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El Malpensante

Gastronomía

Las edades del whisky

¿Cómo cambian con el tiempo los gustos de un buen bebedor? El autor encuentra la respuesta, a través de los años, en el fondo de muchas botellas.

© Chris Collins • Corbis


Recuerdo tres edades: una precámbrica definida por los falsos whiskies; la segunda, un mediodía feliz ocupado por el blended; la tercera, una época refinada y triste como un crepúsculo single malt. Reconozco, además, que en esa corriente transcurre mi vida, un poco como el chorro del whisky cayendo sobre los hielos en el vaso. Lo que quiero decir con esta extraña geología es que soy un bebedor fuerte y que conozco algunos de los secretos de la cebada.

Descubrí el whisky el día en que bebí ron. Busqué la neblina alcohólica como lo hacen los adolescentes, a grandes sorbos y con ganas de perder la conciencia. La perdí en una olla donde habían vertido litros de ron Castillo con Coca-Cola. Armados de un cucharón llenábamos los vasos de cubas primitivas. A veces, si teníamos suerte, un cubo de hielo salía de ese lago negro, espumoso, casi tibio. Era una fiesta de los años setenta y sonaba la guitarra de Santana tocando “Mujer de magia negra”. Llegué al sótano de la conciencia y desde allá abajo pensé que abandonaría la fiesta en ambulancia.

Al día siguiente los fantasmas de la noche anterior me asediaban. Nada me aliviaba, ningún remedio daba resultado. Mi padre me encontró sentado al borde de la cama, con la cabeza entre las manos, grave, perdido. Lo oí a lo lejos, como si su voz viniera de ultratumba: “Si vas a beber, no bebas aguas locas: toma whisky”. Me sirvió un Johnnie Walker etiqueta negra en un vaso con hielos y agua mineral. De inmediato sentí el raro sabor de la madera. Extrañé la euforia del ron. Muchos años después he buscado las tempestades de la caña de azúcar en la cuba preparada con todas las de la ley, pero siempre he vuelto al whisky.

Me añadí a la mesa de un grupo de amigos que instaló su destilería en los saldos del Passport, un whisky suave y barato que había inundado el mercado. Inventamos y destruimos mundos y universos engrandecidos por el whisky, logramos discursos extraordinarios después del quinto trago y lentamente abandonamos la orilla del ron, pero nos quedamos a la mitad del río. Tuvimos que abandonar el Passport por las ineptitudes del gobierno. La crisis económica encareció...

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