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Defensa de Tiger Woods

 Tiger Woods, riqueza, sexo e intimidad al servicio del público.

© Fernando Vicente

Al pobre lo han sentado en el patíbulo como reo de sus amoríos. Le han hecho pedir perdón y le han buscado ayuda psicológica. Lo han exhibido como un monstruo, un mal ejemplo para los niños y un peligro para las mujeres. Sus patrocinadores, para seguir sacándole el jugo, le han exigido que se comporte como un buen marido. Su esposa, más humillada por el escándalo que por las infidelidades, abrigó la opción del divorcio, que para ella significaba una gruesa suma en dólares, un negocio redondo en una sociedad que se rige por las lumbres del dinero. ¿El diagnóstico? Adicto al sexo, una nueva enfermedad que suplantó la belleza expresiva de la ninfomanía y la satiriasis, y que en términos corrientes también se conoce como hipersexualidad, una condición que ostenta el 6% del género humano.

Las sociedades occidentales contemporáneas, influidas de antaño por las culpas pecaminosas del cristianismo y los hallazgos freudianos acerca de la sexualidad (un profesor de psicoanálisis que tuve en la universidad afirmaba que las grandes motivaciones humanas son eminentemente psicosexuales), han pretendido psiquiatrizarlo todo, a tal punto que algunas singularidades de la conducta de los adultos, quienes en uso de su libertad se alejan del patrón convencional, se ven encasilladas y rotuladas bajo el ominoso rubro de patologías de la mente. Esas mismas sociedades, en sus grupos llamados progresistas, también son capaces de desestimar los prejuicios tradicionales y estimular la docencia (es el caso de Extremadura y Andalucía, en España) sobre la masturbación juvenil como fuente segura de placer y de control de embarazos no deseados. En este caso no se trata de ningún descubrimiento. La masturbación es inherente al instinto humano, y fuente primigenia de sensaciones eróticas. La pregunta es, como lo subraya Mario Vargas Llosa, de qué forma se darán las clases y cómo será la evaluación de los alumnos, porque nada indica que excluir al sexo de la intimidad contribuya a mejorarlo; más bien lo que hace es trivializarlo, del mismo modo en que hacerle perder su misterio y sentido de aventura privada en nada contribuye a su refinamiento.

Tiger Woods no es un sátiro. Es un deportista joven, famoso y rico, y eso ejerce un inmens...

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Álvaro Bustos González

Es columnista de El Meridiano de Córdoba

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