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El Malpensante

Literatura

Recordando a Salinger

Traducción de Marcela Riomalo

Poco después de la muerte de J.D. Salinger, una de sus hijas literarias repasa los capítulos esenciales de su vida como escritora y encuentra en todos ellos al autor de El guardián entre el centeno.

Ilustración de Diego Patiño
 

Siento como si hubiera muerto mi padre.
Hay padres biológicos, hay padres adoptivos y hay padres adoptados por sus hijos –padres artísticos o intelectuales, tan importantes en tu desarrollo como cualquier otro, e incluso más porque son elegidos por ti. Es con ese ánimo que quiero decirles: J. D. Salinger fue mi padre –mis disculpas a su descendencia biológica y a mis múltiples padres.
Como en cualquier relación paternal, no recuerdo el momento exacto en que tomé conciencia de la existencia del padre como algo distinto a un padre –esto es, ver a Salinger no solo como mi padre, sino como un escritor; no solo como un escritor, sino como un héroe; no solo como un héroe, sino como un ícono; no solo como un ícono, sino como un caso complicado–. A propósito de la “ansiedad de la influencia”, de la que habla Harold Bloom, éste es un caso que trata literalmente de cómo un escritor hace a otro.
Y como toda toma de conciencia, la mía se dio por pedazos, por fragmentos. No sé cuándo leí “Un día perfecto para el pez banana”, pero recuerdo cuándo comenzó a tener sentido. Todo empezó en los setenta, bajo la confluencia de Dustin Hoffman como Benjamin en El graduado y Seymour Glass, personaje del cuento de Salinger: ambos jóvenes, perdidos y echados a un lado. Además de esta combinación aparece Hoffman, de nuevo, en el papel de Carl Bernstein en Todos los hombres del presidente –los hechos del mundo real que pasaban en mi ciudad natal, Washington D. C., Vietnam y Watergate, fueron el telón de fondo de mi conciencia emergente–. Algunas escenas de esa película se filmaron cerca de mi escuela y recuerdo haber faltado a clases para quedarme cerca y sacar polaroids de los actores, como queriendo ser Warhol. Ese proceso de transformar realidad en ficción, reporteros en estrellas de cine, es parte de la urdimbre en que se convirtió mi experiencia.
Son los setenta. Estoy sudando bajo una camisa de poliéster de cuello ancho y mis gigantescos bota-campana. Muy cool. Paseo por playas y hoteles de la costa de Delaware, en donde paso las vacaciones con mi familia cogiendo olas en una canoa deplástico y quemándome tanto que me toca qued...

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