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El Malpensante

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Del crimen nefando

Raramente florece la literatura en los juzgados. Pero cuando el acusado es Oscar Wilde y el objeto del juicio es su propia literatura, el intercambio puede ser perdurable. Y explosivo.

La historia de los tres juicios que la justicia inglesa le adelantó a Oscar Wilde por su relación con lord Alfred Douglas es la más clara ejemplificación de lo que en el argot popular se conoce como “ir por lana y salir trasquilado”. La historia es la siguiente: lord Alfred Douglas, hijo del octavo marqués de Queensberry, conoció a Oscar Wilde una tarde del verano de 1891. En el momento, Wilde tenía 38 años y lord Douglas apenas 22. Wilde ya era reconocido en los círculos londinenses como un conversador agudo y tenía alguna fama como poeta y escritor de ficción, aunque no se había ensayado plenamente como dramaturgo. Wilde llevaba un tiempo casado y tenía dos hijos. “Bosie”, como llamaban los amigos a lord Douglas (en realidad una contracción de un viejo apodo con el que su madre se dirigiera a él: “Boysie”, que quiere decir literalmente “niñesco”), era aún estudiante de Oxford y entre sus cualidades se destacaba un naciente talento para escribir malos versos (José Emilio Pacheco dirá de Bosie que llegó a los 75 años de edad sin jamás aprender a escribir en lengua inglesa), una belleza que el mismo Bernard Shaw llamaría “como de flor” y un esnobismo rampante. La figura de lord Alfred Douglas es una de las más corruptas de toda esta historia. Luego de los juicios, Douglas se refugió en Francia y nunca tuvo la delicadeza de escribirle una sola línea a Wilde durante su reclusión. Unos diez años después se convirtió al cristianismo y aseguró no saber nada de las “tendencias” de Wilde, aunque escribió varias obras sobre su relación con él, las cuales le permitieron al menos seguir siendo mencionado en algunos círculos literarios.

Los dos hombres se conocieron en un té en la casa de Wilde. La amistad fue inmediata y quizá pueda uno imaginar con razón que este encuentro no difirió de algunos pasajes de El retrato de Dorian Gray en los cuales se narra el primer encuentro entre el pintor Hallward y Dorian. En todo caso, los resultados sí que se asemejaron a los narrados en la novela. Wilde se sintió enormemente atraído por la belleza de Douglas, por su alta posición social y, claro está, por su esnobismo. Douglas también tenía algo que ganar con la amistad: ser visto en compañía de uno de los más prometedores hombres de letras de Londres no era despreciable, y Wilde simplemente lo divertía. La amistad de Wilde muy pronto...

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Roberto Palacio F.

Es filósofo y autor de Sin pene no hay gloria(2008) y de Pecar como Dios manda. Historia sexual de los colombianos (2010)

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