciclopedista honorable y recursivo, el repentista, el filósofo oculto. El enciclopedista Diderot, así es como se le recuerda, para gran desconsuelo suyo. Con el tiempo llegó a odiar la Encyclopédie, la obra magna de la Ilustración que ayudó a iniciar y que acompañó hasta el final y que había de dominar y envenenar su vida durante un cuarto de siglo, sobre todo porque aborrecía la idea de que sería recordado no como filósofo ni como novelista, sino como el editor de una obra que él creía fatalmente fallida, menoscabada por las intrigas y por la incompetencia, la pequeñez y la vanidad de sus colaboradores.

Maldiciendo su destino y quejándose de él en cartas a los amigos, Diderot fue obstinado como editor pese a todo lo que la oposición de los jesuitas y la policía secreta pudieron interponer en su camino, incluso después de que su antiguo amigo D’Alembert y muchos otros habían abandonado el proyecto. ¿Por qué era tan testarudo? Porque era un hombre honorable, orgulloso de sus raíces. Su padre era un simple cuchillero provincial en Sangres, en la Champaña, un artesano que cumplía con la palabra empeñada, y el hijo depreciaba la irresponsabilidad de la aristocracia y los berrinches a los que otros escritores se habían acostumbrado. Él se aproximaba a la escritura como su padre se aproximaba a su taller. Había firmado un contrato y lo cumpliría, costara lo que costara.
 
Escribir durante el ancien régime, antes de 1789, era una ocupación peligrosa. Los censores y la Iglesia lo examinaban todo, la gente era encarcelada, enviada a las galeras y hasta colgada o quemada por asuntos de mucha menor monta que expresar opiniones en público. Ser un ateo y un librepensador significaba arriesgar la vida y la libertad. Diderot lo...

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Philipp Blom

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