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El Malpensante

Ensayo

Cuando los escritores hablan

Traducción de Alejandra Sarría

Algo muy distinto pasa en la cabeza de los escritores mientras hacen su trabajo y cuando se les da por abrir la boca. Uno de ellos intenta descifrar el asunto a través de este ensayo.

© Hillary Younglove • Corbis


Ese que está en la pantalla de mi computador es Vladimir Nabokov. Se ve a la vez pulcro y desaliñado. Lleva traje y un chaleco de varios botones que aprieta la parte superior de su corbata y hace que se asome por el cuello de su camisa como un fular anticuado. Grande, regordete, delicado, con anteojos de marco negro, está sentado en un sofá junto al más fino y cariacontecido Lionel Trilling. Ambos sortean las preguntas de un elegante interlocutor que lleva un bigote de película clase B. La entrevista se grabó en algún momento a finales de los cincuenta en lo que parece ser la sede de un club o un estudio de televisión disfrazado para parecerlo. Discuten sobre Lolita. “No... yo no quiero tocar corazones”, dice Nabokov con su acento de ninguna parte. “Ni siquiera quiero afectar mucho las mentes. Lo que realmente quiero producir es ese pequeño escalofrío en la columna del artista-lector”.

Nada mal, pienso, mientras miro detenidamente la oscura caja granulada en YouTube. De hecho, es una frase extraordinariamente buena para haberla sacado directamente de la manga. ¡Pero esperen! ¿Qué es lo que Nabokov está haciendo con sus manos? ¡Está dándole vueltas a unas fichas bibliográficas! Está ojeando notas. Está leyendo. Domina tres idiomas y sin embargo se apoya en respuestas prefabricadas para hablar acerca de su trabajo. ¿Estoy desilusionado? Al principio sí, pero después pienso que los escritores no tienen que ser conversadores brillantes; su trabajo no es ser inteligentes a excepción, por supuesto, de cuando escriben. Hazlitt, el más cohibido de todos los escritores, comentaba que no veía por qué un autor “está obligado a hablar más de lo que estaría obligado a bailar, o a montar a caballo, o a practicar esgrima mejor que otras personas. Leer, estudiar, estar en silencio y pensar son una mala introducción a la locuacidad”.
 
Creo que tiene razón. Como la mayoría de los escritores, parezco ser más inteligente en letra de molde que en persona. De hecho, soy más inteligente cuando escribo. No lo digo solamente porque, por lo general, en ese espacio no hay nadie cerca para observar las salidas en falso y las frases idiotas que dejan en ridículo mi s...

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Arthur Krystal

Vive actualmente en Nueva York, donde ha escrito para diarios como The New York Times y para el suplemento literario de éste mismo. Entre sus libros figura Agitations.

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