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El Malpensante

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La batalla de la razón

El 28 de septiembre próximo Philipp Blom estará en Bogotá para participar en el F-11 y hablar sobre su único libro traducido al castellano. Como abrebocas, el gran ensayista español hace la reseña de esta magnífica obra.

 

Hay lectores de historia que sólo creen en movimientos de masas, tendencias ideológicas y mutaciones colectivas por factores socioeconómicos; otros, sin desdeñar lo anterior, están convencidos de que lo que realmente cuenta en los grandes cambios es la acción puntual de unas cuantas personas, tan pocas como decisivas. Estos últimos, en particular, leerán con especial entusiasmo esta entretenida e informada historia de la Encyclopédie gratamente escrita por Philipp Blom. Sin duda, la gestación del gran compendio ilustrado del saber y los incidentes —a veces rocambolescos— de la lucha contra poderes fácticos y rencillas personales para poder culminarlo tiene los elementos de suspense de una novela emocionante. Y demuestra mejor que cualquier razonamiento la importancia de la tenacidad de unos cuantos particulares, aquejados de los vicios comunes a la humanidad pero dueños también de algunas virtudes no tan frecuentes a la hora de cumplir empresas que confirman el discutido milagro llamado “progreso”.

Aparte de numerosas anécdotas sabrosas sobre personajes tan difícilmente olvidables para cualquier aficionado a la historia de la cultura europea como Voltaire, Rousseau o Diderot, este libro nos permite recordar una serie de aspectos que chocan con cierta mentalidad conformista actual (sea de derechas o de izquierdas, tanto da: es difícil saber en cuál de las dos manos abundan más los bienpensantes). Por ejemplo, los más destacados enciclopedistas fueron simples aficionados (¡incluso completos autodidactas, como Diderot!), no profesionales de la universidad o de otras academias. El Chevalier Louis de Jaucourt o el barón d’Holbach —por no mencionar al mismísimo Voltaire— escribían con admirable audacia sobre los temas más diversos, lo que jamás hubieran hecho de ser especialistas diplomados en tal o cual materia. Prefirieron dedicarse a lo que hoy llamamos “divulgación” que a la erudición repetitiva y censora que entonces —exactamente igual que ahora— solía considerarse como la tarea seria y científica de primer grado. Se dirigían por medio de una obra comercial a un público amplio y no especializado, es decir, que si entonces hubiéramos tenido el lenguaje mastuerzo actual les habrían calificado de “intelectuales mediáticos”. Lo fueron y a mucha honra: por...

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