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El Malpensante

Iceberg

La pistola de Chéjov

Editorial.

Cuando iniciamos la publicación de esta revista hace casi catorce años, una de las primeras decisiones que tomamos fue arrancar de nuestras mentes de editores la primera página de los periódicos. No queríamos que nos metieran en la destructiva licuadora de la coyuntura política del país, como habían metido a tantas revistas precedentes, las cuales, por eso mismo, tuvieron corta y penosa vida. En consecuencia, asumimos con alivio que nada nos obligaba a mantener una línea política y que los ensayos de la materia que llegásemos a publicar serían de fondo, juzgados por el interés y la inteligencia intrínseca de los textos y no por nuestra afinidad o acuerdo con ellos. Fieles al axioma, en estos años hemos publicado no pocas piezas cuyo trasfondo ideológico seríamos incapaces de suscribir.

Más adelante el intenso trajín de la política nos agarró en medio, como no puede menos que agarrar de tarde en tarde a cualquier colombiano con un sentido básico de la responsabilidad civil. Descubrimos entonces, con algo de perplejidad, que sí nos ceñíamos en forma implícita a un programa político mínimo: la defensa de la democracia a secas o, lo que es lo mismo, la necesidad de que el poder tenga límites reales. Quedó entonces claro que el lector no iba a encontrar en nuestras páginas apologías románticas de la lucha armada o exaltaciones de la justicia privada, los riesgos que nos parecían más notorios en los años noventa. Nunca nos imaginamos que la realidad nacional nos confrontaría con el peligro de que en un Estado acosado y emproblemado como el colombiano, inferior por lo general a sus obligaciones, se colaran tentaciones caudillistas. Los inquilinos del palacio de Nariño de las décadas precedentes tenían abundantes defectos, pero no el de quererse atornillar allí por el supuesto designio de un Dios dizque atento a las encrucijadas del alma presidencial.
 
El régimen de hoy, surgido de un potente mandato ciudadano y con un presidente que supo mantener su gran aceptación con cantidades iguales de mañosería y destreza, ha estado socavando de forma cada vez más descarada los cimientos de la democracia del país. Una famosa admonición narrativa de Chéjov dice que si en el primer acto de una obra de teatro aparece una pistola, en el tercero esa pistola tiene que ser disparada. De igual modo, una ley no escrita de la actividad política dice que si a alguien le dan la posibilidad d...

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